NUESTRA MISIÓN

Servidores de la misión de Cristo
Nuestra misión y la justicia
Nuestra misión y la cultura
Nuestra misión y el diálogo interreligioso

Decreto 2

SERVIDORES DE LA MISIÓN DE CRISTO

presentación

Primero de los cuatro decretos que trazan las dimensiones preferentes de la misión de la Compañía de Jesús en el mundo actual. Expone los fundamentos y explica la unidad de esas tareas a las que Cristo nos llama hoy.

Algunas claves de lectura :

1. Cristo, Crucificado y Resucitado, nos llama a participar su misión, a través de gran diversidad de tareas. Es su Espíritu el que actualiza esa misión en un mundo convertido en encrucijada de culturas, pero "todavía caracterizado por la crueldad y la maldad".

2. Tomando partido por el Reino de Dios, al lado de los que sufren. Pues amigos de Cristo, lo somos de los pobres. El servicio de la misión de Cristo nos obliga a tomar partido, solidarizándonos con los pequeños y los marginalizados .

3. Sentimos confirmada nuestra opción de servicio a la fe y a la promoción de la justicia, como principio integrador de todos los trabajos de los compañeros de Jesús. Esa "justicia del Reino de Dios", que hemos de promover, "comporta la transformación de la cultura, ya que las raíces de la injusticia están incrustadas en las actitudes culturales y las estructuras económicas" .

4. Por ello, el presente decreto, que introduce los tres siguientes, subraya la unidad y complementariedad que debe darse entre la proclamación explícita del Evangelio, la promoción de la justicia, el diálogo con la cultura y el diálogo con los creyentes de otras tradiciones religiosas. Ramas de un tronco único, componen la rica unidad de nuestra misión .

5. El decreto reitera: no podremos ser servidores de la misión de Cristo, sin una unión vital con él. Sin esta raíz mística, la misión degenera en retórica o enmudece. Se trata de una misión profética, porque nos toca servir a la fe que promueve justicia en un mundo que se conforma "con algo menos que la fe y menos que la justicia" .

Decreto

SUMARIO: Cristo nos eligió y nos elige (1-6): Los últimos 30 años (1). Diversas tareas de una misma misión (2). La misión de la Compañía en la misión de la Iglesia (3). En un mundo todavía caracterizado por la crueldad y la maldad (4). Bajo el liderazgo del Resucitado (5) ... que es el Crucificado (6). La gracia que Cristo nos da (7-13): El punto central y el principio integral de nuestra misión (7). Cristo, enviado a los pobres (8). Amigos del Señor, amigos de los pobres (9). Urgente necesidad de un cambio (10). Servir y promover la justicia del Reino de Dios (11). La fe en Dios es inevitablemente social (12). Comunidades que contrarrestan la desintegración social (13). Las dimensiones de nuestra misión (14-21): Profundizar y ampliar las dimensiones de la misión (14). Ramas de un tronco único (15). Diálogo e inserción en las culturas (16). Promoción de la justicia y transformación de la cultura (17). Dimensiones de la proclamación del Reino (18). Lo que implica el servicio de la fe (19-21).

Cristo nos eligió y nos elige

1. Los últimos treinta años. Como Compañía de Jesús, somos servidores de la misión de Cristo. En los treinta años que han pasado desde la CG 31, y especialmente en los veinte a partir de la CG 32, la Compañía ha sentido la fuerza de Cristo Crucificado y Resucitado y al mismo tiempo su propia debilidad: ha sido para nosotros un tiempo de prueba, pero también de gracia abundante. Reconocemos y confesamos nuestras muchas faltas; las gracias son más importantes porque vienen de Cristo. Algunos compañeros nos han dejado para servir al Señor de otras maneras; otros, sacudidos por los acontecimientos, han perdido confianza en la calidad de nuestra vocación. Pero hemos reaccionado con agilidad y nos hemos hecho una comunidad de "amigos en el Señor", apoyándonos mutuamente con la libertad que proporciona el amor cristiano, y profundamente afectados por la muerte de los mártires jesuitas de este período. Durante estos años, en toda la Compañía, hemos sido purificados en la fe que nos sostiene y hemos entendido mejor nuestra misión central. Nuestro servicio, especialmente el de los pobres, ha hecho más honda nuestra vida de fe, tanto individual como corporativamente: nuestra fe se ha hecho más pascual, más compasiva, más tierna, más evangélica en su sencillez.

2. Diversas tareas de una misma misión. El cuerpo de la Compañía se ha diversificado como nunca, ocupado en variados ministerios situados en la encrucijada de conflictos culturales, contiendas sociales y económicas, resurgir religioso y nuevas oportunidades para llevar la Buena Noticia a gentes del mundo entero.

- Los jesuitas de Africa están comprometidos en la construcción de una Iglesia africana joven y vibrante, arraigada en la riqueza de sus diferentes culturas, creando nuevos lazos de solidaridad entre sus pueblos y luchando por vencer las fuerzas mundiales que tienden a marginar todo el continente.

- Los jesuitas de Asia comparten el empeño de los pobres por la justicia y dialogan con otras tradiciones culturales y religiosas para poner al Evangelio en contacto con la vida de Asia y llevar la riqueza de la cultura asiática a vivir el Evangelio.

- Los jesuitas de América Latina, que se ven ante sociedades de una enorme disparidad de vida entre ricos y pobres, siguen estando del lado de los pobres y trabajando por la justicia del Reino, al tiempo que ayudan a que la voz de los pobres instruya a la Iglesia acerca del Evangelio, utilizando la riqueza de la fe popular y de las culturas indígenas.

- En los antiguos países comunistas, después de largos años de persecución y de cárcel por la fe, los jesuitas ayudan a su gente en la búsqueda de un modo de vida auténtico en la recién recuperada libertad.

- Los jesuitas de Europa occidental, a través de una amplia gama de ministerios educativos, espirituales y pastorales, ayudan a mantener la vitalidad de la fe y de las comunidades cristianas ante la indiferencia religiosa. Se esfuerzan también de diversas maneras por acompañar y ayudar a cuantos se ven marginados de la sociedad.

- Los jesuitas de Norteamérica afrontan los desafíos de las nuevas formas de carencia cultural y económica. Intentan, en estrecha colaboración con muchos otros, influir en las complejas estructuras de la sociedad, allí donde se toman las decisiones y se moldean los valores.

Todos intentamos realizar la misión de la Compañía de manera apropiada a los diversos contextos en que trabajamos. Todos tenemos una misma misión, compartida por presbíteros y hermanos, y muchos ministerios que emprendemos como servicio de Cristo y de su tarea de reconciliar al mundo con Dios.

3. La misión de la Compañía en la misión de la Iglesia. La Iglesia, cuya misión compartimos, no existe para ella misma sino para la humanidad, proclamando el amor de Dios y derramando luz sobre el don interior de este amor. Su fin es la realización del Reino de Dios en toda la sociedad humana, no sólo en la vida futura, sino también en la presente. La misión de la Compañía se inscribe en la misión evangelizadora de toda la Iglesia. Esta misión "es una realidad unitaria pero compleja y se desarrolla de diversas maneras": a través de las dimensiones que integran el testimonio de la vida, la proclamación, la conversión, la inculturación, la génesis de iglesias locales, el diálogo, y la promoción de la justicia querida por Dios. Dentro de este marco y de acuerdo con nuestro carisma, nuestra tradición y la aprobación y apoyo de los Papas a lo largo de los años, la misión actual de la Compañía es el servicio de la fe y la promoción en la sociedad de "la justicia evangélica que es sin duda como un sacramento del amor y misericordia de Dios".

4. En un mundo todavía caracterizado por la crueldad y la maldad. Cuando Ignacio fue confirmado en su misión en La Storta, el Padre Eterno le dijo a Cristo: "Quiero que tomes a éste como servidor": fue por voluntad del Padre por lo que Cristo, llevando la cruz como estandarte de victoria, tomó a Ignacio como servidor de su misión, para trabajar con El bajo esa misma cruz hasta que se cumpla su tarea. Esta visión confirma el llamamiento que Cristo, Rey Eternal, hace en los Ejercicios Espirituales:

"Quien quisiere venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc; asimismo ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc; porque así después tenga parte conmigo en la victoria como la ha tenido en los trabajos".

Ignacio, y todos los llamados a este servicio, aprenden a ser compañeros de fatigas con Cristo en su ministerio. En los Ejercicios Espirituales contemplamos la misión de Cristo como una respuesta de la Santísima Trinidad a los pecados que afligen a la humanidad. Contemplamos al Hijo Encarnado nacido en pobreza, trabajando de palabra y obra para establecer el Reino, y finalmente sufriendo y muriendo por amor a la humanidad. En la pedagogía de los Ejercicios, Jesús nos invita a ver en su vida terrena el modelo de la misión de la Compañía: predicar en pobreza, estar libres de ataduras familiares, ser obedientes a la voluntad divina, tomar parte en su combate contra el pecado con una generosidad total. Como Señor Resucitado, está ahora presente en todos los que sufren, en todos los oprimidos, en todos aquéllos cuyas vidas están rotas por el pecado. Como él les está presente, también nosotros queremos estarlo, solidarios y compasivos, allí donde la familia humana está más maltrecha. La misión del jesuita, como servicio del Señor Crucificado y Resucitado, es siempre entrar en la obra salvífica de la Cruz en un mundo todavía caracterizado por la crueldad y la maldad. Como compañeros de Jesús, nuestra identidad es inseparable de nuestra misión. Nadal subraya que, para Ignacio, aunque Cristo Resucitado está ya en su gloria, por la Cruz se hace presente en el sufrimiento que sigue habiendo en el mundo por el cual murió:

"Cristo ha resucitado de entre los muertos y ya no muere (Rom. 6,9), pero sufre aún en sus miembros y sigue llevando la Cruz. Por eso pudo decir a Pablo: '¿Por que me persigues?'".

5. Bajo el liderazgo del Resucitado. Para San Ignacio era claro que, igual que la Compañía no fue instituida por medios humanos, tampoco sus ministerios pueden conservarse y aumentarse sino por "la mano omnipotente de Cristo". Como recibimos nuestra misión de Cristo, toda la fecundidad de la Compañía depende exclusivamente de su gracia. Es Cristo Resucitado quien nos llama y da fuerzas para su servicio bajo la bandera de la Cruz:

- Cristo Resucitado, lejos de estar ausente de la historia del mundo, ha iniciado una nueva presencia en el mundo en el Espíritu. Ahora está presente a todos, hombres y mujeres, y los atrae a su Misterio Pascual. Sigue realizando la obra de Dios, de traer la salvación, la justicia y la reconciliación a un mundo todavía roto por sus pecados.

- El Cristo Resucitado que nos llama es el primogénito de entre los muertos, el primero de muchos hermanos y hermanas que, por medio de su amor, entrarán en el abrazo de Dios. El es la presencia amorosa que nos cura de las heridas de la crueldad y de la muerte y nos asegura que éstas no desfigurarán por siempre nuestra historia humana. Su muerte en el árbol de la Cruz da un fruto que sigue siendo "medicina para las naciones" (Apoc. 22,2).

- Cristo Resucitado cumple las promesas de Dios al pueblo judío y sigue convocando a todos los pueblos junto con él para crear una humanidad nueva en el Espíritu, uniéndolos a todos en un solo cuerpo viviente (Ef. 2,15-16). Todas las hostilidades humanas se curan en El.

6. ... que es el Crucificado. La misión de la Compañía brota de la continua experiencia de Cristo Crucificado y Resucitado que nos invita a unirnos a El en la tarea de preparar al mundo para que sea el Reino de Dios consumado. El punto focal de la misión de Cristo es la proclamación profética del Evangelio que interpela a los pueblos en nombre del Reino de su Padre y que nosotros debemos predicar en pobreza. Nos llama a situarnos en lo más íntimo de la experiencia humana al recibir esta promesa y prepararnos para recibir el don de Dios en toda su plenitud. Todavía es una experiencia de cruz, en toda su angustia y con todo su poder, porque los enigmas del pecado y de la muerte forman todavía parte de la realidad del mundo. Nos llama a "ayudar a hombres y mujeres a desprenderse de la imagen deformada y confusa que tienen de sí mismos para descubrirse, a la luz de Dios, totalmente semejantes a Cristo". Así es como emprendemos nuestros ministerios con la confianza de que el Señor nos acepta, como aceptó a Ignacio, como servidores suyos, no porque seamos fuertes, sino porque nos repite como a San Pablo: "Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad" (2 Cor. 12,9).

La gracia que Cristo nos da

7. El punto central y el principio integrador de nuestra misión. La llamada del Cristo Resucitado a trabajar con El por el Reino viene siempre acompañada de su poder. A la Compañía se le dio una gracia especial cuando la CG 32 formuló nuestra misión hoy como "el servicio de la fe, del cual la promoción de la justicia es una exigencia absoluta". Esta descripción del punto central de nuestra misión y espiritualidad y su principio integrador tiene su fundamento en la Fórmula del Instituto que, después de hablar de la finalidad de la Compañía ("atender principalmente a la defensa y propagación de la fe, y al provecho de las almas en la vida y doctrina cristiana") precisa un conjunto de actividades destinadas a alcanzar dicha meta: ministerios de la palabra y ministerios del espíritu; ministerios sacramentales; catequesis de niños y analfabetos. Finalmente, subrayando el puesto central que tienen las obras de misericordia en la vida cristiana, abre el horizonte de los ministerios sociales que han de realizar los de la Compañía en favor de los menesterosos:

"Y también manifiéstese preparado para reconciliar a los desavenidos, socorrer misericordiosamente y servir a los que se encuentran en las cárceles o en los hospitales, y a ejercitar todas las demás obras de caridad, según que parecerá conveniente para la gloria de Dios y el bien común".

8. Cristo, enviado a los pobres. El compromiso de la Compañía de una vida radical de fe que se expresa en la promoción de la justicia para todos se inspira en esta declaración fundacional de la Carta Apostólica de Julio III. Hemos recuperado, para nuestra misión actual, la centralidad del trabajo en solidaridad con los pobres de acuerdo con nuestro carisma ignaciano. Leemos como con nuevos ojos un texto profético para nuestro tiempo que, bajo la guía de Ignacio, escribió Polanco a la comunidad de Padua en 1547:

"Son tan grandes los pobres en la presencia divina, que principalmente para ellos fue enviado Cristo a la tierra: 'por la opresión del mísero y del pobre ahora -dice el Señor- habré de levantarme' (Ps. 11,6). Y en otro lugar, 'para evangelizar a los pobres me ha enviado' (Lc. 4,18), lo cual recuerda Jesucristo, haciendo responder a San Juan, 'los pobres son evangelizados' (Mt. 11,5), y tanto los prefirió a los ricos, que quiso Jesucristo elegir todo el santísimo colegio de entre los pobres, y vivir y conversar con ellos, dejarlos por príncipes de su Iglesia, constituirlos por jueces sobre las doce tribus de Israel, es decir, de todos los fieles. Los pobres serán sus asesores. Tan excelso es su estado. La amistad con los pobres nos hace amigos del Rey eterno".

9. Amigos del Señor, amigos de los pobres. Ser "amigos del Señor" significa, pues, ser "amigos de los pobres"; no podemos volvernos de lado cuando nuestros amigos están en necesidad. Somos una comunidad en solidaridad con los pobres precisamente por el amor preferencial que Cristo les tiene. Entendemos con más claridad que el pecado del mundo, que Cristo vino a sanar, alcanza en nuestro tiempo el culmen de su intensidad en las estructuras sociales que excluyen a los pobres (la inmensa mayoría de la población mundial) de la participación en los beneficios de la creación. Vemos que la pobreza opresiva genera una violencia sistemática contra la dignidad de hombres, mujeres, niños y no-natos que no puede tolerarse en el Reino querido por Dios. Estos son los signos de los tiempos que nos interpelan para que nos demos cuenta de que "Dios ha sido siempre el Dios de los pobres porque los pobres son la prueba visible de un fracaso en la obra de la creación".

10. Urgente necesidad de cambio. El Papa Juan Pablo II habla de las arrolladoras "estructuras de pecado", caracterizadas precisamente por el "afán de ganancia y la sed de poder" en todas las culturas. Como la vida del espíritu es inseparable de las relaciones sociales, hace un llamamiento a creyentes y no creyentes para que se hagan conscientes de la "urgente necesidad de un cambio en las actitudes espirituales que definen las relaciones de cada individuo consigo mismo, con el prójimo, con las comunidades humanas, incluso las más lejanas, y con la naturaleza". Es un llamamiento que, como jesuitas comprometidos a seguir la acción del Espíritu Santo en el corazón humano y en el mundo, no podemos rechazar: en nuestra vida personal y comunitaria y en todo apostolado que emprendamos (pastoral, académico, intelectual, espiritual o educativo) buscaremos la plenitud del Reino, donde reina la justicia y no el pecado humano. En palabras del Papa Juan Pablo II:

"Trabajar por el Reino quiere decir reconocer y favorecer el dinamismo divino que está presente en la historia humana y la transforma. Construir el Reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas. En resumen: el Reino de Dios es la manifestación y la realización de su designio de salvación en toda su plenitud".

11. Servir y promover la justicia del Reino de Dios. El nuestro es un servicio de la fe y de las radicales consecuencias de la fe en un mundo en que se está haciendo más fácil conformarse con algo menos que la fe y que la justicia. Reconocemos, con muchos de nuestros contemporáneos, que sin la fe, sin una mirada de amor, el mundo humano parece demasiado malvado para que Dios sea bueno, para que pueda existir un Dios bueno. Pero la fe reconoce que Dios actúa a través del amor de Cristo y el poder del Espiritu Santo para destruir las estructuras de pecado que afligen los cuerpos y los corazones de sus hijos. Nuestra misión como jesuitas toca algo fundamental en el corazón humano: el deseo de encontrar a Dios en un mundo lacerado por el pecado y de vivir conforme al Evangelio con todas sus consecuencias. Este instinto de vivir plenamente el amor de Dios y así promover un bien humano, compartido y duradero, es el que moviliza nuestra vocación de servir la fe y promover la justicia del Reino de Dios. Cristo nos invita, a nosotros y a cuantos servimos, a desplazarnos, con la conversión del corazón, "de la solidaridad con el pecado a la solidaridad con Cristo en favor de la humanidad", y a promover el Reino en todos sus aspectos.

12. La fe en Dios es inevitablemente social. Esta fe en Dios es inevitablemente social en sus consecuencias, pues mira a las relaciones de las personas entre sí y al orden de la sociedad. Hoy presenciamos la desintegración social y moral de muchas partes del mundo. Cuando una sociedad no tiene base moral y espiritual, se generan conflictos ideológicos y odios que provocan la violencia nacionalista, racial, económica y sexual. Todo eso multiplica los abusos que ceban resentimiento y conflicto y lleva a fundamentalismos agresivos que pueden desgarrar la urdimbre social desde dentro. La sociedad entonces se convierte en fácil presa de los poderosos y los manipuladores, los demagogos y los mentirosos; se convierte en mercado de corrupción social y moral.

13. Comunidades que contrarrestan la desintegración social. Pero la fe que mira al Reino engendra comunidades que contrarrestan el enfrentamiento y la desintegración social. De la fe viene la justicia querida por Dios, la paz de la familia humana con Dios y de unos con otros. No es la propaganda explotadora, sino la fe religiosa, que inspira el bien humano y social que se encuentra en el Reino de Dios, la que puede llevar a la familia humana a trascender la decadencia y el conflicto que la destruye. Si las injusticias se han de reconocer y resolver, entonces son las comunidades fundadas en la caridad religiosa, la caridad del Siervo Paciente, el amor desinteresado del Salvador, las que deben enfrentarse con la avidez, el chauvinismo y la manipulación del poder. La comunidad que Cristo ha creado con su muerte reta al mundo a creer, actuar con justicia, hablar con mutuo respeto sobre cosas serias, transformar sus sistemas de relaciones, tomar los mandamientos de Cristo como base de su vida.

Las dimensiones de nuestra misión

14. Profundizar y ampliar las dimensiones de nuestra fe. Reafirmamos lo que se dijo en el d.2 de la CG 32: "El servicio de la fe y la promoción de la justicia no puede ser para nosotros un simple ministerio más entre otros muchos. Debe ser el factor integrador de todos nuestros ministerios; y no sólo de éstos sino de nuestra vida interior como individuos, como comunidades, como fraternidad extendida por todo el mundo". La finalidad de la misión que hemos recibido de Cristo, tal como está presentada en la Fórmula del Instituto, es el servicio de la fe. El principio integrador de nuestra misión es el vínculo inseparable entre la fe y la promoción de la justicia del Reino. En esta Congregación queremos profundizar y ampliar más explícitamente aún la conciencia que tiene la Compañía de las dimensiones integrales de nuestra misión señaladas por el d.4 de la CG 32 y que ahora van adquiriendo madurez en nuestra experiencia y en nuestros ministerios. Hemos constatado que, cuando más fructuosos resultan nuestros ministerios, están presentes estos elementos.

15. Ramas de un tronco único. Hecha la afirmación central de la inseparabilidad del servicio de la fe y promoción de la justicia, el d.4 habla de "nuestra misión de evangelizar", especialmente por el diálogo con miembros de otras tradiciones religiosas y la atención a la cultura, indispensable para una presentación efectiva del Evangelio. El fin de nuestra misión (el servicio de la fe) y su principio integrador (la fe dirigida hacia la justicia del Reino) están así dinámicamente relacionados con la proclamación inculturada del Evangelio y el diálogo con otras tradiciones religiosas como dimensiones de la evangelización. El principio integrador extiende su influjo a estas dimensiones que, como ramas de un tronco único, forman una matriz de rasgos esenciales dentro de nuestra misión única de servicio de la fe y promoción de la justicia.

16. Diálogo e inserción en las culturas. En nuestra experiencia desde la CG 32, hemos llegado a la conclusión de que nuestro servicio de la fe, tendente a la justicia del Reino de Dios, no puede prescindir de estas otras dimensiones: el diálogo y la inserción en las culturas. La proclamación del Evangelio en un contexto particular debe siempre afrontar sus características culturales, religiosas y estructurales, no como un mensaje que proviene de fuera, sino como un principio "inspirador, normativo y unificador que [desde dentro] transforme y recree esa cultura, originando así una 'nueva creación'"

.

17. Promoción de la justicia y transformación de la cultura. En nuestra valoración positiva de religiones y culturas, reconocemos que todas (incluido el 'Occidente Cristiano' a través de su historia), han hallado formas de cerrarse a la verdadera libertad ofrecida por Dios. La justicia sólo puede florecer de veras cuando comporta la transformación de la cultura, ya que las raíces de la injusticia están incrustadas en las actitudes culturales y las estructuras económicas. El diálogo entre el Evangelio y la cultura tiene que desarrollarse en el corazón mismo de la cultura. Debe realizarse entre personas que se respetan y que buscan juntas una común libertad humana y social. Así también, el Evangelio aparece a una nueva luz; su significado se enriquece, se renueva y hasta se transforma. A través del diálogo, el mismo Evangelio, la Palabra antigua y siempre nueva, entra en las mentes y los corazones de la familia humana.

18. Dimensiones de la proclamación del Reino. En resumen:

- no puede haber una proclamación efectiva del Reino a menos que el Evangelio, una vez llevado al centro mismo de una sociedad, ilumine sus aspectos estructurales, culturales y religiosos;

- el diálogo con otras tradiciones es efectivo cuando hay un compromiso

común de transformar la vida cultural y social de los pueblos;

- la transformación de las culturas humanas requiere un diálogo con las religiones que las inspiran y el correspondiente compromiso de transformar las condiciones sociales que las estructuran;

- si nuestra fe está centrada en Dios y en su justicia en el mundo, esta justicia no puede realizarse si, al mismo tiempo, no se cuidan las dimensiones culturales de la vida social y la manera como una determinada cultura se sitúa con respecto a la trascendencia religiosa.

19. Lo que implica el servicio de la fe. Hoy constatamos con claridad que:

No puede haber servicio de la fe sin
promover la justicia
entrar en las culturas
abrirse a otras experiencias religiosas.

No puede haber promoción de la justicia sin
comunicar la fe
transformar las culturas
colaborar con otras tradiciones.

No puede haber inculturación sin
comunicar la fe a otros
dialogar con otras tradiciones
comprometerse con la justicia.

No puede haber diálogo religioso sin
compartir la fe con otros
valorar las culturas
interesarse por la justicia.

20. A la luz del d.4 y nuestra experiencia actual, podemos afirmar que nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia debe ensancharse para incluir como dimensiones esenciales la proclamación del Evangelio, el diálogo, y la evangelización de la cultura. Pertenecen conjuntamente a nuestro servicio de la fe ("sin confusión, sin separación") porque brotan de una atención obediente a lo que Cristo Resucitado está haciendo para conducir al mundo a la plenitud del Reino de Dios. Estas dimensiones de nuestra única misión desarrollan las intuiciones de nuestras últimas Congregaciones Generales y las experiencias apostólicas de la Compañía en muchas partes del mundo. Aquí se da un ejemplo profundo e inspirado por el Espíritu del "sentire cum Ecclesia in missione", propio de las formas como nuestro carisma enriquece la misión evangelizadora de la Iglesia.

21. A la luz de estas reflexiones, podemos ahora decir de nuestra misión actual que la fe que busca la justici

a es, inseparablemente, la fe que dialoga con otras tradiciones y la fe que evangeliza la cultura.


Decreto 3

NUESTRA MISIÓN Y LA JUSTICIA

presentación

La Congregación General 32, en 1975, reformuló la misión de la Compañía en el mundo actual como "servicio de la fe y promoción de la justicia", en su decreto 4, que tuvo un gran impacto dentro y fuera de la Compañía. Pasados veinte años, se consideró importante hacer balance de la situación y reafirmar el compromiso de la Compañía por la promoción de la justicia, en nombre de la fe en Cristo, compartiendo la misión de la Iglesia.

Algunas lineas de fuerza del documento :

1. Orientación práctica. Supuesta la fundamentación ofrecida por el decreto anterior, trata de que todo el cuerpo apostólico de la Compañía (personas, comunidades e instituciones) viva y fomente la justicia, en todos sus trabajos y servicios.

2. Justicia que brota de la fe. No cualquiera justicia, sino la que tiene sus raíces en el Evangelio de Jesús. Desborda pues "las nociones de justicia provenientes de ideologías, filosofías o movimientos políticos particulares". Pero también : una fe que se escabulle del servicio y no promueve la justicia, es una fe sin amor. Importa ser contemplativos en la transformación del mundo .

3. Nuevas dimensiones y "caracter progresivo e históricamente evolutivo" de la justicia. Para descubrir las nuevas dimensiones de la justicia en cada época y en cada cultura , se precisa cultivar la proximidad con los pobres y saber interpretar sus exigencias mediante el análisis socio-cultural .

4. Hay situaciones de injusticia especialmente críticas. Reunidos en Congregación General, jesuitas venidos "de todos los puntos del globo", reclaman la "urgente atención" de sus compañeros para algunas de ellas .

5. Promoción de comunidades de solidaridad. Sin pretender utópicamente que el cambio de las estructuras socio-políticas baste a resolver todos los problemas, este documento señala repetidamente, como lo había hecho ya el precedente, la necesidad de "desarrollar comunidades de solidaridad tanto de rango popular y no gubernamental como de nivel político" .

El desarrollo de esas comunidades precisa de ese compañerismo tan subrayado por los decretos.

decreto

SUMARIO: De la fe a la justicia, y de la justicia a la fe: En buena compañía (1). No todo ha ido bien (2). Confirmamos nuestro compromiso (3). Buscando la justicia del "reino de Dios" (4). Nuevas dimensiones de la justicia: Carácter evolutivo de la justicia (5). Nombres nuevos de la justicia (6). Hacia un orden mundial basado en la solidaridad (7). En favor de una "cultura de la vida" (8). El equilibrio ecológico de la "aldea global" (9). Comunidades de solidaridad (10). Situaciones críticas: Alerta a las situaciones urgentes (11). África, "océano de infortunios" (12). Europa del Este (13). Los pueblos indígenas y los "dalits" (14). Los millones de excluidos (15). El Servicio Jesuita a Refugiados (16). Puesta en práctica: Conversión a Cristo, contacto con los pobres (17). La formación de los jóvenes jesuitas (18). Diversas formas del trabajo por la justicia (19). Formación de "hombres y mujeres para los demás" (20). Caminos institucionales para la promoción de la justicia (21). Criterios actuales de evaluación (22). Colaboración nacional e internacional (23). Cristo garante de la misión (24).

De la fe a la justicia y de la justicia a la fe

1. En buena compañía. En respuesta al Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús emprendió un itinerario de fe al comprometerse en la promoción de la justicia como parte integrante de su propia misión. Aquel compromiso fue para nosotros un regalo de Dios maravilloso. Nos puso en buena compañía: la del Señor ciertamente, pero también la de tantos amigos suyos entre los pobres y todos los comprometidos en pro de la justicia. Peregrinos con ellos hacia el Reino, nos hemos sentido impactados por su fe, renovados por su esperanza, transformados por su amor. Como servidores de la misión de Cristo, nos hemos sentido enormemente enriquecidos al abrir nuestros corazones y nuestras mismas vidas a "los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, especialmente de los pobres y afligidos".

2. No todo ha ido bien. Lo hemos hecho de muchas maneras. La promoción de la justicia ha quedado integrada en nuestros ministerios, tradicionales y nuevos, en el trabajo pastoral y en los centros sociales, en la educación de «hombres y mujeres para los demás», en el apostolado directo con los pobres. También reconocemos que no todo ha ido bien. La promoción de la justicia ha quedado a veces separada de su auténtica fuente, la fe. Dogmatismos e ideologías nos han llevado a veces a tratarnos más como adversarios que como compañeros. Nos ha faltado coraje para convertirnos, a nosotros mismos y a nuestras instituciones apostólicas, en la medida plena exigida por nuestra misión de fe que busca la justicia.

3. Confirmamos nuestro compromiso. Queremos, por tanto, renovar nuestro compromiso en pro de la promoción de la justicia como parte integrante de nuestra misión, tal como fue extensamente formulado por la CG 32 y la CG 33. La experiencia nos ha mostrado que la promoción de la justicia surge de nuestra fe y la hace más profunda. Por eso queremos caminar hacia una más plena integración de la promoción de la justicia en nuestra vida de fe, en compañía del pobre y de tantos otros que viven y trabajan por la venida del Reino de Dios.

4. Buscando la justicia del Reino. Porque la noción de justicia que nos guía está íntimamente ligada a nuestra fe. Está profundamente arraigada en las Escrituras, en la tradición eclesial, y en nuestra herencia ignaciana. Transciende las nociones de justicia provenientes de ideologías, filosofías o movimientos políticos particulares, que jamás podrán llegar a ser expresión adecuada de la justicia del Reino en pro de la cual se nos llama a luchar al lado de nuestro Compañero y Rey.

Nuevas dimensiones de la justicia

5. Carácter evolutivo de la justicia. La promoción de la justicia tiene un carácter progresivo e históricamente evolutivo según va afrontando las cambiantes necesidades de este y aquel pueblo, cultura y época. Las precedentes Congregaciones nos han llamado la atención sobre la necesidad de trabajar por el cambio estructural en las áreas socioeconómica y política como dimensiones importantes de la promoción de la justicia. Nos han urgido también a trabajar por la paz y la reconciliación a través de la no-violencia; a trabajar para poner fin a la discriminación por motivos de raza, religión, sexo, etnia o clase social; a trabajar para oponernos a la pobreza y hambre crecientes mientras la prosperidad material se concentra cada vez más en unos pocos. Cada uno de nosotros podrá centrar su empeño tan sólo en una u otra de estas dimensiones, pero todas siguen siendo importantes en la misión de la promoción de la justicia asumida por la Compañía universal.

6. Nombres nuevos de la justicia. Más recientemente, hemos ido adquiriendo mayor conciencia acerca de otras dimensiones del empeño por la justicia. El respeto de la dignidad de la persona humana creada a imagen de Dios está latente en la creciente conciencia internacional de la amplia gama de los derechos humanos. Estos incluyen derechos económicos y sociales respecto a las necesidades básicas de la vida y del bienestar; derechos individuales, como el de libertad de conciencia y expresión y el de practicar y compartir la propia fe; derechos civiles y políticos, como el de participar plena y libremente en los procesos sociales; y derechos relativos al desarrollo, la paz y un medio ambiente sano. Puesto que personas y comunidades están entrelazadas, se dan importantes analogías entre los derechos de las personas y los a veces llamados "derechos de los pueblos", tales como la identidad cultural y su custodia y el control de su propio destino y recursos. La Compañía, como cuerpo apostólico internacional, debe trabajar con las comunidades de solidaridad en defensa de tales derechos.

7. Hacia un orden mundial basado en la solidaridad. En nuestro tiempo existe una conciencia creciente de la interdependencia de todos los pueblos en una herencia común. La globalización de la economía y de la sociedad avanza a ritmo acelerado, impelida por el desarrollo en los campos de la tecnología, la comunicación y la empresa. Aunque este fenómeno pueda comportar muchos beneficios, puede ocasionar también injusticias a escala masiva: programas de ajuste económico y fuerzas de mercado, desentendidos de su consecuente impacto social, especialmente sobre los pobres; "modernización" homogenizante de culturas en formas que destruyen culturas y valores tradicionales; creciente desigualdad entre naciones y -dentro de una misma nación- entre ricos y pobres, entre poderosos y marginados. En justicia debemos oponernos a todo eso, trabajando por construir un orden mundial basado en genuina solidaridad, donde todos puedan ocupar el puesto al que tienen derecho en el banquete del Reino.

8. En favor de una "cultura de la vida". La vida humana, don de Dios, debe ser respetada desde su comienzo hasta su fin natural. Sin embargo, nos encontramos crecientemente sumidos en una "cultura de muerte" que fomenta el aborto, el suicidio y la eutanasia; la guerra, el terrorismo, la violencia y la pena de muerte, como método para resolver ciertos problemas; el consumo de drogas; todo eso, aun prescindiendo del drama humano del hambre, el SIDA y la pobreza. Tenemos que alentar una "cultura de vida". Ello implica promover alternativas realistas y moralmente aceptables al aborto y la eutanasia; elaborar cuidadosamente el contexto ético de la experimentación médica y la ingeniería genética; trabajar por reencauzar los recursos destinados a la guerra y al tráfico internacional de armas hacia las necesidades de los pobres; crear posibilidades de vida con sentido y compromiso en lugar de anarquía y desesperación.

9. Equilibrio ecológico en la "aldea global". La protección de la integridad de la creación está latente en el creciente interés por el medio ambiente. El equilibrio ecológico y un uso sostenible y equitativo de los recursos mundiales son elementos importantes de justicia para con todas las comunidades de nuestra actual "aldea global"; y son también materia de justicia para con las futuras generaciones que heredarán lo que nosotros les dejemos. La explotación desaprensiva de los recursos naturales y del medio ambiente degrada la calidad de la vida, destruye culturas y hunde a los pobres en la miseria. Necesitamos promover actitudes estratégicas que creen relaciones responsables con el medio ambiente del mundo que compartimos y del que no somos más que administradores.

10. Comunidades de solidaridad. Nuestra experiencia de los últimos decenios ha demostrado que el cambio social no consiste sólo en la transformación de las estructuras políticas y económicas, puesto que éstas tienen sus raíces en valores y actitudes socioculturales. La plena liberación humana, para el pobre y para todos nosotros, se basa en el desarrollo de comunidades de solidaridad tanto de rango popular y no gubernamental como de nivel político, donde todos podamos colaborar en orden a conseguir un desarrollo plenamente humano. Todo esto debe hacerse en el contexto de una razonable y respetuosa interrelación entre los diversos pueblos y culturas, el medio ambiente y el Dios que vive entre nosotros.


Situaciones críticas

11. Alerta a las situaciones más urgentes. Como asamblea congregada desde todos los puntos del globo, hemos tomado conciencia de situaciones críticas que afectan a cientos de millones de personas y que, por ello, reclaman especial interés por parte de la Compañía. No pretendemos ofrecer aquí una lista exhaustiva ni tampoco desviar nuestros esfuerzos de las situaciones de injusticia más cercanas a cada uno de nosotros. Pero las siguientes son especialmente relevantes para la Compañía como cuerpo apostólico internacional y reclaman nuestra urgente atención.

12. África, "océano de infortunios". La marginación de Africa en el "nuevo orden mundial" convierte todo un continente en paradigma de todos los marginados del mundo. Treinta de los países más pobres del mundo son africanos. Dos tercios de los refugiados del mundo son africanos. La esclavitud, el colonialismo y el neo-colonialismo, los problemas internos como las rivalidades étnicas y la corrupción han hecho de este continente un "océano de infortunios". Sin embargo, hay también mucha vida y gran coraje en el pueblo africano: luchan juntos en la construcción de un futuro para quienes les sucedan. La CG 34 ruega a la Compañía universal que haga cuanto pueda para cambiar la actitud y los comportamientos internacionales respecto a Africa.

13. Europa del Este. El reciente colapso de los sistemas totalitarios en la Europa del Este ha dejado tras de sí ruinas en todos los ámbitos de la vida humana y social. Estos pueblos se enfrentan con la difícil tarea de reconstruir un orden social que a todos permita vivir en auténtica comunidad, trabajando por el bien común, responsables de sus propios destinos. En el pasado, muchas personas, incluidos los jesuitas, han dado magnífico testimonio de solidaridad, fidelidad y resistencia. Ahora necesitan la cooperación y la ayuda fraterna de la comunidad internacional en su esfuerzo por un futuro de seguridad y de paz. La Compañía debe hacer cuanto pueda para ayudarles.

14. Pueblos indígenas y "dalits". En muchas partes del mundo los pueblos indígenas, aislados y relegados a papeles sociales marginales, ven amenazados su identidad, legado cultural y entorno natural. Otros grupos sociales (por ejemplo, los Dalits, considerados "intocables" en algunas partes del Asia meridional) sufren dura discriminación social en la sociedad civil e incluso en la eclesial. La CG 34 invita a la Compañía universal a renovar su tradicional compromiso con estos pueblos.

15. Los millones de excluidos. En muchas partes del mundo, incluidos los países más desarrollados, las fuerzas económicas y sociales excluyen de los beneficios de la sociedad a millones de personas. Desempleados durante años, jóvenes sin posibilidad alguna de empleo, niños de la calle explotados y abandonados a su suerte, ancianos en soledad y sin protección social, ex-reclusos, víctimas del abuso de drogas, enfermos de SIDA...: todos ellos condenados a una vida de dura pobreza, de marginación social y de precariedad cultural. De nosotros reclaman la atención exigida por nuestra tradición bíblica para "los huérfanos, viudas y extranjeros que viven entre vosotros".

16. El Servicio Jesuita a Refugiados. En este mundo nuestro hay actualmente más de 45 millones de personas refugiadas o desplazadas, el 80% de las cuales son mujeres y niños. Acogidos a menudo en los países más pobres, afrontan un empobrecimiento creciente y la pérdida del sentido de la vida y la cultura, sin esperanza posible y con la consiguiente desesperanza y desesperación. El Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) acompaña a muchos de estos nuestros hermanos y hermanas, sirviéndoles como compañeros, abogando por su causa en este mundo insolidario. La CG 34 solicita que todas las Provincias apoyen al JRS en todo lo posible y pide a la Compañía internacional que sume su esfuerzo al de otras instituciones y organismos internacionales para combatir las injusticias que desarraigan a la gente de su tierra y sus familias.


Puesta en práctica


17. Conversión a Cristo, contacto con los pobres. La promoción de la justicia requiere ante todo nuestra propia y continua conversión para encontrar a Cristo Jesús en la quiebra de nuestro mundo y vivir en solidaridad con los pobres y marginados, de modo que podamos asumir su causa bajo la bandera de la Cruz. Nuestra sensibilidad para con esta misión estará tanto más motivada cuanto más frecuente y directo sea nuestro contacto con esos "amigos del Señor", de cuya fe podemos siempre aprender. Cierta inserción en el mundo de los pobres debe formar parte de la vida de todo jesuita. Siempre que sea posible, nuestras comunidades deberán ubicarse entre la gente sencilla.

18. La formación de los jóvenes jesuitas. Durante su formación los jóvenes jesuitas deben estar en contacto con los pobres, no sólo ocasionalmente sino de forma más continuada. A tales experiencias debe acompañar una reflexión esmerada como parte de la formación académica y espiritual, que habría de integrar el adiestramiento en el análisis sociocultural. El contacto vivo con otras culturas y un estilo de vida en el que "a sus tiempos sientan algunos effectos de la pobreza" les ayudará a acrecentar su solidaridad con los pobres y con el "otro" en este nuestro mundo de tanta diversidad. La formación permanente de los jesuitas mayores debe favorecer también experiencias de realidades sociales y culturales diferentes.

19. Diversas formas del trabajo por la justicia. En cada uno de nuestros diversos campos apostólicos debemos crear comunidades de solidaridad en búsqueda de la justicia. Al trabajar a una con nuestros colaboradores, nuestros ministerios pueden y deben promover la justicia en una o varias de las formas siguientes: a) el servicio y acompañamiento directo de los pobres; b) la toma de conciencia de las demandas de la justicia, unida a la responsabilidad social para realizarla; c) la participación en la movilización social para la creación de un orden social más justo.

20. Formación de "hombres y mujeres para los demás". La formación de "hombres y mujeres para los demás" es algo oportuno no sólo en nuestras instituciones educativas sino en el ministerio de la Palabra y en los Ejercicios Espirituales, en el apostolado pastoral y en el de la comunicación. Los centros sociales y la acción social directa con y por los pobres serán tanto más efectivos en la promoción de la justicia cuanto mejor integren su fe en todas las dimensiones de su trabajo. Así, cada uno de nuestros ministerios debe esforzarse por profundizar su modo particular de realizar plenamente nuestra misión de fe y justicia, que no puede dejar de enriquecerse con el empeño en pro de un diálogo y una inculturación más efectivos.

21. Caminos institucionales para la promoción de la justicia. Nuestras instituciones pueden emplear los siguientes medios como ayuda para llevar a cabo nuestra misión: la evaluación institucional del papel que juegan en la sociedad; el examen de si su propia estructura interna y su política reflejan nuestra misión; la colaboración y el intercambio con instituciones afines de diversos contextos sociales y culturales; la formación permanente del personal en lo que respecta a la misión.

22. Criterios actuales de evaluación. Cada Provincia debe evaluar su planificación apostólica utilizando los criterios establecidos en las Constituciones, leídos a la luz de nuestra misión hoy. Cuando se interpretan a la luz de la fe que busca la justicia, el criterio de "mayor necesidad" apunta a lugares o situaciones críticas de injusticia; el criterio de "mayor fruto", a los ministerios que puedan ser más eficaces para crear comunidades de solidaridad; el criterio del bien "más universal", a la acción que contribuye a un cambio estructural capaz de crear una sociedad basada en la corresponsabilidad. Una vez tomadas las decisiones, es de crucial importancia evaluar el proceso de su puesta en práctica. La revisión anual de la realización de los objetivos en el año puede ayudar a definir los objetivos el año siguiente. Una revisión seria y regular de la eficacia en la puesta en práctica de nuestra misión aportará credibilidad y realismo a nuestra planificación provincial e institucional.

23. Colaboración nacional e internacional. A nivel interprovincial e internacional, la Compañía debe continuar buscando maneras de colaborar con otros grupos y organizaciones nacionales e internacionales, tanto no gubernamentales como oficiales. Es parte de nuestra responsabilidad como cuerpo apostólico internacional trabajar con otros a nivel regional y global en pro de un orden internacional más justo. La Compañía debe, por tanto, examinar sus recursos y promover la creación de una red internacional eficaz para poder llevar a cabo nuestra misión, también a este nivel.

24. Cristo garante de la misión. Por encima de todo, debemos proseguir nuestra andadura hacia el Reino con gran esperanza. Como "servidores de la misión de Cristo", en fin de cuentas basamos nuestra esperanza en Jesucristo Crucificado y Resucitado para que nos proteja, guíe y lleve adelante en nuestro servicio de la fe y promoción de la justicia. Y así, podemos seguir buscando insistentemente la justicia.

"La Compañía continúa insistiendo en la promoción de la justicia. ¿Por qué? Porque ello corresponde a nuestra misma espiritualidad... La promoción de la justicia significa una llamada a la Compañía para que nos insertemos cada vez más hondamente en la vida concreta de los pueblos y de las naciones, como realmente son y no como nosotros pensamos que deberían ser".

Así, nuestro peregrinar nos llevará otra vez a compartir más y más profundamente los gozos y las esperanzas, las tristezas y angustias del pueblo de Dios.


Decreto 4

NUESTRA MISIÓN Y LA CULTURA

presentación

Es la primera vez, desde la fundación de la Compañía de Jesús que una Congregación General aborda explícitamente el tema de la cultura. Corresponde así a la creciente conciencia de la Iglesia de la importancia de la cultura para la recepción del Evangelio, y a la creciente conciencia mundial de la importancia de la comunicación entre culturas y del cambio cultural como condición del cambio social .

En cuatro escenarios muy diversos, la relación fe-cultura interpela la responsabilidad misionera de la Compañía: en los países secularizados del hemisferio Norte; en los grandes países de Asia y Africa, necesitados de una creativa inculturación del Evangelio y de la Iglesia ; entre las ingentes masas atraidas por las grandes ciudades, en las que fermenta una nueva síntesis cultural; entre los pueblos indígenas en dramática tensión de su patrimonio cultural con la modernidad .

Algunos de los principios clave:

1. Una dura realidad con la que hemos de encararnos en sus variadas formas : "la ruptura entre el Evangelio y la cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo" (EN, 20). El anuncio evangélico se convierte en irrelevante e incomprensible para una cultura divorciada de las expectativas y los valores cristianos .

2. Inculturación del Evangelio. Hay que traducir y encarnar el Evangelio en cada cultura. Esta encarnación es, por una parte, un desafío a toda cultura a ganar en calidad a partir de la simiente evangélica. Por otra parte, también las culturas trasvasan su propia riqueza al Evangelio. En diálogo de mútuo respeto y enriquecimiento.

3. Presencia de Dios en la historia. Una idea fuerte de este decreto es la firme convicción de que Dios está presente y actúa en la historia. Cristo Resucitado irradia su poder de gracia a toda la humanidad, de modos más claros o más discretos e imperceptibles .

4. Tomarse en serio la modernidad crítica. Es un problema de la cultura occidental en la que, para muchos, el cristianismo y cualquier otro compromiso religioso, dejó de tener significado. Importa desarrollar la dimensión mística, de experiencia religiosa, haciéndonos con quienes no creen, "compañeros que dialogan entre sí", compartiendo valores, vida y búsqueda de sentido, colaborando en acciones comunes. Sin diluir nunca el carácter interpelante del Evangelio .

5. Orientaciones prácticas y propuestas. Se dan algunas para toda la Compañía, que en los diversos contextos culturales y sociales, deberán aplicarse de modo flexible y creativo .

decreto

SUMARIO : Evangelio y Cultura (1-5): Nuestra conciencia de la pluralidad de culturas (1). Dramática relación entre Evangelio y cultura (2). Significado de la inculturación del Evangelio (3). Mutuo enriquecimiento (4). Los retos de hoy (5). La misión del jesuita y la cultura (6-13): Inseparables: promoción de la justicia, diálogo y evangelización de la cultura (6). Zambullirse en el mundo con Dios (7). Que las culturas converjan hacia el Reino (8). Criterios en la evangelización de las culturas (9). Prolongando nuestra tradición (10). Mediando entre culturas tradicionales y modernidad (11). Reconocemos nuestros errores (12). Diálogo del Evangelio con lo positivo y negativo de las culturas (13). Diálogo de Dios con el mundo (14-18): Iniciado en la creación (14). El misterio pascual es ofrecido a todos (15). El Resucitado actúa en todas las dimensiones de la historia (16). Mediante el diálogo, colaboramos con lo que está obrando Dios (17). La obra silenciosa del Espíritu (18). Nuestra Misión y la cultura crítica posmoderna (19-24): Un diálogo particularmente difícil (19). Esa dificultad nos atañe (20). La experiencia del "silencio de Dios" es parte de la experiencia cristiana (21). Ni secularizar, ni diluir el Evangelio (22). Un diálogo en pié de igualdad (23). Ayudar a descubrir las consecuencias sociales del pecado (24). Cambio y esperanza (25-26): La calidad de nuestra inculturación (25). Empeñados en la salvación de la ciudad (26). Perspectivas (27): Los cambios culturales son lentos (27.1). Respetar la autoafirmación de las diversas culturas (27.2). Dios está ya presente en cada cultura (27.3). Evangelizamos a las personas en las culturas respectivas (27.4). Reconocer a las minorias culturales (27.5). La inculturación, tarea en todos los contextos (27.6). Atención a aquéllos a quienes el Evangelio no dice nada (27.7). Orientaciones (28): La cultura de los pobres (28.1). Un estilo de vida creíble (28.2). Transformación cultural del orden social injusto (28.3). Inculturación integrada en la renovación apostólica (28.5). La cultura diferente nos facilitará una visión más universal (28.6). Importancia de las obras educativas para las diversas clases de inculturación (28.7). Favorecer la Iglesia local auténtica y una espiritualidad autónoma (28.5). Ventajas de la Compañía para el diálogo intercultural (28.9).

Evangelio y Cultura

1. Nuestra conciencia de la pluralidad de culturas. La CG 34 ha reunido a jesuitas procedentes de las culturas de Asia, los países ex-comunistas de Europa Oriental, la Comunidad Europea, Africa, Norte América, Australia y América Latina. Esto ha intensificado nuestra conciencia de la pluralidad de culturas, tanto en el mundo como en la Compañía, y de la necesidad de tratar del tema, importante para nuestra misión, del Evangelio y la Cultura.

2. Dramática relación entre Evangelio y Cultura. La Iglesia ha asumido últimamente este tema entre los puntos centrales de su reflexión. Pablo VI escribió que "la ruptura entre el Evangelio y la cultura es, sin duda alguna, el drama de nuestro tiempo". Más recientemente Juan Pablo II ha presentado la inculturación como uno de los aspectos fundamentales de toda la misión evangelizadora de la Iglesia y hace alusión a la reciprocidad entre el Evangelio y las culturas que afecta. El mensaje cristiano debe abrirse a todas las culturas sin atarse a ninguna en particular y debe hacerse accesible a toda persona humana a través de un proceso de inculturación por el que el Evangelio introduce algo nuevo en la cultura y la cultura aporta algo nuevo a la riqueza del Evangelio:

"Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay bueno en ellas y renovándolas desde dentro".

3. Significado de la inculturación del Evangelio. El proceso de inculturación del Evangelio de Jesús en la cultura humana es una forma de encarnar la Palabra de Dios en la diversidad de la experiencia humana: el Verbo pone su tienda en la familia humana (cf. Jn. 1,14). Cuando la Palabra de Dios queda depositada en el corazón de una cultura, es como una semilla enterrada que se nutre de la tierra que le rodea y crece hasta madurar. La inculturación puede también relacionarse con el Misterio Pascual: gracias a la fuerza liberadora del Evangelio, las culturas se liberan de sus elementos negativos y entran en la libertad del Reino de Dios. El Evangelio plantea un desafío profético a toda cultura para que se desprenda de todo lo que impide la justicia del Reino. Inculturar el Evangelio significa permitir que la Palabra de Dios despliegue su fuerza en la vida de un pueblo, pero sin imponer elementos culturales extraños que dificulten recibirla. "La evangelización no es posible sin la inculturación. La inculturación es el diálogo existencial entre personas vivas y el Evangelio vivo".

4. Mutuo enriquecimiento. Este proceso ha sido siempre parte de la vida de la Iglesia: en los primeros siglos del Cristianismo, cuando proclamaba su fe en formas que la cultura helenística podía recibir, la Iglesia estaba al mismo tiempo siendo modelada por ella. Intuiciones que en un principio se originaron fuera del contexto judío y cristiano llegaron a ocupar un puesto en el mismo corazón del cristianismo. Un proceso semejante está teniendo lugar en nuestros días en muchas partes del mundo: miembros de culturas indígenas, de las grandes tradiciones religiosas y de la modernidad crítica ofrecen intuiciones que la Iglesia debería tomar en cuenta como parte del diálogo entre la experiencia cristiana y la diversidad de otras experiencias. De esta manera, la Iglesia va recuperando en nuestros días la creatividad que mostró en sus comienzos y en los momentos más acertados de su obra evangelizadora.

5. Los retos de hoy. Hoy día han de afrontarse retos especiales en orden a posibilitar el diálogo existencial con la multiplicidad de las culturas en que está presente la Iglesia:

- La cultura secular contemporánea, que se ha desarrollado en parte en oposición con la Iglesia, excluye con frecuencia la fe religiosa de entre sus valores reconocidos. Consiguientemente, culturas fraguadas por la fe cristiana se han alejado, en diversa medida, del Cristianismo hacia estilos de vida que marginan los valores evangélicos. Con frecuencia, la fe religiosa se descarta como fuente de enfrentamientos sociales destructivos de la sociedad y como algo que la familia humana ya ha superado; a los ojos de muchos de nuestros contemporáneos, la Iglesia carece de credibilidad cuando habla de problemas humanos.

- Las grandes culturas de Asia, a pesar de siglos de actividad misionera, no consideran todavía la fe cristiana como una presencia viva en el corazón de la experiencia asiática. En general, continúa inseparablemente vinculada con la cultura occidental de la que desconfían. Muchos cristianos comprometidos de Asia sienten que hay una ruptura entre su experiencia cultural autóctona y el carácter todavía occidental de su experiencia en la Iglesia.

- El creciente ritmo de la urbanización a lo largo y ancho del mundo genera millones de pobres en las grandes ciudades, gente que se debate en una angustiosa transición cultural al emigrar de áreas rurales y verse forzados a dejar atrás su cultura tradicional. Al mismo tiempo, esta transición produce una nueva síntesis cultural que entreteje elementos de sabiduría tradicional con nuevas formas de organización y celebración popular.

- Entre los pueblos indígenas ha habido un despertar de la conciencia de sus culturas, que es preciso apoyar con la fuerza liberadora del Evangelio.

- En Africa, hay un gran deseo de crear un cristianismo verdaderamente africano, en el que se integren inseparablemente la Iglesia y la cultura africana. Hay también el deseo de liberar al Evangelio de la herencia colonial, que infravaloraba la calidad de los valores culturales africanos, y de ponerlo en contacto más profundo con la vida africana.

La misión del jesuita y la cultura

6. Inseparables: promoción de la justicia, diálogo y evangelización de la cultura. Como jesuitas, vivimos una fe que busca el Reino, una fe que hace de la justicia una realidad que transforma el mundo; por lo mismo, hacemos que lo específico de esta fe entable un diálogo con las religiones y culturas del mundo contemporáneo. Nuestro decreto "Servidores de la misión de Cristo" afirma que "nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia debe ensancharse para incluir como dimensiones esenciales la proclamación del Evangelio, el diálogo, y la evangelización de la cultura"; hemos insistido en la inseparabilidad de la justicia, el diálogo y la evangelización de la cultura.

7. Zambullirse en el mundo con Dios. Esto no es mero pragmatismo ni pura estrategia apostólica; hunde sus raíces en la mística que fluye de la experiencia de Ignacio y nos conduce simultáneamente hacia el misterio de Dios y su presencia activa en la creación. Tanto en nuestra vida personal de fe como en nuestro apostolado, nunca se plantea una disyuntiva entre Dios o el mundo: siempre se trata de Dios en el mundo, trabajando para llevarlo a su plenitud de modo que el mundo llegue finalmente a ser plenamente en Dios:

"Ignacio afirma que no existe para el hombre camino de auténtica búsqueda de Dios que no pase... por una zambullida en el mundo creado y, por otra parte, que toda solidaridad con el hombre y todo compromiso con el mundo creado, para ser auténticos, presuponen el descubrimiento de Dios".

8. Que las culturas converjan hacia el Reino. La misión de la Compañía, como servicio a Cristo Crucificado y Resucitado, investiga cómo el Señor se hace presente en la diversidad de las experiencias culturales humanas, con el fin de presentar el Evangelio como la presencia explícitamente liberadora de Cristo. Nuestro diálogo debe partir del respeto por la persona, especialmente por los pobres, y en ese diálogo debemos apropiarnos sus valores culturales y espirituales y ofrecer nuestro propio tesoro cultural y espiritual con el fin de crear una comunión de pueblos iluminados por la Palabra de Dios y vivificados por el Espíritu como en Pentecostés. Nuestro servicio de la fe cristiana no debe nunca alterar los mejores impulsos de la cultura en que trabajamos, ni debe ser una imposición ajena y desde fuera. Busca trabajar de manera que el vector de crecimiento que brota del corazón de una cultura la conduzca hacia el Reino.

9. Criterios en la evangelización de las culturas. Nuestra tradición ignaciana nos enseña un criterio muy sencillo para el ejercicio de nuestra misión: en nuestra vida personal de fe, sabemos que estamos en consolación cuando estamos en pleno contacto con lo que Dios opera en nuestros corazones, y estamos en desolación cuando nuestras vidas se oponen a su acción. Así también nuestro ministerio de evangelizar la cultura será un ministerio de consolación cuando se realice de forma que ponga de manifiesto la actividad de Dios en esas culturas y refuerce nuestro sentido del misterio divino. Pero cuando nuestra actividad dificulta su presencia en las culturas a las que se acerca la Iglesia o cuando nos arrogamos derechos de propiedad sobre los asuntos de Dios, entonces nuestros esfuerzos andan descaminados o se hacen destructores.

10. Prolongando nuestra tradición. Esta intuición es la que ha llevado a muchos jesuitas a adoptar una actitud positiva hacia las religiones y culturas en las que trabajan. Los primeros jesuitas en sus colegios juntaban la catequesis cristiana con la enseñanza de las Humanidades, el arte y el teatro, para que sus alumnos se hicieran versados tanto en la fe como en la cultura europea. Es también lo que, fuera de Europa, los impulsó a profesar un profundo respeto por las culturas indígenas, a componer diccionarios y gramáticas de lenguas autóctonas y a ser pioneros en el estudio de los pueblos con los que trabajaban y a los que trataban de comprender.

11. Mediando entre culturas tradicionales y modernidad. Pero mucho más en nuestros días, cuando la calidad humana de tantas culturas indígenas se ve amenazada por fuerzas poderosas pero menos benignas, queremos recuperar el respeto por la cultura que caracterizó a los mejores de nuestros antecesores. En todo el mundo encontramos jesuitas que trabajan con un gran número de grupos étnicos, tribus y países de culturas tradicionales. Estos pueblos poseen un precioso patrimonio de cultura, religión y sabiduría ancestral que ha configurado la identidad de sus poblaciones. Estos pueblos están ahora luchando por afirmar su identidad cultural al tiempo que incorporan elementos de la cultura moderna y global. Tenemos que hacer todo lo posible para que esta relación entre culturas tradicionales y modernidad se convierta no en imposición sino en auténtico diálogo intercultural. Este sería un signo de liberación para ambas partes. Nuestra intuición es que el Evangelio sintoniza con todo lo que hay de bueno en cada cultura.

12. Reconocemos nuestros errores. Al mismo tiempo, reconocemos que no siempre nos hemos dejado guiar por esta intuición. No siempre hemos reconocido que ni la agresión ni la coerción tienen puesto en la proclamación del Evangelio de la libertad, especialmente en culturas vulnerables a la manipulación por fuerzas más poderosas. Reconocemos, en particular, que:

- Con frecuencia hemos contribuido a la alienación de los mismos a quienes deseábamos servir.

- Con frecuencia los evangelizadores jesuitas no se han insertado en el corazón de la cultura, sino que han permanecido como presencia extranjera.

- No hemos descubierto en nuestra misión los tesoros de la humanidad: los valores, profundidad y transcendencia de otras culturas que demuestran la acción del Espíritu.

- A veces nos hemos puesto de parte de la "cultura superior" de la élite en una situación concreta: haciendo caso omiso de las culturas de los pobres, y a veces, debido a nuestra pasividad, permitiendo que las culturas o comunidades indígenas fueran destruidas.

Reconocemos estos errores y tratamos ahora de aprovechar la diversidad y complejidad cultural existente hoy en el cuerpo apostólico de la Compañía. Reconocemos que el proceso de inculturación es difícil pero va adelante.

13. Diálogo del Evangelio con lo positivo y negativo de las culturas. Como la mayoría trabajamos dentro de nuestras propias culturas, queremos, en servicio de la fe, entablar diálogo con nuestro propio mundo cultural, dar testimonio del Espíritu creativo y profético, y hacer así posible que el Evangelio enriquezca esas culturas y sea a su vez enriquecido por su presencia inculturada en diferentes contextos. Procuramos comprender la realidad de la experiencia de las personas, porque sólo entonces puede conectar con sus vidas la proclamación del Evangelio. Llevamos al Evangelio a un diálogo abierto con los elementos positivos y negativos que ofrecen esas culturas. De esta manera, el Evangelio aparece a una luz nueva: es enriquecido, renovado y aun transformado por lo que estas culturas aportan al mismo. El Padre Pedro Arrupe llamó la atención sobre de la importancia de la inculturación para la misión actual del jesuita:

"Inculturación es la encarnación de la vida y mensaje cristianos en un área cultural concreto, de tal manera que esa experiencia no sólo llegue a expresarse con los elementos propios de la cultura en cuestión (lo que no sería más que una superficial adaptación), sino que se convierta en el principio inspirador, normativo y unificador que transforme y re-cree esa cultura, originando así 'una nueva creación'.

Diálogo de Dios con el mundo

14. Iniciado en la creación. El Evangelio, palabra profética de Dios, continúa el diálogo comenzado por Dios con todos los hombres y mujeres, que participan ya en el misterio de unidad iniciado en la creación. Los lleva explícitamente al contacto con su misterio de salvación. "Mediante la acción invisible del Espíritu de Cristo", Dios abre sus corazones al misterio de la plenitud que aguarda a la familia humana como su destino propio.

15. El misterio pascual es ofrecido a todos. Como discípulos del Señor Resucitado, creemos que su Misterio Pascual ilumina toda la historia humana, alcanzando a todos, a toda religión y a toda cultura, incluso a los que no creen en El y aun a los que no encuentran posible, en conciencia, creer en él. El Misterio Pascual, declara Gaudium et Spes,

"es válido no sólo para los que creen en Cristo, sino para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible. Puesto que Cristo murió por todos y la vocación del hombre es una misma, es decir, la divina, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a su Misterio Pascual".

16. El Resucitado actúa en todas las dimensiones de la historia. El cómo de esta asociación, sólo Dios lo conoce; el hecho de la misma lo cree la Iglesia, movida por Dios. Cristo Resucitado está actuando constantemente en todas las dimensiones de la historia humana, en su diversidad de culturas y de experiencias espirituales. Como es una la bondad que subyace a la obra creadora de Dios, así también, en la obra redentora de Cristo, una misma hebra de gracia atraviesa la creación recomponiendo su ruptura.

17. Mediante el diálogo, colaboramos con lo que está obrando Dios. Un medio para colaborar con Dios en su misterio de salvación es el diálogo, conversación espiritual entre iguales que les lleva a descubrir el núcleo de su propia identidad. El diálogo nos pone en contacto con la acción de Dios en las vidas de otros hombres y mujeres y hace más profundo nuestro sentido de esta acción divina: "Por medio del diálogo permitimos que Dios se haga presente en medio de nosotros, ya que al abrirnos unos a otros en diálogo, nos abrimos también a Dios". Intentamos hacer posible que la otra parte tome conciencia de la presencia de Dios en su cultura y le ayudamos a que, a su vez, evangelice a otros. El ministerio del diálogo supone la conciencia de que la acción de Dios precede a la nuestra. No plantamos la semilla de su presencia porque ya lo ha hecho él en la cultura y está haciendo que fructifique, abrazando toda la diversidad de la creación. Nuestro papel es colaborar con esta actividad de Dios.

18. La obra silenciosa del Espíritu. La mano de Dios en la variada historia humana se echa de ver en ella en el largo proceso -incompleto aún- del crecimiento humano, expresado en formas religiosas, sociales, morales y culturales que llevan el sello de la obra silenciosa del Espíritu. En las categorías mentales, en los hábitos del corazón, en las metáforas-raíces y valores de todas las culturas; e incluso, podríamos decir, en el mismo proceso por el que nuestros cuerpos se hacen capaces de una experiencia espiritual intensa, Dios está preparando en sus criaturas las condiciones para un reconocimiento amoroso de su verdad, disponiéndolas para la transformación prometida en Cristo. "Todos están llamados a un destino común, que es la plenitud de vida en Dios".

Nuestra misión y la cultura crítica posmoderna

19. Un diálogo particularmente difícil. Lo dicho vale aun para las culturas cuyos exponentes consideran que el cristianismo y todo compromiso religioso están superados, lo cual dificulta particularmente el diálogo. Merecen atención especial por su influjo en todo el mundo. Algunas culturas contemporáneas tienden a reducir la fe religiosa al recinto de lo privado y personal y hasta la consideran como algo extraño y excéntrico, hasta el punto de hacer difícil que el Evangelio "anime, dirija y unifique" la cultura secular contemporánea. Hemos de reconocer que, para muchos contemporáneos nuestros, ni la fe cristiana ni cualquier otra creencia religiosa es buena para la humanidad.

20. Esa dificultad nos atañe. Huelga desarrollar aquí los problemas que conlleva el trabajo en estos contextos, porque la frontera entre el Evangelio y el mundo moderno o posmoderno pasa por el corazón de cada uno de nosotros. Todo jesuita encuentra primero en sí mismo el impulso a la increencia; sólo cuando nos enfrentamos con esa dimensión en nosotros mismos podemos hablar a otros de la realidad de Dios. Además, no podemos hablar a otros si el lenguaje religioso que usamos les es totalmente extraño: la teología que usamos en nuestro apostolado no puede ignorar el panorama de las cuestiones críticas modernas en cuyo ámbito vivimos. Sólo cuando entendemos nuestra propia experiencia e idea de Dios, podemos hablar de manera que el agnosticismo contemporáneo entienda lo que decimos.

21. La experiencia del "silencio de Dios" es parte de la experiencia cristiana. Este trabajo apostólico no debería perder nunca de vista la tradición mística cristiana que trata repetidamente de la experiencia de Dios sin imágenes y sin palabras, más allá de todo concepto humano. Si comprehendis non est Deus, decía S. Agustín. Puede que muchos contemporáneos partan de la experiencia del silencio que rodea la naturaleza de Dios, pero esa experiencia se encuentra también en el fondo de la experiencia y fe cristianas. La cultura posmoderna hace una fragmentación de la fe cristiana en Dios al desgajar la espiritualidad humana de una expresión explícitamente religiosa. No es que la vida espiritual haya muerto; es que simplemente se desarrolla fuera de la Iglesia. La cultura 'poscristiana' da testimonio, de modo extraño e implícito, de la reverencia debida al Dios que la mente humana no puede imaginar sin destruir el misterio divino; se refiere al significado cristiano del "Padre". También trata de encontrar sentido en el ámbito de la propia estructura de la experiencia humana y corporal, que está relacionada con la creencia cristiana de que el 'significado' del mundo (el "Logos") se nos da a conocer en la humanidad de Jesús. La preocupación por el medio ambiente expresa un deseo profundo de respetar el orden natural como lugar de una presencia inmanente, pero trascendente; está relacionada con lo que los cristianos llamamos el "Espíritu".

22. Ni secularizar, ni diluir el Evangelio. Una evangelización inculturada en contextos 'poscristianos' no tiene por objeto secularizar o diluir el Evangelio acomodándolo al horizonte de la modernidad, sino introducir la posibilidad y realidad de Dios a través del testimonio y del diálogo. Tenemos que reconocer que, hoy día, la humanidad puede encontrar en la ciencia muchas respuestas que nuestros antepasados buscaban en la religión. En un contexto predominantemente secular, nuestra fe y nuestra interpretación de la fe se han liberado de complicaciones culturales contingentes y, como resultado, se han purificado y profundizado.

23. Un diálogo en pie de igualdad. El único punto de partida válido es un intento sincero, basado en el respeto y la amistad, de trabajar desde dentro de la experiencia compartida de cristianos e increyentes en una cultura secular y crítica. Nuestro apostolado con ateos y agnósticos o es un encuentro de partes iguales que dialogan sobre problemas comunes, o será huero. Este diálogo deberá basarse en un compartir la vida: compartir un compromiso de acción en favor de la liberación y derechos humanos; compartir valores y compartir la experiencia humana. El diálogo puede ser un medio para lanzar un reto a la cultura moderna y posmoderna a que se abran a ideas y experiencias que, aunque arraigadas en la historia, les son nuevas. Al mismo tiempo, si se desarrolla teniendo en cuenta la cultura crítica contemporánea, la teología puede ayudar a descubrir los límites de la inmanencia y la necesidad humana de la transcendencia.

24. Ayudar a descubrir las consecuencias sociales del pecado. Es preciso reconocer que el Evangelio provoca siempre resistencia; desafía a la persona y exige una conversión de la mente, el corazón y la conducta. No es difícil observar que una cultura modernista, científico-tecnológica, con harta frecuencia unilateralmente racionalista y secular, puede ser destructiva de los valores humanos y espirituales. Como Ignacio nos previene en la meditación de las Dos Banderas, la llamada de Cristo va siempre en contra de los valores que rechazan la trascendencia espiritual y fomentan un tipo de vida centrada en sí mismo. El pecado siempre tiene consecuencias sociales, como las tiene el contratestimonio de la gracia: a menos que la vida cristiana se diferencie claramente de los valores de la cultura de la modernidad, no tendrá nada especial que ofrecer. Una de las mayores aportaciones que podemos hacer a la cultura crítica contemporánea es mostrar que la injusticia estructural del mundo tiene sus raíces en el sistema de valores de una poderosa cultura moderna que está teniendo impacto mundial.

Cambio y esperanza

25. La calidad de nuestra inculturación. Por tradición, la Compañía se ha interesado por la transformación de la cultura humana, de la fase en que el ser humano comienza a remodelar sus relaciones sociales, su patrimonio cultural, sus proyectos intelectuales, sus perspectivas críticas sobre la religión, la verdad y la moralidad, toda su interpretación científica y tecnológica de sí mismo y del mundo en que vive. Nos comprometemos a acompañar a cuantos, en contextos diferentes y a una con su cultura, están realizando transiciones difíciles. Nos comprometemos a desarrollar la dimensión de una evangelización inculturada dentro de nuestra misión de servicio a la fe y de promoción de la justicia.

26.Empeñados en la salvación de la "ciudad". "Ignacio tenía preferencia por las grandes ciudades" porque veía en ellas el lugar donde se fraguaba la transformación de la comunidad humana y quería que sus hombres estuvieran comprometidos en este proceso. La 'ciudad' puede simbolizar nuestros esfuerzos para llevar a cumplimiento la cultura humana. Nadie duda que el proyecto, en su forma actual, tiene serios defectos y por eso lo miramos con más escepticismo que hace treinta años; todos ven que ha habido dislocaciones y desigualdades masivas; nadie negará que los experimentos totalitarios de este siglo han sido brutales y casi demoníacos en su intensidad; y es igualmente evidente que a veces se parecen a la Babel y Babilonia de la Biblia. Pero nuestro objetivo es el intento, confuso pero ineludible, de cooperar en el alumbramiento de una comunidad feliz que, según el Apocalipsis, Dios llevará a cumplimiento (y es seguro que lo hará) en la forma de la ciudad santa, la radiante Nueva Jerusalén: "Las naciones se pasearán a su luz y los reyes de la tierra llevarán a ella su esplendor y sus puertas no se cerrarán con el día, porque allí no habrá noche. Llevarán a ella el esplendor y la riqueza de las naciones" (Ap. 21, 24-26). Hasta aquel día nuestra vocación es trabajar generosamente con el Cristo Resucitado en esta pobre ciudad humana donde hay pobreza material y espiritual, dominio y control, manipulación de mente y corazón, y servir en ella al Señor hasta que vuelva para llevar a perfección el mundo donde murió.

Perspectivas

27.1 Los cambios culturales son lentos. Hemos de reconocer que lograr una evangelización plenamente inculturada en la vida de un pueblo es cosa compleja; aunque ejerzamos nuestros ministerios con la conciencia de su dimensión cultural, la inculturación del Evangelio puede ser lenta simplemente porque los cambios culturales son lentos.

27.2 Respetar la autoafirmación de las diversas culturas. Hemos de reconocer que nuestro mundo es cada vez más consciente de los derechos de las culturas y de su diversidad y que cada grupo cultural propugna con razón las peculiaridades de su patrimonio. Hemos de respetar esas diversas culturas en su autoafirmación y colaborar creativamente con ellas.

27.3 Dios está ya presente en cada cultura. Debemos reconocer en todos nuestros ministerios que la acción salvífica de la revelación de Dios está ya presente en cada cultura y que Dios la llevará a su plenitud.

27.4 Evangelizamos a las personas en su cultura respectiva. Es bueno recordar que no evangelizamos directamente las culturas; evangelizamos a las personas en su cultura respectiva. Sea que trabajemos en nuestra propia cultura o en una cultura ajena, como servidores del Evangelio que somos no hemos de imponer nuestros esquemas culturales, sino testimoniar la creatividad del Espíritu, que actúa también en los demás. En definitiva, las personas de cada cultura son las que arraigan la Iglesia y el Evangelio en sus vidas.

27.5 Reconocer las minorías culturales. Todos debemos reconocer que toda gran cultura abarca una gama de culturas y subculturas étnicas nuevas con harta frecuencia ignoradas.

27.6 La inculturación, tarea en todos los contextos. La llamada a una evangelización inculturada no es simplemente para los que trabajan fuera de su país de origen. Nuestras obras se desarrollan todas en un contexto cultural concreto, con rasgos positivos y negativos que deben ser tocados por el Evangelio.

27.7 Atención a aquéllos a quienes el Evangelio no dice nada. Hemos de escuchar atentamente a los que nos dicen que el Evangelio no les dice nada, y tratar de comprender la experiencia cultural que se esconde en lo que dicen. Lo que hacemos y decimos, ¿corresponde a las necesidades reales y urgentes de los que nos rodean en sus relaciones con Dios y con los demás? Si la respuesta es "no", quiere decirse que no estamos comprometidos a fondo con la vida de las personas que servimos.

Orientaciones

28. Sugerimos las siguientes propuestas para que la Compañía pueda avanzar en el camino de la inculturación.

28.1. La cultura de los pobres. Nuestra opción por los pobres debe también extenderse a sus culturas y valores, a menudo enraizados en una tradición rica y fructífera. Esto permitirá un respeto creativo y mutuo dentro de las sociedades y la promoción de un ambiente cultural y religioso más fecundo.

28.2. Un estilo de vida creíble. El estilo de vida de nuestras comunidades debe ser un testimonio creíble de los valores contraculturales del Evangelio, de manera que nuestro servicio de la fe pueda transformar efectivamente los patrones de la cultura local.

28.3. Transformación cultural del orden social injusto. Nuestro compromiso por la justicia social y por un constante desarrollo humano debe concentrarse en la transformación de los valores culturales que mantienen un orden social represivo e injusto.

(...)

28.5. Inculturación integrada en la renovación apostólica. La dinámica de la inculturación debe integrarse con la renovación apostólica de la Compañía y de sus colaboradores. Esto es esencial para lograr nuestra conversión del corazón y para redescubrir la vitalidad del Evangelio en su diálogo con la cultura.

28.6. La cultura diferente hará más universal nuestra visión. La experiencia de una cultura diferente a la propia debe ayudarnos a tener una visión más abierta a lo universal y más objetiva respecto a la cultura de origen.

28.7. Importancia de las obras educativas para las diversas clases de inculturación. Nuestras obras educativas, en particular, deben jugar un papel crucial para engarzar la fe cristiana en los puntos nucleares de las culturas contemporáneas y tradicionales.

28.8. Favorecer la Iglesia local auténtica y una espiritualidad autónoma. Debemos comprometernos en los caminos que llevan a la creación de Iglesias locales auténticas que puedan contribuir a la riqueza de la comunión universal de la Iglesia de Cristo. También debemos buscar la manera de crear una teología, liturgia y espiritualidad autóctonas y promover el derecho y libertad de los pueblos a encontrar el Evangelio sin convertirse en extraños a su propia cultura.

28.9. Ventajas de la Compañia para el diálogo intercultural. Como cuerpo apostólico internacional, la Compañía se halla singularmente dotada para beneficiarse de una serie de experiencias culturales en sus ministerios y para promover un diálogo intercultural que contribuya a la misión de la Iglesia, en servicio del plan divino de reunir a todos los pueblos en la comunión del Reino de Dios (Ef. 1,10; II Cor. 5,19)

Decreto 5

NUESTRA MISIÓN Y EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

presentación

Siguiendo la línea abierta por el Vaticano II, el Papa Juan Pablo II, ha invitado a los jesuitas a cultivar, entre las opciones apostólicas prioritarias, las relaciones con las otras religiones .

Ideas más importantes de este decreto :

1. Invitándonos a mirar el mundo con los ojos de Dios, a la manera de la contemplación ignaciana de la Encarnación, teniendo en cuenta la gran diversidad humana, el decreto alienta a asumir positivamente el desafío de la pluralidad de religiones, dejando atrás prejuicios y malentendidos históricos, orientandonos por los caminos del diálogo y la colaboración, con vistas a promover la experiencia de Dios , juntamente con la paz, la justicia, los derechos humanos y el respeto entre todos .

2. Presenta la doctrina de la Iglesia acerca del diálogo interreligioso. El Concilio Vaticano II, en la Declaración "Nostra Aetate", exhortó a fomentar el diálogo y la colaboración, desde el reconocimiento de los valores morales y espirituales existentes en las otras religiones. Las iniciativas y documentos de los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y del Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso han seguido guiando a la Iglesia en este camino. La experiencia y la tradición apostólica de la Compañía de Jesús la empuja a profundizarla.

3. Los jesuitas asumen, por tanto, los cuatro campos de diálogo recomendados por la Iglesia : "el diálogo de la vida" (espíritu de apertura y buena vecindad); - "el diálogo de la acción" (colaboración con vistas al desarrollo integral y la libertad); -"el diálogo de la experiencia religiosa" (intercambio de las riquezas espirituales de las tradiciones respectivas); - "el diálogo del intercambio teológico" (diálogo teológico de los especialistas).

4. Explica la íntima relación entre el diálogo interreligioso y la misión de la Compañía reformulada como "servicio a la fe y promoción de la justicia". El diálogo y el anuncio evangélico, sin confundirse, se implican recíprocamente y se integran en nuestra misión unitaria. Dada la dimensión global de los problemas de la justicia, las diversas religiones tienen un campo común de colaboración de cara a la liberación integral del hombre, especialmente del pobre .

5. Orientaciones prácticas. Pese a la diversidad de situaciones y culturas, se proponen algunas líneas de acción, partiendo de nuestra espiritualidad, que debe caracterizarse por un "profundo respeto por todo lo ya realizado en el ser humano por el Espíritu que sopla donde quiere"(RM, 50). La espiritualidad ignaciana ofrece una ancha y sólida base para ello .

6. Se atiende a las cuatro religiones más importantes como "situaciones especiales" : el pueblo judío, el islam, los hindúes y el budismo, aludiéndose también al fenómeno actual del integrismo .

decreto

SUMARIO : Introducción (1-2): Variedad religiosa de la humanidad actual. ¿Qué significado tiene para nuestra misión? (1). Superar prejuicios (2). La Iglesia y el diálogo interreligioso (3-4): Motivaciones para el diálogo y la colaboración (3). Las cuatro dimensiones del diálogo (4). La Compañía y el diálogo interreligioso (5-8): Nuestra experiencia y la doctrina de la Iglesia (5). Universalidad de la Palabra y el Espíritu de Dios (6). Diálogo interreligioso y proclamación del Evangelio se complementan (7). Colaboración en favor de un mundo más justo (8). Pautas y directrices (9-11): No hay pauta universalmente válida (9). Respeto a lo ya realizado por el Espíritu (9.1). Un sólido conocimiento de nuestra identidad cristiana (9.2). Consolidar la dimensión mística de la fe cristiana (9.3). Sensibilidad para las otras mediaciones y los "signos de los tiempos" (9.4). Significado del "acontecimiento-Cristo" en la evolución espiritual de la humanidad (9.5). Cooperar en la creación de comunidades de base (9.6). Proyectos comunes en favor de un orden social justo (9.7). Educar en el respeto a la visión de fe distinta (9.8). Preparar a la comunidades cristianas para el diálogo (9.9). Más compañeros para el diálogo interreligioso (10). Doble responsabilidad de los expertos (11). Situaciones especiales (12-16): El diálogo con el pueblo judio (12). El diálogo con los musulmanes (13). El diálogo con los hindúes (14). El diálogo con el budismo (15). Análisis y tratamiento del fundamentalismo (16). Conclusión: La cultura del diálogo y la tradición ignaciana (17).

Introducción

1. Variedad religiosa de la humanidad actual. ¿Qué significado tiene para nuestra misión? Si, como Ignacio, nos ponemos a contemplar la tierra junto con la Trinidad en este umbral del tercer milenio del cristianismo, ¿qué es lo que vemos? Más de cinco mil millones de seres humanos: unos varones, otros mujeres; unos ricos, muchos más pobres; unos amarillos, otros cobrizos, negros, blancos; unos en paz, otros en guerra; unos cristianos (1950 millones), otros musulmanes (1000 millones), hindúes (777 millones), budistas (341 millones), miembros de nuevos movimientos religiosos (128 millones), creyentes de religiones indígenas (99 millones), judíos (14 millones), sin religión alguna (1100 millones). ¿Qué significado tiene y qué oportunidad ofrece para nuestra vida y nuestra misión evangelizadora esta abundante pluralidad étnica, cultural y religiosa que caracteriza este mundo de Dios? ¿Y cómo hemos de responder al racismo, a los prejuicios culturales, al fundamentalismo e intolerancia religiosa que tan profundamente marcan el mundo de hoy?

2. Superar prejuicios. La CG 34 anima a todos los miembros de la Compañía a superar prejuicios y malentendidos históricos, culturales, sociales o teológicos, y a cooperar sinceramente con todos los hombres y mujeres de buena voluntad empeñados en promover la paz, la justicia, la armonía, los derechos humanos y el respeto a la creación. Esto ha de hacerse especialmente a través del diálogo con personas motivadas por su compromiso religioso o que tienen un sentido de la transcendencia que les abre a los valores universales.

La Iglesia y el diálogo interreligioso

3. Motivaciones para el diálogo y la colaboración. El Concilio Vaticano II ha exhortado a todos los católicos al diálogo para que "reconozcan, guarden y promuevan los bienes espirituales y morales existentes en otras religiones, así como sus valores socioculturales", en orden a "colaborar con ellos en la búsqueda de un mundo de paz, libertad, justicia social y valores morales". El Santo Padre ha pedido reiteradamente a la Compañía hacer del diálogo interreligioso una prioridad apostólica para el tercer milenio. En un mundo en que los católicos apenas suponen un 20% de la población, es indispensable colaborar con otros en el logro de objetivos comunes. En el contexto del papel de división, explotación y conflicto que las religiones, incluida la cristiana, han desempeñado en la historia, el diálogo pretende fomentar el potencial unificador y liberador de toda religión, mostrando así la importancia de la religión para el bienestar humano, la justicia y la paz mundial. Ante todo necesitamos relacionarnos positivamente con los creyentes de otras religiones porque son nuestros prójimos; los elementos comunes de nuestras herencias religiosas y de nuestras preocupaciones humanas nos fuerzan a estrechar nuestros vínculos basándolos en valores éticos universalmente aceptados. El diálogo "es una actividad con motivaciones, exigencias y dignidad propias" y jamás debería tomarse como estrategia para conseguir conversiones". Ser religioso hoy equivale a ser interreligioso en el sentido de que, en un mundo de pluralismo religioso, la relación positiva con los creyentes de otras religiones es una exigencia.

4. Las cuatro dimensiones del diálogo. La Compañía debe promover el cuádruple diálogo recomendado por la Iglesia:

"a. El diálogo de la vida, en el que las personas se esfuerzan por vivir en un espíritu de apertura y de buena vecindad, compartiendo sus alegrías y penas, sus problemas y preocupaciones humanas.

b. El diálogo de la acción, en el que los cristianos y las restantes personas colaboran con vistas al desarrollo integral y la libertad de la gente.

c. El diálogo de la experiencia religiosa, en el que las personas, enraizadas en sus propias tradiciones religiosas, comparten sus riquezas espirituales, por ejemplo en lo que se refiere a la oración y la contemplación, la fe y las vías de búsqueda de Dios y del Absoluto.

d. El diálogo del intercambio teológico, en el que los expertos tratan de entender más profundamente sus respectivas herencias religiosas y apreciar sus respectivos valores espirituales".

Este diálogo del intercambio teológico puede llevarse a cabo fácilmente con las religiones que poseen tradición escrita. Sin embargo, es igualmente importante el diálogo con las religiones indígenas. Estas religiones expresan un sentido de la divinidad y de la trascendencia al que "hay que acercarse con gran sensibilidad, puesto que contienen valores espirituales y humanos"; juegan un papel importante en lo referente a la armonía ecológica y la igualdad humana, y han desarrollado una gran variedad de expresiones y vías de comunicación de la experiencia religiosa mediante prácticas piadosas, ritos, danzas y cantos, que son una auténtica fuente de gracias.

La Compañía y el diálogo interreligioso

5. Nuestra experiencia y la doctrina de la Iglesia. Nuestra experiencia en el servicio de la fe y la promoción de la justicia a lo largo de los últimos veinte años ha llevado a muchos de nosotros a estrechar sus contactos con creyentes de otras religiones. Ello nos ha ayudado a respetar la pluralidad de religiones como respuesta humana a la obra salvífica de Dios en pueblos y culturas. Comprobamos que Dios, que quiere que todos los hombres se salven, guía a los creyentes de todas las religiones a la armonía del Reino de Dios por caminos sólo por El conocidos. El Espíritu de Dios se mantiene en continuo diálogo con ellos. "El diálogo interreligioso, a su más profundo nivel, es siempre un diálogo de salvación, porque busca descubrir, aclarar y comprender mejor los signos del perenne diálogo que mantiene Dios con la Humanidad". Un diálogo interreligioso abierto y sincero es nuestra cooperación al diálogo entablado por Dios con la humanidad. "Por el diálogo hacemos a Dios presente entre nosotros; cuando nos abrimos al diálogo con otros, nos abrimos nosotros mismos a Dios". El diálogo interreligioso es, por tanto, "una tarea querida por Dios", "un elemento integral de la misión evangelizadora de la Iglesia", que se expresa en el servicio de la fe y la promoción de la justicia.

6. Universalidad de la Palabra y el Espíritu de Dios. Nuestro servicio de la fe incide hoy en un mundo que comienza a tener una mayor conciencia de la pluralidad de experiencias espirituales de las distintas religiones. El diálogo nos ayuda a reconocer que la Palabra de Dios se ha comunicado a esas religiones y que el Espíritu de Dios está presente en ellas con su presencia salvífica. En la comunión eclesial experimentamos en Jesucristo la revelación, singularmente concreta, de la Palabra divina y la efusión del Espíritu divino con su significado universal. Con convicción y cariño compartimos esta experiencia con nuestros hermanos y hermanas de otras religiones, porque "todos somos peregrinos en camino hacia el encuentro de Dios en el corazón humano".

7. Diálogo interreligioso y proclamación del Evangelio se complementan. Diálogo interreligioso y proclamación del Evangelio no son actividades opuestas, como si una pudiera sustituir a la otra. Ambas son facetas de una única misión evangelizadora de la Iglesia. "Conviene que estos dos elementos mantengan su vinculación íntima y, al mismo tiempo, su distinción, por lo cual no deben ser confundidos ni instrumentalizados, ni tampoco considerados equivalentes como si fueran intercambiables". El diálogo tiende la mano al misterio de Dios activo en los otros. La proclamación testimonia y hace conocer el misterio de Dios tal como se nos ha revelado en Cristo. Nuestro encuentro espiritual con los creyentes de otras religiones nos ayuda a descubrir dimensiones más hondas en nuestra fe cristiana y horizontes más amplios en la presencia salvífica de Dios en el mundo. "El diálogo es una nueva manera de ser Iglesia". Mediante la proclamación, otros encuentran al Dios compasivo en la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, cuyo Espíritu da a luz una nueva creación en todas las esferas de la vida. Sin relativizar en modo alguno nuestra fe en Cristo Jesús ni prescindir de una evaluación crítica de las experiencias religiosas, se nos invita a comprender más profundamente la verdad y el significado del misterio de Cristo en relación con la historia universal de la auto-revelación de Dios. "El mismo Espíritu que ha actuado en la encarnación, vida, muerte y resurreción de Jesús y en la Iglesia, es el que actuó entre todos los pueblos antes de la encarnación y sigue actuando hoy entre las naciones, las religiones y los pueblos".

8. Colaboración en favor de un mundo más justo. Nuestro compromiso con la promoción de la justicia se realiza en un mundo en el que los problemas de la injusticia, explotación y destrucción del medio ambiente han adquirido dimensiones globales. También las religiones han sido responsables de esos aspectos pecaminosos. De ahí que nuestro compromiso por la justicia y la paz, los derechos humanos y la protección del medio ambiente haya de emprenderse en colaboración con los creyentes de otras religiones. Creemos que estas religiones cuentan con un potencial liberador capaz de crear, mediante la colaboración interreligiosa, un mundo más humano. Mediante tal colaboración, el Espíritu Santo triunfa sobre las estructuras de pecado y recrea el rostro del mundo hasta que Dios sea todo en todos. Jesús siempre enfocó en primer plano a la persona humana como centro de la fe y praxis religiosas. De ahí que el compromiso en pro de la liberación integral humana, especialmente del pobre, resulte punto de encuentro de las religiones. "Los cristianos se aunarán con todos los hombres y mujeres de buena voluntad y trabajarán juntos para dar a luz una sociedad más justa y pacífica en la que los pobres sean los primeros en ser servidos".

Pautas y directrices

9. No hay pauta universalmente válida. Aunque el diálogo interreligioso es un elemento integral de la misión de la Compañía, sus formas prácticas dependen de las situaciones concretas de nuestra vida y trabajo. Las religiones indígenas y las grandes religiones mundiales, los nuevos movimientos religiosos y los grupos fundamentalistas nos invitan a un diálogo que corresponda a las peculiares perspectivas y retos de cada uno de ellos. De ahí que no pueda darse una pauta universalmente válida para el diálogo como tal. Lo importante es abrirse más y más al Espíritu divino para poder caminar con los demás en una "marcha fraternal, en la que avanzamos en mutua compañía hacia la meta que Dios nos ha señalado". Las directrices siguientes ofrecen una orientación para el desarrollo de la cultura de diálogo en nuestra vida y apostolado.

9.1 Respeto a lo ya realizado por el Espíritu. Nuestra espiritualidad debe caracterizarse por un "profundo respeto hacia todo lo que en el hombre ha obrado el Espíritu, que sopla donde quiere". Por lo tanto debemos permanecer alerta a la búsqueda global de la experiencia contemplativa de lo divino y tener compasión por el pobre que busca justicia y libertad. Procuraremos enriquecernos con las experiencias espirituales y valores éticos, perspectivas teológicas y expresiones simbólicas de otras religiones.

9.2 Un sólido conocimiento de nuestra identidad cristiana. El diálogo auténtico con los creyentes de otras religiones requiere que profundicemos nuestra propia fe y misión cristianas, dado que el diálogo real sólo puede tener lugar entre interlocutores enraizados en su propia identidad. Esta es una razón más por la que necesitamos una sólida formación filosófica y teológica, especialmente centrada en la persona y misterio de Cristo Jesús. La CG 34 insta a todos al estudio atento de los decretos del Concilio Vaticano II, los documentos papales y las orientaciones de las Conferencias episcopales sobre el valor y la necesidad del diálogo interreligioso.

9.3 Consolidar la dimensión mística de la fe cristiana. Nuestra formación debe ofrecer un mayor acercamiento a las creencias y prácticas de otras religiones mediante cursos especiales y una inserción real en un medio plural. Conscientes de que el alma de toda religión verdadera estriba en su capacidad para llevar a una experiencia espiritual más auténtica y honda, debemos consolidar la dimensión mística de la fe cristiana y la espiritualidad jesuítica en el encuentro de otras tradiciones espirituales.

9.4 Sensibilidad para las otras mediaciones y los "signos de los tiempos". Nuestra proclamación del Evangelio debe ser sensible al transfondo religioso y cultural de aquéllos a quienes se dirige, y atenta "a los signos de los tiempos a través de los cuales el Espíritu de Dios habla, instruye y guía".

9.5 Significado del "acontecimiento-Cristo" en la evolución espiritual de la humanidad. La reflexión teológica debe insistir en "el significado de las diferentes tradiciones religiosas en el designio de Dios y en la experiencia de quienes hallan en ellas su alimento espiritual". Debe explorar el significado del acontecimiento-Cristo en el contexto de la evolución espiritual de la humanidad, articulada en la historia de las religiones.

9.6 Cooperar en la creación de comunidades de base. Nuestro compromiso por la justicia exige que compartamos la vida y esfuerzo de los pobres y cooperemos con los creyentes de otras religiones en la creación de comunidades de base fundadas en la confianza y el amor. En la acción social debemos colaborar gustosamente con ellos en la denuncia profética de las estructuras de injusticia y en la creación de un mundo de justicia, paz y armonía.

9.7 Proyectos comunes en favor de un orden social justo. Nuestros centros sociales y culturales han de detectar y promover las dinámicas liberadoras de las religiones y culturas locales e iniciar proyectos comunes para la edificación de un orden social justo.

9.8 Educar en el respeto a la visión de fe distinta. Nuestras instituciones educativas deben concienciar a sus alumnos acerca del valor de la colaboración interreligiosa e inculcar en ellos la comprensión básica de y respeto por la visión de fe de los miembros de las diversas comunidades religiosas locales, al mismo tiempo que profundizan su propia respuesta de fe ante Dios.

9.9 Preparar a la comunidades cristianas para el diálogo. El servicio pastoral ha de preparar a nuestras comunidades cristianas para el diálogo. Debemos interesarnos por los de más allá de los confines de la propia comunidad cristiana y ayudarles a experimentar el amor compasivo de Dios en su propia vida. "Todos somos hijos de Dios y debemos trabajar unidos armónicamente para beneficio mutuo de todos". La Iglesia es una "comunidad en peregrinación que camina con personas de otras creencias hacia el Reino que ha de venir". En este camino se la llama a ser voz de los sin voz, en particular de los jóvenes, las mujeres y los pobres.

10. Más compañeros para el diálogo interreligioso. Algunos jesuitas están ya listos para abordar el cuarto aspecto y activamente comprometidos en el diálogo entre especialistas en tradiciones religiosas. Su experiencia ha sido gratificante y fecunda. Su fe se ha hecho más profunda, la han compartido con otros, y su respeto por la espiritualidad de otras religiones ha crecido. Pero dada la tarea que resta por hacer, su número es insuficiente.

11. Doble responsabilidad de los expertos. La CG 34 anima a cada Asistencia a preparar jesuitas capaces de llegar a ser especialistas en este cuarto aspecto del diálogo interreligioso. Puesto que este diálogo está comenzando a tener proyección mundial, la planificación debe incluir intercambio interprovincial e internacional de personas y realizarse en colaboración con otros grupos. Los jesuitas comprometidos en este aspecto del diálogo interreligioso tienen una responsabilidad bidireccional: 1) entablar un diálogo honesto y respetuoso con los especialistas de otras tradiciones religiosas, y 2) comunicar los frutos de ese diálogo a los jesuitas comprometidos en los tres primeros aspectos del diálogo en orden a ayudarlos a comprender y apreciar su urgencia. Como éste es un terreno nuevo e inexplorado, sobrevendrán sin duda malentendidos y equívocos. Una vez más debemos hacer nuestro el "prosupuesto" ignaciano: "ser más prompto a salvar la proposición del próximo que a condenarla".

Situaciones especiales

12. El diálogo con el pueblo judio. Al diálogo con el pueblo judío le corresponde un puesto de honor. La primera alianza es suya y Jesús, el Mesías, que vino a darle plenitud, "nunca la revocó". Una común historia nos une tanto como nos divide de nuestros hermanos y hermanas mayores del pueblo judío, en el cual y a través del cual Dios continúa actuando para la salvación del mundo. El diálogo con el pueblo judío nos hace más plenamente conscientes de nuestra identidad cristiana. Desde la promulgación de Nostra Aetate en 1965, la Iglesia Católica ha renovado radicalmente el diálogo judeocristiano tras siglos de polémicas y desprecio, compartidos por nuestra Compañía. Entablar una relación sincera y respetuosa con el pueblo judío es un aspecto de nuestros esfuerzos por "pensar con y en la Iglesia".

13. El diálogo con los musulmanes. El resurgir del Islam como fuerza religiosa, política y económica es una realidad de nuestro mundo, incluso en países cristianos occidentales; de hecho se ha convertido en una religión mundial. Aun cuando rivalidades, conflictos y aun guerras de antaño hayan dificultado el diálogo actual, tanto la Iglesia como la Compañía se han afanado por lanzar puentes de mutuo entendimiento entre cristianos y musulmanes. En el Concilio Vaticano II la Iglesia ha expresado su estima por los musulmanes, reconociendo valores positivos en el Islam y señalando el estrecho lazo que une a los musulmanes con la Iglesia. Las relaciones de la Compañía de Jesús con los musulmanes arrancan de Ignacio mismo, desde el momento que en Manresa descubrió su vocación como llamada para ir a Jerusalén y permanecer entre los musulmanes. La experiencia de los que se han acercado a los musulmanes con preparación, conocimiento y respeto ha demostrado con frecuencia que es de veras posible un diálogo fecundo. En algunos sitios, es verdad, han encontrado dificultades para dialogar con los musulmanes, especialmente en los estados fundados en la Ley Islámica. En tales situaciones temen posibles violaciones de los derechos religiosos e incluso de los derechos humanos fundamentales. En estos casos se necesita mucha fe, valor y apoyo del resto de la Compañía.

14. El diálogo con los hindúes. Los hindúes, en general, acogen las iniciativas cristianas de diálogo. Su triple vía de crecimiento espiritual mediante la devoción fervorosa, la meditación profunda y la acción en favor del bienestar común, ofrece una visión y modo de vida integrados. Sus profundas búsquedas filosóficas, sus percepciones místicas, sus nobles valores éticos, la herencia del ashram y el rico simbolismo de las prácticas religiosas populares, abren anchas avenidas para un diálogo fecundo. En el contexto de la discriminación social y de los movimientos restauracionistas, en parte como resultado de ideologías religiosas, la participación en el diálogo entre hindúes y cristianos resulta indispensable.

15. El diálogo con el budismo. El budismo, en sus muchas formas, es una importante religión que influye en las vidas de millones de personas de todo el mundo. Las Cuatro Nobles Verdades y la Vía Octuple de Buda ofrecen una visión de este mundo basada en su esencial insuficiencia y un camino de vida que, mediante la disciplina ética, la sabiduría y la meditación, conduce a un estado de liberación interior y de iluminación espiritual. El budismo invita a sus seguidores a una desinteresada compasión universal hacia toda criatura viva; ejerce especial atractivo entre nuestros contemporáneos que buscan una experiencia espiritual auténtica y personal. El diálogo con los budistas permite a los cristianos unirse a ellos para abordar la frustración básica hoy tan sentida y para afrontar juntos los problemas de justicia, desarrollo y paz. Además invita a los cristianos a redescubrir la riqueza contemplativa dentro de su propia tradición.

16. Análisis y tratamiento del fundamentalismo. El fenómeno del fundamentalismo religioso, presente en todas las religiones, incluida la cristiana, plantea problemas serios. Un empeño apasionado por retornar a las fuentes de cada religión, junto con la reacción contra la moderna cultura secularista, ha desatado el auge de movimientos restauracionistas. La historia de la opresión de una religión por otra dominante ha ocasionado animosidades y prejuicios que han añadido pábulo a tales movimientos. Grupos de poder político, económico, cultural o étnico, manipulan a menudo los sentimientos y estructuras religiosas en orden a salvaguardar intereses creados. Todo ello origina ideologías y movimientos fundamentalistas en el seno de las comunidades religiosas. Nuestra responsabilidad como jesuitas consiste en "comprender por qué han asumido esa peculiar opción los miembros de un movimiento restauracionista y tratar de descubrir, sin prejuicios, sus intenciones legítimas y sus sentimientos heridos". Esto puede allanar el camino para el diálogo y la reconciliación, que exigirían de nosotros la voluntad de reconocer nuestras pasadas actitudes intolerantes y nuestras injusticias para con los otros. Deberíamos emplear el discernimiento apostólico para decidir lo que hemos de hacer en tales situaciones.

Conclusión

17. Como compañeros de Jesús enviados al mundo de hoy, un mundo caracterizado por el pluralismo religioso, tenemos especial responsabilidad en la promoción del diálogo interreligioso. La visión ignaciana de la realidad proporciona inspiración espiritual y base apostólica para tan urgente tarea. Abre nuestros ojos al incomprensible misterio de la presencia salvífica de Dios (Deus semper maior) en este mundo. Nos hace sensibles al espacio sagrado del trato directo de Dios con las personas a lo largo de la historia. La contemplación de Dios "laborando en todas las cosas" nos ayuda a discernir el espíritu divino en las religiones y las culturas. La meditación del Reino nos capacita para entender la historia como la historia de Dios con nosotros. Nuestra tradición de respuesta creativa a la llamada del Espíritu en las situaciones concretas de la vida es un incentivo para desarrollar una cultura de diálogo en nuestro acercamiento a los creyentes de otras religiones. La cultura del diálogo debe llegar a ser una característica distintiva de nuestra Compañía, enviada al mundo entero para trabajar a mayor gloria de Dios en ayuda de las personas. (...)

EN LA IGLESIA



11. El sentido verdadero que en el servicio de la Iglesia debemos tener

12. Ecumenismo

13. Colaboración con los laicos en la misión

14. La Compañía y la sotuación de la mujer en la Iglesia y en la sociedad

Decreto 11

EL SENTIDO VERDADERO QUE EN EL SERVICIO DE LA IGLESIA DEBEMOS TENER

presentación

A pesar de la delicadeza y equilibrio requeridos por el tema, la Congregación lo seleccionó como uno de los prioritarios. Aun existiendo menos conflictos con la Jerarquía que en otros momentos, se percibía un distanciamiento afectivo y existencial que podía debilitar la radical convicción base de la Compañía: ser de la Iglesia, con la Iglesia y para la Iglesia". La Congregación estimó haber conjugado en la redacción del documento una actitud de sinceridad realista y de lealtad eclesial.

Estas son las principales líneas de fuerza del decreto :

1. La característica esencial de la relación entre la Compañía y la Iglesia ha sido y es, al presente, de servicio leal y consagrado, pese a algunos casos de conflicto. El mundo y la Iglesia de los tiempos de Ignacio, son muy diferentes de los actuales. Ha de mantenerse vivo, también hoy, el fuerte sentido de adhesión a la Iglesia, en el contexto de la actual sociedad relativista y en el seno de los influyentes Medios de Comunicación Social (MCS) que, no raramente, deforman la verdadera imagen de la Iglesia.

2. La fidelidad a la Iglesia no pide ser entendida como reproducción mecánica de lo que dice la Jerarquía, desvinculándose de la conciencia y responsabilidad propias. Supone la identificación con Cristo que fundó una Iglesia con hombres y mujeres reales y, por tanto, limitados. Implica atención a los signos de los tiempos, con corazón compasivo y capaz de riesgo buscando el bien mayor .

3. Si hay un tiempo para hablar, puede también haber un tiempo para callar, no por dimisión o para evitarse dificultades, sino como fruto de obediencia o como opción discernida. La obediencia ignaciana y la fidelidad a la Iglesia exigen discernimiento y oración .

4. Se pide que se fomente el diálogo con la Jerarquía y que se pongan los medios para la comprensión mútua. Nuestra colaboración con los MCS debe facilitar que aparezca la verdadera imagen de la Iglesia, inspirada por un afecto verdadero a ella.

decreto

SUMARIO : Introducción (1-4): Un compromiso y una tradición (1). Servicio bajo formas humildes y escondidas (2). Servicios que requieren libertad y valentía (3). Servicio, a veces, heroico (4). Iglesia y mundo : el nuevo contexto (5-8): En un mundo dominado por los cambios (5). En una Iglesia tensionada entra tradición y progreso (6). El Vaticano II introdujo una renovación de largo alcance (7). La corresponsabilidad fuente de tensiones creativas. Desafíos de los tiempos (9-17): Los "signos de los tiempos" presentan retos (9). Y exigen respuesta (10). Situaciones nuevas a abordar con fidelidad creativa (11). Para la credibilidad de la Iglesia en el mundo cultural contemporáneo (12). No podremos esquivar algunos conflictos eclesiales (13). La obediencia no excluye ni el discernimiento ni la representación (14). Está hecha de fidelidad concreta (15). Servicio que no se liga a un contexto del pasado (16). Como para hablar, también hay un tiempo para callar (17). La respuesta jesuítica : perspectiva contemporánea (18-22). Actualizando el voto "circa missiones" (18). Una fuerte y creativa inserción en la Iglesia de hoy (19). Entender la "mente" de la Iglesia jerárquica y articular el "sensus fidelium" (20). En toda ocasión, genuino respeto y afecto a los pastores (21). La Iglesia no puede explicarse en términos sociopolíticos (22). La respuesta jesuítica: modalidades concretas (23-26): Buscar el mensaje central de las declaraciones del Magisterio (23). Teniendo siempre en cuenta el mayor bien de toda la Iglesia (24). Defender la verdad de la Iglesia en los MCS (25). Colaborar a que la Iglesia y el Evangelio se inculturen en la "cultura de masas" (26). Conclusión : fidelidad a nuestro carisma de servicio (27-28): Servir en los "cruces de las ideologías" y en las "trincheras sociales" (27). La unión con el sucesor de Pedro, signo visible de nuestra comunión con Cristo (28).

Introducción

1. Un compromiso y una tradición. Cuando la CG 33 trató de nuestra "vida en la Iglesia", renovó el compromiso de la Compañía de "servir a la Iglesia en su doctrina, en su vida y en su culto". En su alocución al concluir la Congregación de Procuradores, el 8 de Septiembre de 1987, el Padre General Peter-Hans Kolvenbach reiteraba este compromiso. La CG 34 reafirma esta larga y permanente tradición de servicio, propio de la Compañía, servicio que abrazamos no sólo como religiosos sino, de manera especial, en virtud del cuarto voto de obediencia al Papa "circa missiones".

2. Servicio bajo formas humildes y escondidas. Nuestros sacerdotes y hermanos llevan a cabo este servicio en miles de formas, humildes y a veces escondidas, trabajando en parroquias, misiones, predicación, confesonario, talleres y editoriales, clases y laboratorios.

3. Servicios que requieren libertad y valentía. Igualmente humilde y oculto es el servicio realizado por teólogos, consultores de dicasterios de la Santa Sede, expertos de conferencias episcopales y obispos diocesanos. Esto, junto con el servicio más público de la investigación científica, la enseñanza, las conferencias y publicaciones, son trabajos intelectuales que requieren libertad, apertura y valentía en el servicio objetivo de la verdad.

4. Servicio, a veces, heroico. Nuestro servicio puede resultar un peligroso compromiso de testimonio y empeño contra las fuerzas de la injusticia y la persecución social y religiosa, un testimonio que ha sido sellado una vez más con sangre martirial. En los últimos decenios, como a lo largo de nuestra historia, el heroísmo de muchos de nuestros hermanos que han sufrido y muerto por su fidelidad a la Iglesia da testimonio claro e irrefutable de que el compromiso fundacional de la Compañía es efectivamente "servir al solo Señor y a su Esposa la Iglesia, bajo el Romano Pontífice".

Iglesia y mundo: el nuevo contexto

5. En un mundo dominado por los cambios. Hoy la Compañía presta este servicio en un mundo dominado por los cambios sociopolíticos y tecnológicos, frecuentemente de carácter revolucionario, avivados por los ideales de justicia, modernización y desarrollo. Esta dialéctica de cambio origina múltiples problemas de los que la Compañía no puede quedar inmune.

6. En una Iglesia tensionada entre tradición y progreso. A partir del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha estado empeñada en su propia dialéctica de traditio et progressio. Al tratar de responder a la llamada a una evangelización siempre antigua y siempre nueva, han surgido nuevas tensiones y conflictos. Estas tensiones atañen a diversos aspectos de la vida de la Iglesia: liturgia, doctrina, ética, disciplina, ministerio pastoral, y la inculturación en cada una de estas áreas.

7. El Vaticano II introdujo una renovación de largo alcance. El Concilio Vaticano II fue un hecho profético que produjo una renovación del catolicismo no vista desde el Concilio de Trento. Este dinamismo y creatividad eclesial evidencia que el Pueblo de Dios sigue en camino y se esfuerza bajo la guía del Espíritu Santo por vivir una eclesiología redescubierta de corresponsabilidad colegial (o "sinodal", según la terminología oriental). Los desorientados por las inevitables tensiones ocasionadas por la fuerza de este nuevo planteamiento deberían recordar que la mayoría de los grandes concilios ecuménicos pusieron en marcha un largo proceso de reforma y renovación que tardó siglos en asimilarse.

8. La corresponsabilidad fuente de tensiones creativas.La renovación eclesiológica del Concilio Vaticano II nos ha ayudado a redescubrir la Iglesia universal como una koinonía de Iglesias locales bajo el colegio episcopal cuya cabeza es el Obispo de Roma. Esto a su vez ha renovado nuestra conciencia del papel distintivo e inalienable del laicado en la vida de la Iglesia. ¿Podemos sorprendernos de que esta conciencia más sentida de la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios en la vida toda de la Iglesia haya hecho aflorar un mayor número de voces y que no todas digan lo mismo? Esta es una fuente de vitalidad pero también de tensiones creativas.

Desafíos de los tiempos

9. Los "signos de los tiempos" presentan retos. Atenta a esta llamada a trabajar con el Pueblo de Dios en el espíritu del Concilio Vaticano II y de las CCGG 32 y 33, y acuciada por el Papa a ayudar en la puesta en práctica del Concilio, la Compañía renueva su fidelidad a la doctrina de la Iglesia al mismo tiempo que discierne y afronta los signos de los tiempos. Pues entre estos signos se encuentran fenómenos de nuestros días que pueden presentar retos intelectuales, culturales y pastorales a dicha fidelidad.

10. Y exigen respuesta. El hambre, la persecución religiosa y racial, el anárquico desarrollo económico y cultural, la falta de libertad política y justicia social, la discriminación, explotación y abuso sexual, especialmente de mujeres y niños; el cruel desprecio del don de la vida; los retos pastorales de la secularización; el anonimato social y la alienación de las grandes urbes modernas, la disolución de la familia: todos estos fenómenos se presentan, con frecuencia masivamente, a la Iglesia -y por tanto a nosotros- y piden nuestra respuesta.

11. Situaciones nuevas a abordar con fidelidad creativa. Incluso los fenómenos positivos no están exentos de ambigüedades: los notables progresos en las ciencias de la vida y los concomitantes problemas de bioética; la necesidad de matizar teorías teológicas entrañables a la luz de la hermenéutica y la historiografía contemporáneas; la nueva cultura creada por la explosión de los medios de comunicación; los problemas internos de disciplina litúrgica y vida sacramental provocados por la modernización y la inculturación. Estas son algunas de las "situaciones nuevas que se presentan a la Compañía y que exigen de ella, en completa fidelidad al magisterio de la Iglesia, respuestas válidas a tantas legítimas preguntas del Pueblo de Dios" y a las cuales se refiere el Padre General en su alocución final a la Congregación de Procuradores. Con esta fidelidad se acomodará a las normas corrientes de adhesión y a la enseñanza católica sobre la jerarquía de las verdades y el desarrollo de la doctrina de la Iglesia tal como está contenida en los documentos oficiales del magisterio y en la enseñanza ordinaria de teólogos católicos probados.

12. Para la credibilidad de la Iglesia en el mundo cultural contemporáneo. El jesuita, especialmente el estudioso o teólogo dedicado a la investigación y la creación de opinión pública informada, verá estos retos como otras tantas oportunidades de servicio. Su misión debe asegurar que la tradición cristiana mantenga su respetabilidad como una visión coherente y válida del mundo, en diálogo con la investigación y la ciencia. Sólo a través de un trabajo académico riguroso, realizado con fe y en una atmósfera de libertad y mutua confianza, puede la Iglesia seguir siendo una fuerza activa para el bien en el mundo cultural e intelectual contemporáneo. La CG 34 expresa su profundo aprecio, solidaridad y apoyo a los jesuitas dedicados a este crucial servicio de la Iglesia.

13. No podremos esquivar algunos conflictos eclesiales. Este trabajo requiere valentía e integridad; y comporta también sufrimiento. Como dijo el Padre General, se registran "fuertes tensiones interiores a la Iglesia de las que tampoco la Compañía puede librarse, puesto que el jesuita, en virtud de su propia responsabilidad apostólica, es arrastrado, lo quiera o no, a situaciones eclesiales conflictivas y aun explosivas". Nuestra respuesta a éstas puede causar tensiones con algunas autoridades eclesiásticas. A pesar -y precisamente por causa- de nuestro sincero deseo de ser fieles al Magisterio y a la jerarquía, puede haber momentos en los que nos sintamos justificados, incluso obligados, para hablar de una manera que no siempre nos granjee la aprobación general y hasta pueda conducirnos a sanciones dolorosas para la Compañía y obstaculizadoras de nuestro trabajo.

14. La obediencia no excluye ni el discernimiento ni la representación. Obrar así no equivale a desobediencia ni rebeldía. La obediencia ignaciana, en consonancia con la tradición de la teología católica, ha reconocido siempre que nuestra primera fidelidad debe ser a Dios, a la verdad, y a una conciencia bien formada. La obediencia no puede excluir el discernimiento en oración sobre el plan de acción a seguir. Este puede, en ciertas circunstancias, ser distinto del sugerido por nuestros superiores religiosos y eclesiásticos. Tal discernimiento, y su representación respetuosa a los superiores, es un elemento genuino de nuestra tradición ignaciana, confirmado en la CG 31 y aclarado en la CG 32.

15. Está hecha de fidelidad concreta. Al mismo tiempo, la obediencia ignaciana es una obediencia de fidelidad concreta a la Iglesia real, visible y jerárquica, no a un cierto ideal abstracto. Esta Iglesia no es algo separado de nosotros: es la comunidad de creyentes de la que nosotros formamos parte y de cuyas virtudes y defectos, triunfos y tragedias, participamos. Hecho el discernimiento y hechas las representaciones, nuestra actitud será definitivamente la descrita por San Ignacio en las "Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia debemos tener".

16. Servicio que no se liga a un contexto del pasado. Al decir esto, tenemos muy presente que el contexto en que Ignacio escribió estas Reglas ha dejado de tener relevancia. Pero el servicio ignaciano en la Iglesia no es una lección de historia. Es un profundo lazo místico que transciende las particularidades de sus orígenes históricos en la Iglesia del siglo XVI. Enraizado en la certeza de que el Espíritu Santo es quien guía la Iglesia, nos conduce a buscar el magis, serenamente confiados en que "a los que aman a Dios todo les sirve para el bien" (Rom. 8,28).

17. Tiempo para hablar, y tiempo para callar. Consiguientemente, si hay un tiempo para hablar, puede haber también un tiempo para callar, escogido en discernimiento o impuesto por la obediencia. Porque si hay un tiempo para la representación, lo hay también para la abnegación de nuestro entendimiento y voluntad que nos abre una nueva manera de ver, a través de las nubes del sufrimiento y la incertidumbre, una verdad y una sabiduría más alta, la de la Cruz.

La respuesta jesuítica: perspectiva contemporánea

18. Actualizando el voto "circa missiones". Una respuesta ignaciana contemporánea de estos problemas la tenemos en la citada alocución del Padre General en la Congregación de Procuradores. No intenta proponer una versión actualizada de las "Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debemos tener" y menos aún tratar exhaustivamente del tema o de su historia e interpretación. Encontramos en cambio una profunda reflexión sobre la inspiración fundacional que llevó a la Compañía a integrarse más plenamente en la experiencia viva del misterio de la Iglesia, en el espíritu del cuarto voto circa missiones, que tan peculiarmente nos une con el Santo Padre.

19. Una fuerte y creativa inserción en la Iglesia de hoy. La CG 34 hace suya la enseñanza de dicha alocución y recomienda a la Compañía que la estudie atentamente en atmósfera de oración, examen, reflexión y discernimiento individual y comunitario. De acuerdo con la precedente CG, el Padre General afirma que toda la Compañía tiene que esforzarse "cada vez más, en una fuerte y creativa inserción en la vida de la Iglesia" y "aprender en la Iglesia, con la Iglesia y para la Iglesia a vivir nuestra fe como adultos en las condiciones, culturas y lenguajes de este fin de siglo".

20. Entender la "mente" de la Iglesia Jerárquica y articular el "sensus fidelium". Si nuestro amor a Cristo, inseparable de nuestro amor por su esposa la Iglesia, nos empuja a buscar la voluntad de Dios en cada situación, puede también obligarnos a asumir una actitud de crítica constructiva basada en la oración y el discernimiento. Pero no puede justificar la falta de solidaridad con la Iglesia, de la que jamás ni en modo alguno nos distinguimos ni separamos. En la elaboración y expresión de nuestras posturas teológicas y la elección de nuestras opciones pastorales debemos siempre procurar entender la mente de la Iglesia jerárquica, teniendo como meta el fin de la Compañía, de ayudar a las almas. Al mismo tiempo, tenemos también que tratar de articular el sensus fidelium y ayudar al Magisterio a discernir en él los movimientos del Espíritu de acuerdo con la enseñanza del Concilio Vaticano II. Formados en la experiencia de los Ejercicios Espirituales y sinceramente deseosos de ser fieles a esta visión ignaciana, rogamos a Dios que nos infunda el espíritu que anima dichas reglas ignacianas.

21. En toda ocasión, genuino respeto y afecto a los pastores. Aun cuando no sea posible evitar toda observación crítica en la evaluación objetiva de ciertas situaciones en la vida de la Iglesia, o incluso del comportamiento de personas que tienen puestos de responsabilidad en su servicio, trataremos siempre de hacerlo con este espíritu. Como hombres íntegros, debemos naturalmente obrar conforme a nuestra conciencia. Pero hablaremos (o callaremos) prudente y humildemente y con genuino respeto y afecto hacia los pastores de la Iglesia, tanto local como universal. Nos esforzaremos por tener la honradez de reconocer con gratitud la gracia de su dirección como un correctivo necesario para cuanto pudiera estar afectado por la estrechez o la limitación propias de lo personal y subjetivo. Seremos conscientes de que, como miembros de la Compañía, estamos ligados a ellos de forma especial y de que nuestra preocupación primordial es cooperar con ellos en la construcción y, si fuera necesario, rehabilitación de la Iglesia, tanto universal como local.

22. La Iglesia no puede explicarse en términos sociopolíticos. No olvidaremos tampoco que la Iglesia no puede explicarse en términos puramente sociopolíticos: la anima un Espíritu transcendente que, a través de la acción colegial del Papa y de los Obispos, gobierna y refrenda la comunidad cristiana y que el sensus fidelium reconoce.

La respuesta jesuítica: modalidades concretas

23. Buscar el mensaje central de las declaraciones del Magisterio. Hemos de reconocer que, particularmente en cuestiones doctrinales y morales delicadas, las declaraciones del Magisterio no siempre pueden explicitar de manera exhaustiva todos los aspectos de un tema. Más bien que aventurarnos a una crítica selectiva y superficial, buscaremos el mensaje central y, por medio de una atenta reflexión teológica, intentaremos entenderlo en profundidad y explicarlo positiva, respetuosa y claramente.

24. Teniendo siempre en cuenta el mayor bien de toda la Iglesia. Mantendremos la perspectiva ante las dificultades y no las aislaremos de su contexto. Tampoco subestimaremos la posibilidad de escandalizar, ni olvidaremos que entre los extremos de una crítica pública prematura y desconsiderada y un silencio servil existe la alternativa de una expresión moderada y respetuosa de nuestro punto de vista. Rehuiremos los intereses particulares y tendremos en cuenta el mayor bien de toda la Iglesia. Cuando los haya, recurriremos a los canales oficiales, mantendremos el diálogo y discernimiento activos con nuestros superiores de la Compañía, y estableceremos la consulta y el diálogo con las autoridades eclesiásticas competentes con espíritu de mutuo respeto y comprensión. Con este fin, siempre que sea posible, nos mostraremos dispuestos a fomentar contactos de cordial amistad con los Ordinarios locales en los campos en que ejercemos nuestra misión, y trataremos de anticipar puntos de conflicto para evitarlos antes de que se conviertan en patente confrontación.

25. Defender la verdad de la Iglesia en los MCS. Si la Iglesia es atacada o difamada por los medios de comunicación, no podemos limitarnos a una condena genérica de tales abusos. Debemos saltar al campo de las comunicaciones sociales y defender la verdad, reconociendo al mismo tiempo honradamente los conflictos y polarizaciones existentes en el interior de la Iglesia. Aunque deberíamos hacerlo sin exacerbar tensiones ni debilitar la autoridad, no podemos soslayar asuntos que, por ser noticia, los medios de comunicación presentarán en cualquier caso.

26. Colaborar a que la Iglesia y el Evangelio se inculturen en la "cultura de masas". Debemos colaborar con los medios de comunicación para que pueda aparecer la verdadera imagen de la Iglesia, y el Evangelio pueda inculturarse en esta nueva cultura de masas. Nos esforzaremos para que los temas positivos atraigan efectivamente su atención. Si bien debemos nuestra primera lealtad a la verdad, nuestro criterio ignaciano de "sentir con la Iglesia" nos llevará a subrayar lo que es de alabar en ella y a manifestar los vínculos de afecto que nos hacen amarla y adherirnos a ella como fuente de vida, consuelo y salud, como autoridad interna para la genuina experiencia religiosa y como la matriz de nuestros valores más profundos.

Conclusión: fidelidad a nuestro carisma de servicio

27. Servir en los "cruces de las ideologías" y en las "trincheras sociales". Si, en el mundo de hoy, la Compañía tiene que comprometerse "en los campos más difíciles y de primera línea, en los cruces de las ideologías, en las trincheras sociales", como nos decía el Santo Padre en el discurso de apertura de esta Congregación, repitiendo las palabras del Papa Pablo VI en la apertura de la CG 32, lo hacemos como hombres que Cristo "envía por todo el mundo, esparciendo su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas".

28. La unión con el sucesor de Pedro, signo visible de nuestra comunión con Cristo. Con ese mismo espíritu, a las puertas del tercer milenio, nos consagramos una vez más al servicio generoso de todos nuestros hermanos y hermanas. Este servicio será cristiano solamente si está anclado en la fidelidad a Aquél que hace nuevas todas las cosas. Será jesuítico solamente si está en unión con el sucesor de Pedro. Porque ésta es la unión que nos ha dado siempre la seguridad -más aún, el signo visible- "de nuestra comunión con Cristo, primero y supremo jefe de su Compañía, la Compañía de Jesús".

Decreto 12

ECUMENISMO

presentación

Es uno de los documentos más breves de la Congregación General. Pues no intenta añadir nada nuevo, sino reavivar, en un momento de crisis, la sensibilidad para con el ecumenismo y el compromiso de la Compañía con esta tarea al servicio de la unidad de los cristianos .

Subraya la relación íntrínseca entre el diálogo ecuménico y los imperativos de una misión de servicio a la fe y promoción de la paz y la justicia. Por tradición histórica y por su implantación en los más diversos países del mundo, la Compañía de Jesús se encuentra con responsabilidades muy propias en la promoción del ecumenismo .

Insiste en que el ecumenismo no es sólo un asunto para especialistas o profesores de teología. Es, antes que nada, un nuevo modo de ser cristiano.

decreto

SUMARIO: El diálogo ecuménico brota del empeño evangélico por la justicia y la reconciliación (1). Se reafirma el compromiso de la Compañía con el ecumenismo (2). El ecumenismo, nueva forma de ser cristiano (3). Necesitamos llevar a término lo ya recomendado (4). Recomendaciones prácticas (5).

1. El diálogo ecuménico brota del empeño evangélico por la justicia y la reconciliación. Los signos de los tiempos demuestran con fuerza que una fe que promueve la justicia debe abordar necesariamente el diálogo y la cooperación ecuménica e interreligiosa. Son precisamente las divisiones religiosas las que en muchas partes del mundo constituyen un elemento que contribuye a la injusticia, a la violencia e incluso a la guerra. En situaciones de conflicto, alimentadas con frecuencia por una larga historia de hostilidades confesionales, el ecumenismo nos llama al perdón y al amor como componentes esenciales del empeño evangélico por la justicia y la reconciliación. Cuando los pueblos evolucionan hacia una unión política, económica, social y cultural cada vez más estrecha, y las naciones antaño divididas por siglos de enfrentamientos y conflictos crean nuevas estructuras supranacionales en lo político y económico, la histórica división de los cristianos representa un flagrante antitestimonio del mensaje del Evangelio "ut omnes unum sint" (Jn. 17,21).

2. Se reafirma el compromiso de la Compañía con el ecumenismo. Así pues, la CG 34 reafirma en los más vigorosos y explícitos términos el compromiso de la Compañía con el ecumenismo: un apostolado que necesita revitalización en el actual momento de crisis y para el que la Compañía está particularmente dotada por su extensión mundial y sus numerosas instituciones dedicadas a la formación en el espíritu cristiano.

3. El ecumenismo, nueva forma de ser cristiano. El ecumenismo no es sólo un trabajo específico para el que deban formarse y al que deban enviarse unos cuantos jesuitas; el ecumenismo es una nueva forma de ser cristiano. Aspira a algo más que la mera honradez, sinceridad y equidad; intenta trabajar desinteresadamente en el servicio de la verdad. Trata de ver las cosas desde el punto de vista del otro y de tomar con seriedad la crítica del otro acerca de nuestra propia comunión y sus errores y fallos históricos. Como enseña el "prosupuesto" de los Ejercicios Espirituales, trata de interpretar en buen sentido lo que el otro dice y hace. Resumiendo, el ecumenismo busca lo que nos une más bien que lo que nos separa; la comprensión más bien que la confrontación; busca conocer, entender y amar a los otros como ellos desean ser conocidos y entendidos, con pleno respeto por sus características diferenciales, a través de un diálogo fundado en la verdad, la justicia y el amor.

4. Necesitamos llevar a término lo ya recomendado. Al escoger el camino del ecumenismo, la Compañía responde no sólo a su discernimiento de los signos de los tiempos, sino a la repetida llamada de la Iglesia y de las precedentes Congregaciones Generales. También responde, y hoy con mayor urgencia, a las exigencias de la misión de fe y justicia. Por lo tanto, lo que hace falta no es nueva legislación, sino el cumplimiento más efectivo de la ya existente.

5. Recomendaciones prácticas. Consecuentemente, la Congregación General:

a) recomienda una mayor atención a la formación ecuménica inicial y permanente en la Compañía, de acuerdo con la normativa establecida en CG 31, d.26,4-8 y en el Directorio Ecuménico, nn.55-91, especialmente n.79;

b) recuerda las recientes normas de la Congregación para la Educación Católica acerca de cursos de ecumenismo y estudios sobre las Iglesias Orientales;

c) recomienda el fomento de la sensibilidad ecuménica en todos nuestros ministerios;

d) reafirma las recomendaciones concretas de la CG 31, d.26,9-14, referentes a la práctica del ecumenismo.

Decreto 13

COLABORACIÓN CON LOS LAICOS EN LA MISIÓN

presentación

Desarrolla un tema de gran expectación dentro y fuera de la Compañía. Aunque trata explícitamente de los laicos, lo que dice de la colaboración con ellos ha de entenderse también de la colaboración con tantos otros no jesuitas : sacerdotes, religiosos y religiosas . Ambas formas de compañerismo y colaboración se implican.

Resumimos las principales líneas de fuerza de este documento original, pues nunca se había tratado explícita y detenidamente tal tema por una Congregación General:

1. Observando los "signos de los tiempos", puede preverse que la Iglesia del próximo milenio será "la Iglesia de los laicos". Correspondientemente, en los últimos treinta años, una creciente colaboración de los laicos y con ellos, "ha expandido nuestra misión y ha cambiado la manera de llevarla a cabo con los otros". La Compañía apuesta por esta Iglesia en la que los laicos acceden a la plenitud de su papel. No por un pragmatismo inducido por la disminución del número de jesuitas, sino inspirada en una concepción renovada de la Iglesia: la Iglesia comunión y participación, conforme a la enseñanza del Concilio Vaticano II.

2. Se enriquece nuestra propia visión : no sólo "hombres para los demás", sino también "hombres con los demás". Este enriquecimiento subraya "un aspecto central de nuestro carisma y profundiza nuestra identidad". Implica aprender a colaborar como compañeros, compartiendo la responsabilidad de la misión.

3. La Congregación General 34 promueve, pues, una "cultura de cooperación" entre los laicos y los jesuitas, no como una concesión inevitable, sino como un desafío y una gracia : "compañerismo creativo". Es preciso formar a todos en esta actitud de colaboración, según las diversas alternativas : obras de la Compañía, cuya identidad se debe mantener sin equívocos; obras que no son de la Compañía...

4. Existen ya cuatro Asociaciones de laicos que la Compañía promueve activamente : Comunidad de Vida Cristiana (CVX); Apostolado de la Oración (AO), Antíguos Alumnos (AA.AA.); y Voluntariado Jesuita. Existen también muchas personas y organizaciones que comparten la espiritualidad ignaciana y el mismo ideal apostólico, en las más diversas partes del mundo .

5. "Es un momento de gracia" que debe impulsar a los jesuitas "a trabajar más decididamente para afianzar los lazos entre todas estas personas y grupos". Contribuyendo a crear "una red apostólica ignaciana" al servicio de la evangelización del mundo. Facilitando esta misión compartida, "la Compañía de Jesús puede aportar una contribución específica a la nueva evangelización".

6. Entre otras formas de colaboración futura, la Congregación General mantiene "que se realicen experiencias de 'vinculación jurídica' individual de laicos con la Compañía durante los próximos diez años", a evaluar por la próxima Congregación General. En todo caso, estos laicos, individualmente o asociados, "mantendrían el carácter específico de su vocación laical, sin convertirse en semi-religiosos" .

decreto

SUMARIO : Introducción (1-5): La "Iglesia del laicado", una gracia de nuestro tiempo (1). Expansión del protagonismo laical en las obras de la Compañía (2). Colaboramos agradecidamente con muchas otras personas (3). Somos "hombres con los demás" (4). Cuatro series de recomendaciones (5). A. Servicio a los laicos en su misión (6-7): Expansión y variedad de los servicios apostólicos de los laicos (6). Ponemos al servicio de la misión laical lo que somos y hemos heredado (7). B.Formación de laicos y jesuitas para la cooperación (8-9): Formarnos nosotros para comunicar nuestros recursos y experiencias (8). Aprender a colaborar y continuar aprendiendo (9). C. Colaboración de los jesuitas con los laicos (10-17): Tres dimensiones de la colaboración en nuestra misión (10); a) Colaboración en obras de la Compañía (11-13) : Qué son "obras de la Compañía" (11). Capacitación de los laicos para colaborar en ellas (12). Corresponsabilidad e identidad (13). b) Colaboración en obras no jesuíticas (14-15): Variedad de estas obras y sentido de nuestra colaboración en ellas (14). Colaboración regida por criterios y objetivos apostólicos. c) Colaboración con asociaciones (16-17): La Compañía estima las asociaciones laicales de inspiración ignaciana (16). Y promueve algunas de ellas (17). Comunidades de Vida Cristiana; Voluntariado Jesuítico; Asociaciones de Antíguos Alumnos; Apostolado de la Oración. D. Oportunidades para el futuro: Oportunidad y gracia (18). a) Potenciar la "Iglesia del laicado" : Nuestro servicio a la misión del laicado (19). b) Liderazgo laico en obras de la Compañía: Aprender a cooperar (20). c) Creación de una red apostólica ignaciana (21-22): Una base común, la experiencia de los Ejercicios Espirituales (21). Contribución específica a la "nueva evangelización" (22). Unión a la Compañía por un lazo más estrecho (23-25): Vinculación jurídica individual (23). Su finalidad: el mutuo acompañamiento (24). Elementos a tener en cuenta (25). Llamada a la renovación (26).

Introducción

1. La "Iglesia del laicado", una gracia de nuestro tiempo. Una lectura de los signos de los tiempos a partir del Concilio Vaticano II muestra sin lugar a dudas que la Iglesia del siguiente milenio será la "Iglesia del laicado". A lo largo de estos treinta años un creciente número de laicos han respondido a la llamada a servir que brota de su gracia bautismal. La actualización de su vocación en tantas y tan variadas situaciones ha llegado a ser la forma predominante con la que el Pueblo de Dios sirve al mundo en la promoción del Reino. Este incremento del ministerio laical da señales de que seguirá expandiéndose en el siguiente milenio. La Compañía de Jesús reconoce como una gracia de nuestro tiempo y una esperanza para el futuro el que los laicos "tomen parte activa, consciente y responsable en la misión de la Iglesia en este decisivo momento de la historia". Deseamos responder a esta gracia poniéndonos al servicio de la plena realización de la misión de los laicos y nos comprometemos a llevarla a buen término cooperando con ellos en su misión.

2. Expansión del protagonismo laical en las obras de la Compañía. Descubrimos una gracia similar si leemos los signos de los tiempos en el trabajo apostólico de la Compañía de Jesús durante los últimos treinta años. Impulsada por el Concilio, la CG 31 nos urgió a "promover la colaboración de los laicos en nuestras propias obras apostólicas". Desde entonces una colaboración creciente con los laicos ha expandido nuestra misión y ha cambiado la manera de llevarla a cabo juntamente con otros. Ha enriquecido lo que hacemos y la forma como entendemos nuestra función en la misión. En algunas partes del mundo las obras de la Compañía dependen primariamente de los laicos para que ésta realice su misión. Prevemos la expansión del protagonismo apostólico laical en las obras de la Compañía durante los próximos años y nos comprometemos a apoyarla.

3. Colaboramos agradecidamente con muchas otras personas. Colaboramos también con muchas otras personas: sacerdotes, religiosos y religiosas de distintos carismas, gente de todos los credos y creencias que intentan construir un mundo de verdad, justicia, libertad, paz y amor. Agradecemos esta colaboración que nos enriquece.

4. Somos "hombres con los demás". Los jesuitas somos a la vez "hombres para los demás" y "hombres con los demás". Esta característica esencial de nuestra forma de proceder pide prontitud para cooperar, escuchar y aprender de otros y para compartir nuestra herencia espiritual y apostólica. Ser "hombres con los demás" es un aspecto central de nuestro carisma y profundiza nuestra identidad.

5. Cuatro series de recomendaciones. Experiencias recientes han llevado a muchas Provincias y a muchos laicos a instar que esta CG 34 propicie esta colaboración. En respuesta a estas demandas ofrecemos las siguientes recomendaciones: (A) servicio de la Compañía a los laicos en su misión; (B) formación laicos y jesuitas para esta cooperación; (C) nuestra colaboración con los laicos en obras de la Compañía y en otras obras y asociaciones; (D) oportunidades para el futuro.

A. Servicio a los laicos en su misión

6. Expansión y variedad de los servicios apostólicos de los laicos. La expansión y variedad del servicio apostólico de los laicos en nuestro tiempo ha tomado dimensiones notables. Muchos laicos reconocen su acción como un ministerio cristiano y buscan ser formados y enviados a este servicio. Algunos se comprometen en un servicio apostólico de una manera más informal e implícita. Otros participan en asociaciones de laicos para diversos fines apostólicos. En todas estas formas muchos hombres y mujeres dan testimonio del Evangelio. Los laicos están asumiendo mayor responsabilidad en los ministerios de la Iglesia allá donde viven, participan en el culto y trabajan. Llamados a la santidad y al compromiso por la fe, la justicia y los pobres, evangelizan las estructuras de la sociedad.

7. Ponemos al servicio de la misión laical lo que somos y hemos heredado. La Compañía de Jesús se pone al servicio de la misión laical ofreciendo lo que somos y hemos recibido: nuestra herencia espiritual y apostólica, nuestros recursos educativos y nuestra amistad. Ofrecemos la espiritualidad ignaciana como un don específico para la animación del ministerio laical. Esta espiritualidad apostólica respeta la espiritualidad propia del individuo y se adapta a las necesidades presentes; ayuda a las personas a discernir su vocación y "a amar y servir a la divina Majestad en todas las cosas". Ofrecemos a los laicos la sabiduría práctica que hemos aprendido en más de cuatro siglos de experiencia apostólica. Por medio de nuestras escuelas, universidades y otros programas educativos ponemos a su disposición la formación pastoral y teológica. Lo que es quizá más importante, nos unimos a ellos para ser compañeros: sirviendo juntos, aprendiendo unos de otros, respondiendo a las mutuas preocupaciones e iniciativas y dialogando sobre los objetivos apostólicos.

B. Formación de laicos y jesuitas para la cooperación

8. Formarnos nosotros para comunicar nuestros recursos y experiencias. Ponernos al servicio del apostolado de los laicos es para nosotros un reto. Necesitamos responder a su deseo de formación de suerte que sean capaces de servir más plenamente conforme a su vocación y a sus talentos. Esa formación debería aprovechar los numerosos recursos y experiencias de la Compañía. Cuando lo solicitan, no deberíamos dudar en ofrecerles la experiencia de los Ejercicios Espirituales y nuestra dirección espiritual. Podemos animarlos a asumir la prioridad apostólica del servicio de la fe y la promoción de la justicia con un amor preferencial por los pobres. Respondiendo de esta forma, les ofrecemos lo que somos. Como hombres dedicados a amar y servir a Dios en todas las cosas, deberíamos ayudar a otros a reconocer y discernir las posibilidades apostólicas de su vida y trabajo. Los laicos que colaboran en apostolados de la Compañía pueden esperar de nosotros una formación específica en los valores ignacianos y una ayuda en el discernimiento de los objetivos y prioridades apostólicas y de las estrategias prácticas para su realización.

9. Aprender a colaborar y continuar aprendiendo. La cooperación con los laicos en la misión exige formación y renovación en todos los miembros de la Compañía. La formación inicial deberá desarrollar nuestra capacidad para la colaboración con los laicos y con nuestros compañeros jesuitas, por medio de la educación y experiencias de servicio en cooperación con otros. La formación continua en el trabajo apostólico -si escuchamos a otros, aprendemos de su espiritualidad y afrontamos juntos las dificultades de una genuina colaboración- profundizará esta capacidad. En nuestra formación inicial como en la continua, los laicos pueden ayudarnos tanto a comprender y respetar su propia vocación como a apreciar la nuestra.

C. Colaboración de los jesuitas con los laicos

10. Tres dimensiones de la colaboración en nuestra misión. La experiencia reciente nos ayuda a ver de qué manera tendríamos que colaborar con otros en tres dimensiones de nuestra misión: (a) colaboración con los laicos en obras apostólicas de la Compañía, (b) cooperación de jesuitas en otras obras, (c) apoyo y contribución a asociaciones apostólicas laicales relacionadas con la Compañía y con su misión.

a) Colaboración en obras de la Compañía

11. Qué son "obras de la Compañía". Colaboramos con los laicos en obras de la Compañía. Una obra de la Compañía contribuye sustancialmente a llevar a cabo la misión de ésta, manifiesta los valores ignacianos y se denomina "jesuítica" con aprobación de la misma Compañía. La Compañía asume la "responsabilidad última" de la obra. Como ejemplos pueden citarse nuestras instituciones educativas, parroquias, centros sociales, casas de Ejercicios, el Servicio Jesuita para Refugiados.

12. Capacitación de los laicos para colaborar en ellas. Estas obras deben regirse mediante una declaración nítida de la misión que ponga de manifiesto su finalidad y sirva de base para colaborar en ella. Tal declaración de la misión deberá presentarse y explicarse claramente a las personas con las que colaboramos. Asimismo habrán de proveerse y apoyarse (incluso financieramente) programas de capacitación de los laicos en orden a proporcionarles un mayor conocimiento de la tradición y espiritualidad ignacianas y a cultivar la vocación personal propia de cada uno.

13. Corresponsabilidad e identidad. Todos los colaboradores en la obra deberían ejercer la corresponsabilidad y comprometerse en el proceso de discernimiento y toma de decisiones compartida, cuando sea oportuno. Los laicos, según sus capacidades y compromiso, deben acceder a cargos de responsabilidad y prepararse para ello. Un laico puede ser Director de una obra de la Compañía. En este caso, los jesuitas reciben del Provincial la misión para trabajar en la institución y cumplen su misión bajo la dirección del Director laico. En las instituciones donde los jesuitas se encuentran en pequeña minoría, debe prestarse atención especial tanto a la función directiva de los laicos como a los medios adecuados para que la Compañía pueda asegurar la identidad jesuítica de la obra.

b) Colaboración en obras no jesuíticas

14. Variedad de estas obras y sentido de nuestra colaboración en ellas. Nuestra misión actual nos pide también una cooperación más estrecha con instituciones, organizaciones y actividades no patrocinadas por la Compañía; por ejemplo, centros de desarrollo y bienestar social, instituciones educativas y de investigación, seminarios e institutos religiosos, organizaciones internacionales, sindicatos, comunidades eclesiales y movimientos de base. Tal cooperación es una forma de dar testimonio del Evangelio y de la espiritualidad ignaciana y nos permite entrar en ambientes donde la Iglesia desea estar presente. Este tipo de colaboración nos permite expresar nuestra solidaridad con los demás y al mismo tiempo aprender de ellos de un modo enriquecedor para la Compañía y la Iglesia.

15. Colaboración regida por criterios y objetivos apostólicos. La colaboración en estas obras deberá conformarse con los criterios de la Compañía para la selección de ministerios, especialmente el servicio de la fe y la promoción de la justicia. Los jesuitas deberán ser enviados a ellas con claros objetivos apostólicos y mantenerse en continuo discernimiento con su superior y con su comunidad apostólica.

c) Colaboración con asociaciones

16. La Compañía estima las asociaciones laicales de inspiración ignaciana. Muchos laicos desean unirse a nosotros a través de asociaciones apostólicas laicales de inspiración ignaciana. La Compañía mira positivamente este florecer de asociaciones laicales: son en el mundo testimonio del carisma ignaciano, nos permiten emprender juntos obras de mayor envergadura y ayudan a sus miembros a vivir la fe con mayor plenitud. Queremos animar a todos a estudiarlas y conocerlas mediante un contacto personal y a interesarse genuinamente por ellas.

17. Y promueve algunas de ellas. Entre los cauces privilegiados para la formación cristiana del laicado en la espiritualidad ignaciana y para la colaboración en la misión común, la Compañía promueve activamente las asociaciones siguientes:

- La(s) Comunidad(es) de Vida Cristiana se dirige(n) a personas que, formadas en los Ejercicios Espirituales, se sienten llamadas a seguir a Cristo Jesús más de cerca y a comprometerse de por vida a trabajar con otros mediante su testimonio y servicio apostólicos. La dimensión comunitaria refuerza la entrega apostólica. Nos comprometemos a compartir con ellos la espiritualidad ignaciana y a acompañarlos en su misión.

- Los programas de Voluntariado Jesuítico ofrecen servicios caracterizados por el interés por el pobre y el trabajo por la justicia, vida comunitaria, un estilo de vida austero y espiritualidad ignaciana. Se anima a las Provincias a apoyar estas asociaciones de Voluntarios, a articularlas mejor mediante redes nacionales e internacionales y a reconocerlas como obra de la Compañía, siempre que lo deseen y se juzgue apropiado.

- Las Asociaciones de Antiguos Alumnos/as ayudan a nuestros antiguos alumnos/as a "hacer fructificar en sus vidas y en el mundo la formación que recibieron". Deben nombrarse jesuitas cualificados para ayudarles en su formación permanente, espiritual, ética y social, así como a encontrar necesidades apostólicas.

- El Apostolado de la Oración aspira a formar cristianos configurados por la Eucaristía, consagrados al Corazón de Cristo mediante el ofrecimiento diario y la oración por las intenciones de la Iglesia y dedicados al trabajo apostólico. La Compañía apoya y promueve este servicio pastoral, así como el Movimiento Eucarístico Juvenil, ambos encomendados por la Santa Sede.

D. Oportunidades para el futuro

18. Oportunidad y gracia. El presente es un momento de gracia. Al seguir creciendo el laicado en su servicio al mundo, a la Compañía de Jesús se le abrirán oportunidades de colaboración que irán mucho más allá de nuestra experiencia actual. Para servirles en su ministerio deberemos extremar nuestra creatividad y energía. Y tanto más deberemos apoyarlos cuanto mayor vaya siendo su responsabilidad en nuestros apostolados. Nos veremos enfrentados al reto de vivir más plenamente nuestra identidad de "hombres para y con los demás". Ante este horizonte, sugerimos algunas posibilidades sobre cómo podremos responder a tal oportunidad y gracia.

a) Potenciar la "Iglesia del laicado"

19. Nuestro servicio a la misión del laicado. El laicado aspira a asumir más y más responsabilidad en ministerios eclesiales dentro de parroquias, organizaciones diocesanas, escuelas, instituciones teológicas, misiones, obras de justicia y caridad. Podemos prever un florecimiento de ministerios especializados, movimientos eclesiales y asociaciones apostólicas laicales con los fines y carismas más variados. Con nuestra experiencia y nuestro carisma ofreceremos una contribución específica y necesaria a estas empresas apostólicas. Para ello necesitamos desplazar cada vez más el centro de nuestra atención del ejercicio de nuestro propio apostolado directo a la potenciación del laicado en su misión. El hacerlo requerirá de nosotros habilidad para utilizar los talentos de los laicos, animarles e inspirarles. Nuestra prontitud para afrontar este reto dependerá de la consistencia de nuestro sentido de 'compañeros' y de la renovación de nuestra respuesta a la vocación misionera de Cristo.

b) Liderazgo laico en obras de la Compañía

20. Aprender a cooperar. La emergente "Iglesia del laicado" repercutirá también en nuestro apostolado. Esta transformación puede enriquecer nuestras obras y acentuar su carácter ignaciano, si aprendemos a cooperar con la gracia que supone el surgir del laicado. Cuando hablemos de 'nuestros apostolados', tendremos que entender por 'nuestro' algo distinto: 'nuestro' deberá significar un auténtico compañerismo ignaciano de laicos y jesuitas, desde el que cada cual actuará de acuerdo con su propia vocación. Los laicos asumirán con todo derecho un papel de mayor responsabilidad y liderazgo en esas obras. La Compañía deberá apoyarlos en sus iniciativas mediante una formación ignaciana, inculcándoles los valores apostólicos jesuíticos y dando testimonio de vida sacerdotal y religiosa. Si nuestro servicio se hace más modesto, también resultará más motivador y creativo, y más en consonancia con las gracias que hemos recibido. Esta actualización de la vocación del laicado puede mostrar con más claridad la gracia de nuestra propia vocación.

c) Creación de una red apostólica ignaciana

21. Una base común, la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Un desafío para la futura cooperación con el laicado en la misión lo constituye el número de individuos, colaboradores, antiguos jesuitas, asociaciones y comunidades, tanto de laicos como de religiosos, que encuentran en la experiencia de los Ejercicios Espirituales una base común de espiritualidad y de motivación apostólica. La existencia de tantas personas de inspiración ignaciana atestigua la permanente vitalidad de los Ejercicios y su fuerza de animación apostólica. La gracia de la nueva era de la Iglesia y el movimiento hacia la solidaridad nos impulsan a trabajar más decididamente para afianzar los lazos entre todas estas personas y grupos. Podríamos así crear lo que podría denominarse "una red apostólica ignaciana".

22. Contribución específica a la "nueva evangelización". Una red así fomentará una mejor comunicación y proporcionará apoyo personal y espiritual entre estas personas y grupos. Optimizará la misión de las personas de inspiración ignaciana en su tarea de evangelización del mundo. De este modo la Compañía de Jesús puede aportar una contribución específica a la nueva evangelización. La puesta en marcha de esta red apostólica ignaciana requerirá amplias consultas, discernimiento cuidadoso, planificación gradual y pausada. La CG 34 pide al Padre General que, con la ayuda de jesuitas y no jesuitas cualificados, estudie esta posibilidad.

d) Unión a la Compañía por un lazo más estrecho

23. Vinculación jurídica individual. La CG 31 reconoció oficialmente la posibilidad de una vinculación más estrecha de laicos con la Compañía. Recomendó al Padre General "el estudio de cómo puede lograrse esta vinculación y colaboración más estable e íntima". Desde entonces se han hecho algunas experiencias a este respecto. La CG 34 la considera como una entre otras posibles formas de futura colaboración. Recomienda que, durante los próximos diez años, se realicen experiencias de 'vinculación jurídica' con la Compañía, de laicos tomados individualmente, y ofrece orientaciones para tales experiencias, a la espera de que la próxima Congregación General las evalúe.

24. Su finalidad: el mutuo acmpañamiento. La finalidad de estas experiencias de vinculación más estrecha es apostólica: extender la acción misionera de la Compañía a laicos que acompañen a y sean acompañados por jesuitas en el discernimiento y trabajo apostólicos. El vínculo jurídico consistirá en alguna forma de acuerdo contractual entre la Compañía y laicos a título individual; éstos podrán formar, o no, una asociación que les proporcione acompañamiento, mutuo apoyo y fuerza apostólica, pero sin quedar integrados en el cuerpo de la Compañía. Mantendrán el carácter específico de su vocación laical, sin convertirse en semi-religiosos.

25. Elementos a tener en cuenta. Entre los elementos a tener en cuenta en los programas experimentales, pueden incluirse los siguientes:

a. procedimientos para la selección de los asociados;

b. formación adecuada y apropiada;

c. términos del acuerdo sobre derechos, responsabilidades, duración, evaluación;

d. discernimiento con el Provincial o su Delegado acerca de la misión;

e. normas sobre una posible vida común de los asociados;

f. normas sobre relaciones informales con nuestras comunidades;

g. preparación y destino de jesuitas acompañantes de los asociados;

h. financiación y otros asuntos prácticos.

Llamada a la renovación

26. La colaboración con el laicado es a la vez un elemento constitutivo de nuestro modo de proceder y una gracia que pide una renovación personal, comunitaria e institucional. Nos invita al servicio del ministerio de los laicos, a compartir con ellos la misión, a crear formas de cooperación. El Espíritu nos está llamando, en cuanto "hombres para y con los demás", a compartir con el laicado lo que creemos, somos y tenemos en creativa hermandad para "ayuda de las almas y la mayor gloria de Dios".

Decreto 14

LOS JESUITAS Y LA SITUACION

DE LA MUJER EN LA IGLESIA Y EN LA SOCIEDAD

presentación

Documento inesperado, sorprendió a la propia Congregación General que lo aprobó. No es un tratado sobre la mujer. Dirigido primordialmente a los jesuitas, aunque también a sus colaboradores y colaboradoras, se apuntan los problemas y se indican caminos de solución.

Razones principales de este original decreto :

1. La preocupación de la Iglesia por la defensa de los derechos de la mujer, y la necesidad de afrontar generosamente la situación de la mujer en la Iglesia.

2. La urgencia de promover la justicia en muchas culturas y países del mundo, por lo que se refiere al respeto a la mujer, teniendo en cuenta la "feminización de la pobreza" y el "rostro femenino de la opresión".

3. El agradecimiento que la Compañía desea manifestar a tantas mujeres, laicas y consagradas, que colaboran con nosotros, abren pioneramente caminos, y participan la misma espiritualidad ignaciana y la misma misión apostólica.

4. La necesidad de conversión de actitudes menos respetuosas por parte de los varones, comenzando por los jesuitas, a quienes el decreto se dirige particularmente: aprender a escuchar a la mujer; enseñanza explícita sobre la igualdad esencial y concreta entre mujer y varón; presencia y participación de las mujeres en las obras de la Compañía; defensa de la mujer contra la violencia, la explotación y la discriminación; colaboración respetuosa; práctica del lenguaje inclusivo...

decreto

SUMARIO : Introducción: Por qué tratamos este tema (1). La situación (2-4): Múltiples expresiones de un injusto dominio (2). Discriminación sistemática, estructuralmente arraigada (3). Realidad universal, culturalmente condicionada (4). La Iglesia afronta la situación (5-6): "Signo de los tiempos" (5). Pasar de la teoría a la práctica, dentro y fuera de la Iglesia (6). Función y responsabilidad del jesuita (7-8): Como hombres, y como orden religiosa masculina (7). Somos conscientes del daño causado al pueblo de Dios (8). Conversión: Cambiar una situación lamentable (9). Agradecimiento: Por lo que recibimos de la colaboración de las mujeres (10). Caminos de progreso (11-14): Necesidad de delicadeza en nuestra respuesta (11). Escuchar a las mujeres (12). Algunos ejemplos de solidaridad con la mujer (13). Algunos problemas madurarán con el tiempo. Conclusión (15-16): Agradecimiento por lo ya conseguido (15). Un compromiso consciente y sostenido (16).

Introducción

1. Por qué tratamos este tema. La CG 33 hizo una breve alusión al "trato injusto y explotación de la mujer" como una de las injusticias que formaban el nuevo contexto de necesidades y situaciones que la Compañía debía afrontar en el cumplimiento de su misión. Deseamos considerar esta cuestión más en concreto y con más profundidad. Y ello principalmente porque, al generalizarse la atención a este problema, también nosotros nos hemos hecho más conscientes de que está en el centro de toda misión contemporánea que pretenda integrar fe y justicia. Su dimensión es universal en cuanto que afecta a hombres y mujeres de todas partes; se extiende cada vez más a través de clases y culturas; y toca personalmente a nuestros colaboradores, especialmente mujeres laicas y religiosas.

La situación

2. Múltiples expresiones de un injusto dominio. El dominio del varón en sus relaciones con la mujer ha encontrado múltiples expresiones. Ha incluido discriminación en las oportunidades educativas, la carga desproporcionada que han tenido que llevar en la vida doméstica, una paga menor por el mismo trabajo, acceso limitado a puestos de influjo en la vida pública y, por desgracia y con excesiva frecuencia, verdadera violencia contra la persona de la mujer. Esta violencia incluye aún, en algunas partes del mundo, la circuncisión femenina, muertes a causa de la dote, el asesinato de niñas rechazadas. La publicidad y los medios de comunicación la tratan en general como mero objeto y, en casos extremos, como artículo de comercio en la promoción del turismo sexual.

3. Discriminación sistemática, estructuralmente arraigada. Esta situación ha comenzado a cambiar, sobre todo a causa del despertar crítico y la protesta valiente de la misma mujer. Pero son también muchos los varones que se les han sumado para rechazar comportamientos que ofenden la dignidad tanto del varón como de la mujer. No obstante, aún nos queda el legado de una discriminación sistemática contra la mujer. Está enquistado en las estructuras económicas, sociales, políticas, religiosas y hasta lingüísticas de nuestras sociedades. Con frecuencia, es parte de un prejuicio y estereotipo cultural aún más profundo. Muchas mujeres piensan que los varones han tardado en reconocer su plena humanidad. Cuando denuncian esta ceguera, experimentan con frecuencia una reacción defensiva por parte de los varones.

4. Realidad universal, culturalmente condicionada. Desde luego, este prejuicio reviste formas diferentes según las culturas. Se necesita sensibilidad para no aplicar una medida única a lo que pasa por discriminación. Con todo, no deja de ser una realidad universal. Además, en muchas partes del mundo, las mujeres, que sufren ya crueles consecuencias por la guerra, la pobreza, la migración o la raza, sufren con frecuencia una doble desventaja precisamente por ser mujeres. Hay una 'feminización de la pobreza' y un 'rostro feminino de la opresión'.

La Iglesia afronta la situación

5. "Signo de los tiempos". La doctrina social de la Iglesia, sobre todo en estos diez últimos años, ha reaccionado con fuerza contra esta persistente discriminación y prejuicio. El Papa Juan Pablo II en particular ha hecho un llamamiento a los hombres y mujeres de buena voluntad, especialmente a los católicos, a hacer de la igualdad esencial de la mujer una realidad vivida. Este es un auténtico "signo de los tiempos". Debemos colaborar con los miembros de otras Iglesias y religiones para promover esta transformación social.

6. Pasar de la teoría a la práctica, dentro y fuera de la Iglesia. La doctrina social de la Iglesia favorece la función de la mujer dentro de la familia, pero acentúa también la necesidad que la Iglesia y la vida pública tienen de su aportación. Se basa en el texto del Génesis, que habla del varón y la mujer creados a imagen de Dios (Gen. 1,27), y en la praxis profética de Jesús en sus relaciones con las mujeres. Estas fuentes nos urgen a cambiar de actitud y a trabajar para cambiar las estructuras. El plan original de Dios era de una relación de amor, respeto, reciprocidad e igualdad entre el varón y la mujer, y ése es el plan que estamos llamados a realizar. Del tono de esta reflexión eclesial sobre la Escritura se desprende claramente que urge traducir la teoría en práctica, y no sólo fuera sino también dentro de la Iglesia.

Función y responsabilidad del jesuita

7. Como hombres, y como orden religiosa masculina. La Compañía de Jesús recoge este desafío y la responsabilidad que tenemos de hacer lo que podamos como hombres y como orden religiosa masculina. No pretendemos hablar en nombre de la mujer. Pero sí damos voz a lo que hemos aprendido de las mujeres sobre nosotros mismos y sobre nuestras relaciones con ellas.

8. Somos conscientes del daño causado al pueblo de Dios. Al dar esta respuesta somos fieles a nuestra misión en la nueva visión de nuestro tiempo: el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia es requisito absoluto. También nos empuja el limitado pero significativo influjo que tenemos como jesuitas y como orden religiosa masculina dentro de la Iglesia. Somos conscientes del daño que ha causado al Pueblo de Dios la alienación de la mujer, que en algunas culturas ya no se siente en la Iglesia como en su propia casa y no puede por lo mismo transmitir íntegramente los valores católicos a sus familias, amigos y colegas.

Conversión

9. Cambiar una situación lamentable. En respuesta, primero pedimos a Dios la gracia de la conversión. Hemos sido parte de una tradición civil y eclesial que ha ofendido a la mujer. Como muchos otros varones, tenemos tendencia a convencernos de que el problema no existe. Aun sin percatarnos, hemos sido cómplices de una forma de clericalismo que ha respaldado el dominio convencional del varón con una sanción presuntamente divina. Con esta declaración queremos reaccionar personal y corporativamente y hacer lo que podamos para cambiar esta lamentable situación.

Agradecimiento

10. Por lo que recibimos de la colaboración de las mujeres. Sabemos que nuestra educación en la fe y buena parte de nuestro apostolado sufrirían no poco sin la entrega, generosidad y alegría que la mujer ha aportado a escuelas, parroquias y otras obras en las que trabajamos juntos. Esto ocurre especialmente en el trabajo de laicas y religiosas entre los pobres de pueblos y ciudades. Además, muchas congregaciones religiosas femeninas han adoptado los Ejercicios Espirituales y las Constituciones como base de su espiritualidad y gobierno y forman parte de una amplia familia ignaciana. En estos últimos años religiosas y laicas se han especializado en dar los Ejercicios Espirituales. Como directoras de Ejercicios, especialmente según la Anotación 19, han enriquecido la tradición ignaciana y nuestra visión de nosotros mismos y de nuestro apostolado. Muchas mujeres han contribuido a renovar nuestra tradición teológica de una manera que ha liberado tanto al hombre como a la mujer. Deseamos expresar nuestro agradecimiento por esta gran aportación y esperamos que esta reciprocidad en el apostolado continúe y florezca.

Caminos de progreso

11. Necesidad de delicadeza en nuestra respuesta. Queremos señalar más en concreto algunas de las maneras como podemos responder a este desafío de nuestra vida y misión. No partimos del supuesto de que haya una forma determinada de relación varón/mujer que se pueda recomendar, y mucho menos imponer, en todo el mundo ni aun dentro de una cultura dada. Subrayamos más bien la necesidad de delicadeza en nuestra respuesta. Debemos precavernos de interferir de manera contraria a la cultura y procurar más bien facilitar un cambio orgánico. Deberíamos estar particularmente atentos a no adoptar una pedagogía que meta una cuña más entre el varón y la mujer, cuando ésta se encuentra ya presionada por otras fuerzas culturales o socioeconómicas que dividen.

12. Escuchar a las mujeres. Lo primero, invitamos a todos a escuchar con atención y valentía lo que nos dice la experiencia de la mujer. Muchas mujeres creen que los varones simplemente no las escuchan. Escuchar es insustituible. Es lo que más que otro factor cambiará las cosas. Sin escuchar, cualquiera iniciativa en este campo, por bien intencionada que sea, corre el peligro de soslayar los intereses reales de la mujer, confirmar la actitud condescendiente del varón y consolidar su dominio. Escuchar con espíritu de participación e igualdad es la respuesta más práctica que podemos dar y la base para nuestra común colaboración en la reforma de estructuras injustas.

13. Algunos ejemplos de solidaridad con la mujer. En segundo lugar, invitamos a todos, individualmente y a través de sus instituciones, a alinearse en solidaridad con la mujer. La manera práctica de hacerlo variará de un lugar a otro y de una cultura a otra, pero no faltan ejemplos:

- la enseñanza explícita de la igualdad esencial entre la mujer y el varón, en todos nuestros apostolados, especialmente en colegios y universidades;

- el apoyo de los movimientos de liberación de la mujer que se oponen a su explotación, y la promoción de su participación en la vida pública;

- la atención particular al fenómeno de la violencia contra la mujer;

- la debida presencia de mujeres en las actividades e instituciones de la Compañía, incluso la formación;

- su participación en la consulta y toma de decisiones de nuestros apostolados;

- la colaboración respetuosa con nuestras colaboradoras en proyectos comunes;

- el uso del lenguaje inclusivo cuando hablamos o escribimos;

- la promoción de la educación de la mujer y, en particular, la eliminación de toda forma de discriminación injustificada entre muchachos y muchachas en el proceso educativo.

Felizmente, muchas de estas cosas se practican ya en muchas partes del mundo. Confirmamos su valor y recomendamos que se extiendan siempre que sea el caso.

14. Algunos problemas madurarán con el tiempo. Sería inútil pretender que se han encontrado o que son satisfactorias todas las respuestas a los problemas que rodean una relación, nueva y más justa, entre mujer y varón. Se puede predecir que algunas otras cuestiones relativas al papel de la mujer en la sociedad civil y eclesial madurarán con el tiempo. Un estudio perseverante y comprometido, el contacto con las diferentes culturas, y la reflexión sobre la experiencia alcanzada servirán para aclarar estas cuestiones y señalar los problemas de justicia subyacentes. El cambio de sensibilidad que ello comporta se reflejará inevitablemente en la enseñanza y práctica de la Iglesia. En este contexto pedimos a todos los jesuitas que vivan, como siempre, con la tensión que se da entre la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia y los signos de los tiempos.

Conclusión

15. Agradecimiento por lo ya conseguido. La Compañía da gracias por cuanto ya se ha realizado por medio de un esfuerzo, muchas veces costoso, para forjar unas relaciones más justas entre mujer y varón. Agradecemos a las mujeres su liderazgo pasado y presente. Estamos particularmente agradecidos a las religiosas con las que tenemos un vínculo especial y que de tantas maneras han sido pioneras en su aportación a nuestra misión de fe y justicia. Estamos asimismo agradecidos por cuanto la Compañía y sus miembros han aportado a este nuevo clima que nos favorece a todos.

16. Un compromiso consciente y sostenido. Queremos sobre todo que la Compañía se comprometa de manera más formal y explícita a considerar esta solidaridad con la mujer como parte integrante de nuestra misión. Esperamos que, de esta forma, toda la Compañía considere esta labor de reconciliación entre mujer y varón en todas sus formas como parte integrante de su interpretación del d.4 de la CG 32 para nuestros tiempos. Sabemos que un compromiso consciente y sostenido para llevar a cabo esta reconciliación sólo puede provenir del Dios del amor y la justicia, que reconcilia a todos y promete un mundo en el que "no habrá ya distinción entre judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer" (Gal. 3,28).

ALGUNAS DIMENSIONES Y TA REAS

DE NUESTRA MISIÓN

15. Comunicación : una nueva cultura

16. Dimensión intelectual del apostolado de la Compañía

17. La Compañía y la vida universitaria

18. Educación secundaria, primaria y popular

19. La misión de nuestras parroquias

20. Ecología (recomendación al P.General)

Decreto 15

COMUNICACIÓN: UNA NUEVA CULTURA

presentación

Decreto breve pero novedoso. Es la primera de las Congregaciones Generales que considera las comunicaciones sociales como una nueva cultura, basada en una comprensión más afectiva e intuitiva del mundo que nos rodea. El decreto plantea la necesidad de 'corregir el rumbo', considerando a los MCS no sólo como un sector sino como una dimensión apostólica en todas nuestras tareas.

Esta propuesta, participativa y crítica a la vez, implica:

1. El uso de los medios masivos y grupales, incluidos los de más bajo costo y populares, en el servicio a la fe, para comunicar el Evangelio en un lenguaje inteligible al hombre de hoy.

2. Concebir la comunicación como vehículo eficaz para la promoción de la justicia, sensibles a los métodos y estructuras autoritarias entretejidas en la trama de los medios; promover una real libertad de prensa e información; colaborar a establecer un flujo equitativo de la información entre paises industrializados y paises en desarrollo; fomentar la presencia en los MCS de las culturas, imágenes y problemas de los paises pobres.

3. La familiarización de todos los jesuitas con los temas de ética de la comunicación.

4. Colaborar a crear "uma comprensión crítica que dé a las personas la capacidad de descubrir las distorsiones, advertir los mensajes subyacentes y hacer un uso inteligente de los medios de comunicación". Los educadores jesuitas deben contarse entre "las personas mejor educadas en los medios".

5. Entender y hablar el lenguaje de los medios, exige una formación cuidadosa y permanente. El decreto termina esbozando etapas y dimensiones de este aprendizaje.

decreto

SUMARIO : Un camino y una llamada (1). Ambigüedad (2). Sector vs. dimensión (3). El servicio de la fe (4). La justicia en la comunicación (5). Educación de los medios (6). Medios orientados a la gente (7). Una misión: Radio Vaticana (8). Entender y hablar el lenguaje (9).

1. Un camino y una llamada. Nuestro Padre Ignacio supo descubrir el giro cultural de su época: el paso de la Edad Media al Renacimiento. Reconoció los valores de la cultura emergente, incluida su preocupación por la persona y su crecimiento espiritual, y orientó la Compañía de Jesús hacia el futuro. Acertó a conjugar los valores evangélicos y los tradicionales valores culturales con esta nueva cultura. Hoy se nos llama a entender los cambios que están ocurriendo en este final del siglo XX: la proliferación de los medios electrónicos y la denominada revolución informativa, así como los nuevos caminos de aprendizaje y conocimiento que la acompañan. Este mundo de la comunicación desarrolla lo que ha sido universalmente reconocido como una nueva cultura: cultura no lineal, orientada hacia la imagen, intuitiva y afectiva en su interpretación del mundo.

2. Ambigüedad. A pesar de todas sus maravillas, este nuevo mundo caracterizado por el desarrollo exponencial de los instrumentos de comunicación está lleno de ambigüedades. Los medios de comunicación y su lenguaje propio resultan usados y manipulados con frecuencia de forma no democrática para fines negativos y efímeros. Además, propugnan no pocas veces una mentalidad materialista o consumista que no contribuye al auténtico crecimiento humano ni a la recepción del mensaje evangélico. Sus falsos valores amenazan a veces incluso nuestra propia vida jesuítica. Por eso, tenemos que hacernos usuarios críticos y, más aún, profesionales críticos de la comunicación social.

3. Sector vs. dimensión. En la Compañía se ha considerado comúnmente a las comunicaciones como un sector de la actividad apostólica, un campo para unos pocos especialistas que con frecuencia se han sentido aislados o al margen del cuerpo apostólico. La Compañía debe reconocer que la comunicación no es un dominio restringido a unos pocos profesionales, sino una importante dimensión apostólica de todos nuestros ministerios. Evidentemente, no todos tienen por qué dedicarse directamente a los medios de comunicación. Pero, para tener eficacia, todos deben conocer y tener en cuenta el lenguaje y símbolos, fuerza y debilidades de la cultura de la comunicación moderna. Ello comporta 'corregir el rumbo', darnos cuenta de que el nuevo ambiente de la comunicación es un medio propicio para llegar y enriquecer a un gran número de personas, y para promover la alfabetización, la instrucción y la solidaridad.

4. El servicio de la fe. Esta propuesta de renovación cultural nos permitirá compartir mejor la fe a la que estamos llamados a servir. A veces esto querrá decir la proclamación directa del Evangelio y sus valores a grupos numerosos a través de los medios de masa o a grupos reducidos a través de medios grupales. Otras veces se podrá emplear un cauce indirecto para abrir camino a una presentación más personal e individualizada del mensaje cristiano. En todo caso será necesario hablar un lenguaje inteligible tanto para los profesionales de la comunicación como para los habitantes de la aldea global. Jesús, que proclamó el mensaje de su Padre mediante parábolas, milagros y obras de misericordia, debe ser nuestro modelo.

5. La justicia en la comunicación. La comunicación es un instrumento poderoso que debe utilizarse para la promoción de la justicia en nuestro mundo. Pero es también un campo que nos exige mirar con sentido crítico los métodos y estructuras autoritarias de las mismas organizaciones de comunicación e información. La promoción de la justicia dentro de la comunicación requiere la acción coordinada de los cristianos y de otras personas de buena voluntad en diversas áreas. Debe promoverse la libertad de prensa e información en los países donde no existe o está amenazada por el control estatal o la manipulación ideológica. Es necesario establecer un flujo equitativo de información entre países industrializados y países en vías de desarrollo. En la actualidad, los países ricos dominan el mundo con su información, sus películas y programas televisivos. Las voces y las imágenes de los países y culturas menos poderosos están notablemente ausentes en la aldea global. Todos, especialmente los filósofos, teólogos, expertos en ciencias sociales, los directamente comprometidos en la promoción de la justicia, así como los dedicados a la producción de obras creativas deben estar familiarizados con la ética de la comunicación.

6. Educación en los medios. En la nueva cultura de los medios es importante educar a los usuarios en la comprensión y uso creativo de las técnicas y lenguaje de la comunicación, no sólo como individuos sino también como participantes en el diálogo social. La educación en los medios tiene por finalidad el logro de una comprensión crítica tal que dé a las personas la capacidad de descubrir las distorsiones, advertir los mensajes subyacentes y hacer un uso inteligente de los medios de comunicación. Ello devolvería el poder al consumidor y lo liberaría de la manipulación y dominación de los medios. Con el propósito de participar en esta amplia tarea educativa, los educadores jesuitas deben contarse entre «las personas mejor educadas en los medios».

7. Medios orientados a la gente. Se puede hablar el lenguaje de la nueva cultura de los medios usando instrumentos simples y de bajo coste. La radio, especialmente la radio de educación popular, es con frecuencia un medio eficaz. En un sentido más general, todo jesuita debería aprender a usar en su apostolado medios alternativos, tales como carteles, videos y audiocasetes, discos compactos, etc. En algunas circunstancias los medios populares, tales como representaciones callejeras, títeres e imágenes litúrgicas, pueden ser medios de comunicación adecuados para la evangelización.

8. Una misión: Radio Vaticana. Acogiendo la invitación hecha por el Papa al comienzo de nuestra CG 34, la Compañía se compromete a proseguir su servicio a la Iglesia universal en la Radio Vaticana. Este es un medio concreto para que la Compañía realice su misión de servicio de la fe y promoción de la justicia en el campo de la comunicación, dentro de un marco de colaboración internacional.

9. Entender y hablar el lenguaje. Debemos ofrecer cursos de comunicación bien organizados para los jesuitas en formación, así como cursos de adiestramiento en comunicación como parte de la formación permanente. En muchos lugares la Compañía ha iniciado ya esta adecuada preparación integrándola en las distintas etapas de la formación. Estos esfuerzos deben mantenerse y, donde falten, darse los primeros pasos para asegurar esta preparación. Las metas importantes para esta preparación son las siguientes: asegurar el conocimiento crítico de la retórica de esta nueva cultura, fomentar su dimensión estética, desarrollar las aptitudes necesarias para el trabajo en equipo, aprender el uso efectivo de los medios y la tecnología de la información en el apostolado. Los jóvenes jesuitas que en las primeras etapas de la formación muestren talento creativo para el apostolado de la comunicación deben ser animados a proseguir su formación a nivel especializado. Durante estos estudios se debe cuidar de integrar las necesidades profesionales y un conocimiento teológico sólido con las exigencias de la vida religiosa. Entre sus tareas, el Secretariado para la Comunicación Social de la Compañía (JESCOM) debe participar en la creación y promoción de programas de comunicación para la formación de los jesuitas.

Decreto 16

DIMENSION INTELECTUAL

DEL APOSTOLADO DE LA COMPAÑÍA

presentación

Desde su fundación, la Compañía ha tenido en gran estima el trabajo intelectual. La presente Congregación reafirma valor y actualidad de los apostolados directamente intelectuales, pero subraya que el trabajo intelectual es una dimensión propia de todas las tareas apostólicas de los jesuitas.

He aquí algunas líneas de fuerza del decreto:

1. En los tiempos que corremos, pietismo y fundamentalismo minusvaloran la razón humana. Mientras, una razón sobrexcitada quiere alzarse sobre la fe hasta no dejarle espacio. Por lo mismo, la tradición intelectual sigue siendo de importancia crítica tanto para la vitalidad de la Iglesia como para la comprensión de las culturas en las que el Evangelio ha de inculturarse. La Compañía apuesta por esa tradición que ha hecho suya desde sus orígenes.

2. Junto a la sólida formación espiritual sigue, pues, siendo precisa una vigorosa formación intelectual de los jóvenes jesuitas, y una formación permanente de la misma calidad para todos los jesuitas. Subraya la formación de un espíritu crítico y de la capacidad de análisis y diálogo.

3. Es importante aprender a respetar la legítima autonomía de la ciencia y de la libertad responsable. Respeto que, los jesuitas que se dedican a la ciencia, han de transfigurar mediante el testimonio inequívoco de su compromiso con Dios y con la Iglesia.

4. Se presta atención especial a la investigación y reflexión teológicas, que orientan tanto nuestros trabajos apostólicos como nuestra vivencia de la fe. Siempre dentro de la anchurosa corriente de la teología católica, atenta a las circunstancias de tiempos, lugares y, sobre todo, culturas.

decreto

SUMARIO : Se reafirma la calidad intelectual de nuestro apostolado (1). La tradición intelectual, de importancia crítica para la vitalidad de la Iglesia (2). Sobre la formación, inicial y permanente, de esta dimensión intelectual (3). Autonomía y libertad requeridas por los apostolados intelectuales (4). La exigencia de comunión (5). Desafíos asumidos por el servicio del Reino (6). Necesidad y tareas de la investigación y reflexión teológicas (7). Reflexión arraigada en la experiencia de fe, personal y compartida (8). Teologías específicas dentro de la teología católica.


1. Se reafirma la calidad intelectual de nuestro apostolado. Ya desde su fundación, la Compañía ha tenido en gran estima la labor intelectual, como significativa aportación a la obra creadora de Dios y al reconocimiento de la legítima autonomía de la actividad humana. Esta tradición suya es hoy particularmente relevante ante las urgentes cuestiones que se plantean a nuestra misión. De acuerdo con ella, la CG 34 reafirma con vigor la singular importancia de la calidad intelectual de cada uno de nuestros ministerios. Esta dimensión de nuestro apostolado adquiere valor fundamental en la circunstancia contemporánea, caracterizada como está por transformaciones tan rápidas como radicales.

2. La tradición intelectual, de importancia crítica para la vitalidad de la Iglesia. Porque la razón humana es ignorada o minusvalorada cuando el pietismo y el fundamentalismo unen sus esfuerzos para denigrar el talento humano. Al contrario, especialmente en los países dominados por el secularismo o en los recientemente liberados del ateísmo marxista, algunos parecen considerar la fe como una 'superstición' llamada a desaparecer conforme avance el progreso humano. ¡Sólo la libertad y la inteligencia son los rasgos característicos del ser humano creado a imagen de Dios! Por eso, en todas partes y en cualquier circunstancia, la tradición intelectual sigue siendo de importancia crítica para la vitalidad de la Iglesia y la comprensión de las culturas que tan hondamente afectan al modo de pensar y vivir de cada persona. Todos sentimos la necesidad de "dar razón de nuestra esperanza" (1 Pe. 3,15) y la preocupación por reconocer "cuanto hay de verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud y digno de elogio" (Fil. 4,8).

3. Sobre la formación, inicial y permanente, de esta dimensión intelectual. La CG 34 desea por eso estimular una vigorosa formación espiritual e intelectual de nuestros jóvenes y la formación permanente, espiritual e intelectual, de todo jesuita. La Compañía, sensible a las necesidades y desafíos actuales, debe insistir en la necesidad no sólo de una continua adquisición de saber, sino también en la de un continuo desarrollo de la capacidad personal para analizar y evaluar la misión recibida en el contexto de cambio rápido de nuestro mundo. Una formación así presupone un trabajo personal asiduo y, con mucha frecuencia, solitario. Tal capacidad es indispensable si aspiramos a integrar la promoción de la justicia con la proclamación de la fe y a ser eficaces en nuestra acción por la paz, en nuestro interés por la protección de la vida y el ambiente, en nuestra defensa de los derechos individuales de hombres y mujeres, y de pueblos enteros. Nuestro compromiso en pro de la evangelización integral debe caracterizarse por una seria y activa investigación intelectual; esto presupone un conocimiento básico de las estructuras económicas, sociales y políticas en que se hallan inmersos nuestros contemporáneos; y no puede ignorar la evolución de las culturas tradicionales y modernas, ni los efectos de la naciente cultura de la comunicación. Para que la evangelización sea eficaz, son imprescindibles rigor en el conocimiento, respeto hacia los demás en el diálogo intercultural y análisis crítico.

4. Autonomía y libertad requeridas por los apostolados. En los apostolados más directamente intelectuales, la formación y competencia profesionales deben estar ligadas con la legítima autonomía y la libertad responsable que son imprescindibles para progresar en la docencia y la investigación. Hoy más que nunca es urgente reconocer la especificidad de cada disciplina, incluidas la ciencia y la tecnología. Tenemos que ayudar a nuestros contemporáneos a respetar esa autonomía y esa libertad y a reconocer esa especificidad. Rechazar "la legítima autonomía de la ciencia" puede llevar a los creyentes a dramas que la historia de los últimos siglos nos ha hecho familiares. Los que hemos aprendido a orar ante el "Eterno Señor de todas las cosas", tenemos que preocuparnos de manera especial por evitar que tales errores se repitan bajo formas diferentes.

5. La exigencia de comunión. La dimensión intelectual de todo apostolado supone además que el jesuita sabe permanecer en verdadera comunión con los demás. Porque la vida intelectual conoce momentos de exaltación y de duda, de reconocimiento y arrinconamiento, de intensa satisfacción y dura prueba. Más que ninguna otra, la misión intelectual demanda una capacidad humilde para aceptar las alabanzas y afrontar los rechazos y las polémicas, porque está constantemente expuesta al juicio ajeno en conversaciones, publicaciones y medios de comunicación. Aceptar esta realidad sencilla y directamente es una manera de ser "servidor de la misión de Cristo" - del Cristo que sigue viviendo en nosotros su misterio pascual.

6. Desafíos asumidos por el servicio del Reino. Estos desafíos característicos del apostolado intelectual exigen de cada uno de nosotros la adquisición de la capacidad de vivir la tensión creativa entre la inserción profunda en cada detalle de nuestra obra y una actitud abierta y crítica hacia otros puntos de vista y otras corrientes de base cultural o confesional. El aceptar estas tensiones no debe, sin embargo, falsear en ningún caso nuestro testimonio de compromiso personal al servicio de la Iglesia en su marcha hacia el Reino de Dios.

7. Necesidad y tareas de la investigación y reflexión teológicas. Entre todos los caminos de dedicación al apostolado intelectual al servicio del Reino de Dios, la investigación y reflexión teológicas tienen un puesto singular y merecen mención explícita. El P. Pedro Arrupe citó la reflexión teológica entre las cuatro prioridades apostólicas de la Compañía de Jesús. Entre los temas contemporáneos urgentes para la reflexión teológica enumeraba el humanismo, la libertad, la cultura de masas, el desarrollo económico y la violencia. La CG 32 recordó y confirmó el énfasis del Padre Arrupe sobre la reflexión teológica, solicitando también un análisis social de las causas estructurales de las injusticias contemporáneas y un discernimiento ignaciano acerca de la respuesta apostólica apropiada a estas injusticias. La CG 34 vuelve a confirmar la necesidad de tal reflexión teológica y añade otros dos temas necesitados de tratamiento: la inculturación y el diálogo interreligioso.

La reflexión teológica, el análisis social y el discernimiento son fases de un proceso que el Papa Juan XXIII y el Concilio Vaticano II llamaban "lectura de los signos de los tiempos": el esfuerzo por discernir la presencia y actividad de Dios en los acontecimientos de la historia contemporánea para decidir lo que debemos hacer como servidores de la Palabra. Esto hará que las fuentes inagotables de la teología católica iluminen la experiencia vivida, individual y colectiva, de los miembros de la comunidad de fe que es la Iglesia, especialmente su experiencia de pobreza y opresión; relaciona la teología católica con las disciplinas profanas, especialmente la filosofía, el análisis social y las ciencias naturales, para discernir, iluminar e interpretar las oportunidades y problemas de la vida contemporánea.

8. Reflexión arraigada en la experiencia de fe, personal y compartida. Esta reflexión puede guiar no sólo nuestros ministerios sino también nuestro modo de contemplar e interpretar las situaciones personales, sociales, culturales y políticas, sin olvidar nuestra vida espiritual. Será tanto más fecunda cuanto más se arraigue en la experiencia de una fe personal, vivida y expresada en la comunidad cristiana. Debe estar atenta a las cuestiones que plantea la realidad al creyente. Y el jesuita dedicado a esta reflexión debe saber juntar estos cuestionamientos concretos con la escucha directa de la voz de Dios en su oración personal.

9. Teologías específicas dentro de la teología católica. Una reflexión teológica realizada con la seriedad científica e imaginación creativa que merece, dentro del amplio espectro de la teología católica y en medio de las variadas situaciones en que el jesuita vive y trabaja, puede originar teologías específicas que encarnen el mensaje evangélico en la diversidad de tiempos y lugares. Así es como la investigación y reflexión teológicas al servicio del Evangelio podrán servir para responder a las grandes preguntas de la mente humana y a las aspiraciones más profundas del corazón humano.

Decreto 17

LA COMPAÑÍA Y LA VIDA UNIVERSITARIA

presentación

La Compañía de Jesús nació en el ambiente de una Universidad, la de París, y estuvo siempre ligada al aprendizaje y la enseñanza universitarios, a la investigación y a las publicaciones científicas. De múltiples formas, hemos servido al encuentro de la fe con "la poderosa fuerza cultural inherente a la Universidad como institución". Hoy día, la Compañía desempeña su responsabilidad universitaria en alrededor de doscientas instituciones de enseñanza superior, en las que trabajan unos tres mil jesuitas, sin tener en cuenta los muchos jesuitas que trabajan en universidades no jesuíticas. Las Universidades "siguen siendo encrucijadas de crucial importancia social" y, por ello, el decreto reafirma "la intuición ignaciana" de presencia y trabajo apostólico a este nivel.

El documento nos pone delante dos grandes desafíos :

1. El planteado por el cambio de estructuras. En los últimos treinta años, el cambio de las estructuras y contextos de nuestras universidades, relación del número de profesores jesuitas al profesorado no jesuita, etc. ha sido rápido y muy intenso. Requiere fortalecer, con empeño, imaginación y fe, el caracter específico de nuestras instituciones : en cuanto jesuíticas y en cuanto universidades.

2. El planteado por la reformulación de nuestra misión. Pues tratándose de universidades de la Compañía, han de hacer creíbles la verdad y los efectos culturales y sociales de una misión que promueve la justicia inspirada por el Evangelio. Y ello sin menoscabo de la autonomía de la universidad, sino apelando precisamente a su razón más profunda de ser.

Al mismo tiempo que se estimula a los jesuitas a trabajar en este campo tan importante para el diálogo entre la fe y la cultura, y para la síntesis entre la cultura y la promoción de la justicia, se les pide un compromiso para encontrar respuesta a los desafíos planteados, tanto a nivel personal como comunitario. Se sugieren algunas pistas : colaboración entre instituciones de la Compañía, interdisciplinariedad, trabajo directo con los alumnos...

La conexión objetiva de este decreto con el decreto 13. Colaboración con los laicos en la misión, resulta obvia, pero merece ser señalada.

decreto

SUMARIO : Compañía de Jesús y Universidad (1-3): Desde nuestros orígenes (1). En la actualidad (2). Dos retos relativamente nuevos (3). El desafío de la estructura de las Universidades (4-6): Desarrollos y cambios en los últimos treinta años (4). En favor del carácter específico de nuestras instituciones universitarias (5). Doble exigencia de este caracter específico (6). Fe y justicia como desafío a las Universidades (7-12): Una Universidad que facilita el encuentro con "la fe que obra la justicia" (7). Modo plural de responder a un reto asumido por todos (8). Evaluación periódica de la correspondencia con la misión (9). Colaboración interdisciplinar e interuniversitaria (10). Oferta de una formación integral (11). Palabra de ánimo a los compañeros en misión universitaria (12).

Compañía de Jesús y Universidad

1. Desde nuestros orígenes. Casi desde la fundación, la Compañía se ha dedicado a la enseñanza universitaria, la investigación y las publicaciones científicas. De la astronomía al baile clásico, de las humanidades a la teología, hemos intentado ocuparnos del lenguaje y temática de las culturas heredadas o nacientes. Hemos procurado descubrir, configurar, renovar o promover el conocimiento humano, respetando siempre la autonomía de las disciplinas académicas. También hemos tratado de acompañar en la fe a los hombres y mujeres moldeados por la poderosa fuerza cultural inherente a la Universidad como institución. Ignacio intuyó ese amplio impacto cultural cuando decidió enviar jesuitas a las Universidades como a sitios donde podría conseguirse un bien más universal. Durante toda nuestra historia hemos seguido reafirmando esta fundamental intuición ignaciana.

2. En la actualidad. Unos tres mil jesuitas trabajan hoy en casi doscientas instituciones de enseñanza superior, que afectan las vidas de más de medio millón de alumnos; otros ejercen esta misión en universidades de fuera de la Compañía. Esta acción apostólica influye no sólo en la vida de los alumnos; transciende el medio universitario inmediato. Reconocemos que las universidades siguen siendo encrucijadas de crucial importancia social. Sirven como cauces singulares para el progreso social de las clases pobres. En ellas y a través de ellas tienen lugar importantes debates sobre la ética, los derroteros de la economía y la política, el sentido mismo de la vida humana. Ni la Universidad como forma institucional y como valor para la humanidad, ni el siempre urgente imperativo de un infatigable compromiso de la Compañía en pro de nuestro tradicional fomento de la vida universitaria, necesitan nueva defensa.

3. Dos retos relativamente nuevos. Más aún, existen ya muchos y excelentes documentos que tratan de la función y futuro de las Universidades de la Compañía. La CG 34 desea únicamente animar a los que se dedican a esta tan tradicional e importante actividad y estudiar dos retos relativamente nuevos a los que se enfrentan nuestras Universidades.

El desafío de la estructura de las Universidades

4. Desarrollos y cambios en los últimos treinta años. La educación superior de la Compañía ha conocido durante los últimos treinta años un desarrollo muy rápido en tamaño, complejidad y evolución de estructuras de gobierno, ahora más participativas. Durante ese mismo período, el número absoluto de jesuitas dedicados a la Universidad, o al menos su proporción en el conjunto de una Facultad, ha disminuido; seglares y otros religiosos colaboran con nosotros en una empresa común. En algunos sitios las Universidades han dejado de ser "propias" de la Compañía en sentido estricto. En otros, las disposiciones gubernamentales crean una situación en la que ya no podemos "controlarlas" del todo. En otros, algunos superiores eclesiásticos parecen recelar de la libertad necesaria para que una Universidad funcione realmente de acuerdo con los fines que le son propios.

5. En favor del caracter específico de nuestras instituciones universitarias. Como respuesta a este reto, debemos continuar trabajando con ahinco, con imaginación y con fe, frecuentemente en circunstancias muy difíciles, para mantener y aun fortalecer el carácter específico de cada una de nuestras instituciones: en cuanto jesuítica y en cuanto Universidad. Pensando en el futuro, tenemos que estar muy alerta para que tanto el sustantivo 'universidad' como el adjetivo 'jesuítica' sean siempre plenamente respetados.

6. Doble exigencia de este carácter específico. El sustantivo garantiza el compromiso con la autonomía fundamental, la integridad y la sinceridad de una Universidad, precisamente en cuanto Universidad: un lugar de serena y abierta investigación y discusión de la verdad. Al mismo tiempo, indica los objetivos propios de toda Universidad (investigación, enseñanza, diversos servicios consecuentes a su misión cultural) como horizonte y contexto indispensable para la auténtica conservación, renovación y comunicación del saber y de los valores humanos. En cuanto jesuitas, buscamos el conocimiento por sí mismo pero debemos interrogarnos de continuo sobre 'el para qué del conocimiento'.

Fe y justicia como desafío a las Universidades

7. Una Universidad que facilita el encuentro con "la fe que obra la justicia". No menos vigorosamente debemos afirmar el adjetivo 'jesuítica'. Esto significa la participación genuina de toda Universidad autodenominada jesuítica o de toda universidad que funcione bajo nuestra última responsabilidad, en la identidad y misión fundamentales de la Compañía. Aunque queremos evitar toda instrumentalización de la Universidad o la reducción de su misión a una única meta legítima, el adjetivo 'jesuítica', con todo, requiere de la Universidad armonía con las exigencias de servicio de la fe y promoción de la justicia establecidas por la CG 32, d.4. La Universidad jesuítica puede y debe descubrir en su propia contextura institucional y en sus genuinos objetivos un ruedo específico y adecuado para el encuentro con la fe que obra la justicia.

8. Modo plural de responder a un reto asumido por todos. Aplaudimos el modo plural con que las Universidades de la Compañía han procurado aplicar este decreto, tanto a la vida de los estudiantes por medio de programas de contacto mutuo y servicio de los pobres, cuanto a sus objetivos fundamentales de docencia, investigación y publicaciones. Si es verdad que, de alguna manera, la mayoría de las Universidades de la Compañía se deben esforzar aún más en encarnar esta misión de servicio de la fe y su concomitante promoción de la justicia, ello sólo refleja el reto que todos, como jesuitas, tenemos que encarar para encontrar métodos concretos y eficaces mediante los que poder dirigir instituciones tan grandes y complejas que se conformen con la justicia que Dios mismo anhela y hace posible. Esta tarea es posible: cuenta con mártires que han testimoniado "que una institución superior de enseñanza e investigación puede convertirse en instrumento de justicia en nombre del Evangelio".

9. Evaluación periódica de la correspondencia con la misión. La complejidad de una Universidad de la Compañía puede exigir nuevas estructuras de gobierno y control por parte de ésta que permitan preservar su identidad y facilitar, al mismo tiempo, su relación con el mundo universitario y con el entorno social, incluidas la misma Compañía de Jesús y la Iglesia. Más en concreto, para poder llamarse institución de la Compañía, habrá de evaluar y responder periódicamente ante ésta a fin de comprobar si su dinámica se desarrolla o no en línea con la misión de la Compañía. Los que trabajan en tales Universidades, en cuanto comunidad y en cuanto personas concretas, deberán dedicarse activamente a la institución, orientándola a los fines que la Compañía aspira lograr en ella.

10. Colaboración interdisciplinar e interuniversitaria. Nuestras Universidades deben promover el trabajo interdisciplinar, que implica talante de colaboración y diálogo entre especialistas dentro de la propia Universidad y con los de otras Universidades. De este modo, sirviendo a la fe y promoviendo la justicia en línea propiamente universitaria, podrán descubrir nuevos horizontes y nuevos campos de investigación, enseñanza y extensión universitaria, contribuyendo así a la transformación de la sociedad en busca de niveles más profundos de justicia y libertad. Así tendrán nuestras Universidades mayores oportunidades para promover la colaboración interuniversitaria y, en particular, para emprender proyectos comunes entre las Universidades de la Compañía del primer y del tercer mundo.

11. Oferta de una formación integral. Una Universidad de la Compañía ha de distinguirse también por su oferta de formación humana, social, espiritual y moral, así como por la atención pastoral a sus alumnos y a los diversos grupos de personas que en ella trabajan o que con ella se relacionan.

12. Palabra de ánimo a los compañeros en misión universitaria. Finalmente, es importante recordar lo crucial que es para toda la Iglesia continuar contando con jesuitas ocupados en el trabajo universitario. Son personas consagradas, en el sentido más verdadero y profundo, a la búsqueda de la plenitud de la verdad. A pesar de cualquier apariencia temporal en sentido contrario, estamos persuadidos de que la verdad que buscamos será siempre la definitiva. La verdad, enraizada como está en Dios, nos hará libres. Enviamos una cálida palabra de saludo y aliento a todos los jesuitas consagrados a garantizar y renovar este viejo compromiso de la Compañía con el apostolado universitario.

Decreto 18

EDUCACIÓN SECUNDARIA, PRIMARIA Y POPULAR

presentación

La razón de ser de este breve decreto es confirmar a nuestros compañeros jesuitas y a sus colaboradores -laicos, sacerdotes, religiosos y religiosas, o personas de otros credos- en las tareas educativas, a veces, poco espectaculares.

Muy recientemente se han publicado dos excelentes documentos acerca de la educación primaria y secundaria en los colegios de la Compañía : Características de la Educación de la Compañía de Jesús (1987) y Pedagogía ignaciana : un planteamiento práctico (1993). En parte son el resultado de la importante renovación humanística, pedagógica y apostólica, llevada a cabo en los últimos veinte años, por "muchos jesuitas y personas laicas" en nuestras instituciones educativas. La Congregación General reconoce que ambos documentos iluminan cumplidamente el futuro de nuestro trabajo en este ámbito educacional.

Anima, pues, a que sus ideas y propuestas prácticas se lleven a efecto con la ágil elasticidad que exige la variedad de circun- stancias. Ello requiere "una cuidadosa selección de directores y profesores, jesuitas y no jesuitas, y su adecuada formación en el carisma y pedagogía ignacianos".

En algunas situaciones, - por ejemplo en el Japón - la educación primaria e infantil resulta muy importante. El decreto confirma sobriamente esta importancia y la pertinencia de estos ministerios a nuestro modo de proceder.

En los países en desarrollo se han creado centros de educación popular en zonas rurales y urbanas. El decreto describe las funciones que cumplen, y su contribución a la promoción de la justicia. Recomienda la colaboración entre estos centros y los colegios, universidades y centros sociales.

decreto

SUMARIO : Recientes documentos educativos de la Compañía (1). Selección de directores y profesores, jesuitas y no jesuitas (2). Educación primaria e infantil, servicio a los más pobres (3). Educación popular y promoción de la justicia (4).

1. Recientes documentos educativos de la Compañía. En los últimos veinte años y en respuesta a las Congregaciones Generales recientes, los muchos jesuitas y personas laicas que trabajan en el apostolado de la educación secundaria han iniciado y llevado a cabo una importante renovación apostólica. Nuestras instituciones educativas se han abierto a un número cada vez mayor de estudiantes de grupos económicamente débiles. La calidad de la educación ha mejorado de acuerdo con los principios enunciados en los documentos educativos de la Compañía. La cooperación entre jesuitas y laicos ha aumentado considerablemente con la aportación de las características de ambas partes a la formación integral de los alumnos. Nuestros colegios se han hecho plataformas desde las que adentrarnos en la comunidad: y no sólo la comunidad escolar que incluye padres de familia, amigos, antiguos alumnos y alumnas, sino también hasta los pobres y marginados del vecindario. Más aún, hemos compartido nuestra herencia educativa con quienes nos lo han pedido.

2. Selección de directores y profesores, jesuitas y no jesuitas. La CG 34 se complace en constatar estos progresos y urge a que se lleven adelante. En cuanto la diversidad de las situaciones en las diversas partes del mundo lo permita, las ideas y prácticas derivadas de los documentos mencionados deben inspirar las declaraciones de principios, orientaciones, programas pedagógicos y todo el medio ambiente escolar. El carácter jesuítico de nuestros colegios y la colaboración entre jesuitas y laicos sólo se verá asegurada por medio de una cuidadosa selección de directores y profesores, jesuitas y no jesuitas, y de su adecuada formación en el carisma y pedagogía ignacianos, particularmente la de los que han de ocupar puestos de responsabilidad. En algunos sitios existen ya programas de formación bien pensados. El Secretariado Central para la Educación debería fomentar ese tipo de programas en otras partes, pues pueden producir frutos abundantes para el fin que pretendemos.

3. Educación primaria e infantil: servicio a los más pobres. En respuesta a las distintas situaciones y por varias razones apostólicas, hay en muchas partes jesuitas que se dedican a la educación primaria e infantil. No sólo confirmamos que tales escuelas "son muy importantes y de ningún modo contrarias a nuestro Instituto" sino declaramos también que, por el sólido fundamento académico y religioso que pueden proporcionar durante los primeros años de la formación, constituyen uno de los servicios más efectivos que podemos ofrecer, especialmente a los pobres.

4. Educación popular y promoción de la justicia. El apostolado educativo de la Compañía se ha visto notablemente enriquecido con la aportación de los centros de educación popular creados en zonas rurales y urbanas de países en vías de desarrollo. Estos centros educan jóvenes y adultos de la clase necesitada fuera del sistema escolar tradicional. Mediante una pedagogía participativa organizan programas de alfabetización y dan adiestramiento técnico y social, así como formación ética y religiosa, orientada al análisis y transformación de la sociedad en que viven. Forman a sus alumnos como "hombres y mujeres para los demás" que podrán ejercer la función de líderes en sus comunidades y organizaciones. El número de personas que servimos por medio de estos centros es muy grande. Como medio para la promoción de la justicia, este ministerio de educación popular está plenamente de acuerdo con la misión de la Compañía. Especialmente a la luz del decreto "Servidores de la misión de Cristo", la CG 34 anima a jesuitas, religiosos y laicos a que continúen trabajando en este importante y difícil apostolado y recomienda la colaboración entre los centros de educación popular y los colegios, universidades y centros sociales.

Decreto 19

EL MINISTERIO PARROQUIAL

presentación

Por primera vez en la historia de la Compañía de Jesús, esta Congregación dedicó un decreto al trabajo parroquial. San Ignacio, en las Constituciones, recomendaba a los jesuitas no embarazarse con obligaciones institucionales y habituales ligadas a la territorialidad diocesana. Pues conforme a su vocación, la Compañía "debe ser, cuanto es posible, desembarazada para las misiones de la Sede Apostólica" (Const. [374]) y las tareas apostólicas que, en cada momento, se estimaran de mayor urgencia o trascendencia. Lo que hacía preciso que "las personas de la Compañía deben estar cada hora preparadas para discurrir por unas partes y otras del mundo" (Const. [588]).

Esta tradición y su finalidad persisten hasta el Vaticano II. Este exhortó a los Religiosos a "secundar pronta y fielmente los deseos de los Obispos para recibir cometidos más amplios", "dispuestos,según sus posibilidades, para recibir encomiendas de Parroquias". En consecuencia, la CG 31 (1961) declaró que no debía ya considerarse que la atención parroquial a los fieles fuera contraria a nuestras Constituciones.

Al reunirse la CG 34 (1995) se contaban alrededor de 3.200 jesuitas trabajando en 2.000 parroquias del mundo entero. Por tanto, se estimó, que por primera vez esta Congregación debía consagrar, a ellos y sus tareas, un breve decreto.

1. Se declara que, en circunstancias determinadas, el ministerio parroquial "constituye un apostolado muy apto para realizar nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia" y "ofrece un contexto que favorece la vida y solidaridad con los pobres".

2. La parroquia servida por jesuitas, comparte de corazón los planes de pastoral de las diócesis y "las prioridades apostólicas de la Compañía" y "nuestro modo de proceder".

3. Como comunidad evangelizada y evangelizadora, la parroquia servida por jesuitas, se carateriza por su compromiso "con la justicia y reconciliación". Fomenta el conocimiento y praxis de los Ejercicios Espirituales, y la capacidad de discernimiento espiritual, tanto personal como comunitario. Cultiva la apertura al diálogo ecuménico e interreligioso. Trata de llegar a los cristianos alejados y a los no creyentes. Promueve las condiciones para la participación y liderazgo laicales. Difunde una cultura de la solidaridad que debe trascender los límites de la parroquia.

4. El decreto se ocupa, finalmente, de las cualidades y estilo de trabajo que deben caracterizar a los jesuitas a los que la Compañía encomienda este ministerio.

decreto

SUMARIO : El ministerio parroquial hoy (1-2): Lugar de servicio a la fe y promoción de la justicia (1). Contexto que favorece la vida y solidaridad con los pobres (2). Objetivos y características de una parroquia jesuítica (3-6): Condiciones a cumplir (3). Parroquia jesuítica y espiritualidad ignaciana (4). Abierta al diálogo ecuménico e interreligioso (5). Promueve una "cultura de la solidaridad" (6). El jesuita de parroquia (7-9): Cualidades del jesuita enviado a parroquias (7). En contacto con otros jesuitas y agentes pastorales no jesuitas (8). Dimensiones de su formación (9). Actualización de las normas (10).

El ministerio parroquial hoy

1. Lugar de "servicio a la fe y promoción de la justicia". Unos 3.200 jesuitas trabajan actualmente en 2.000 parroquias desparramadas por todo el mundo. Al mismo tiempo que reconocemos el importante servicio eclesial que representa esta inversión de personal, no sólo afirmamos que "el apostolado parroquial no es contrario a nuestras Constituciones", sino afirmamos además que, en ciertas circunstancias, constituye un apostolado muy apto para realizar nuestra misión de servicio de la fe y promoción de la justicia.

2. Más aún, la parroquia ofrece un contexto que favorece la vida y solidaridad con los pobres.

Objetivos y características de una parroquia jesuítica

3. Condiciones a cumplir. Una parroquia es jesuítica si, dentro de su compromiso con los objetivos y orientaciones de la Iglesia local, "comparte las prioridades apostólicas de la Compañía" y el proyecto apostólico de la Provincia, conforme a "nuestro modo de proceder". Es central en su vida que la parroquia se reúna como comunidad para celebrar sus alegrías, luchas y esperanzas en la Eucaristía, la Palabra y los demás sacramentos, todo ello de forma bien planificada, creativa e inculturada. Debe hacerse una comunidad evangelizada y evangelizadora, comprometida con "la justicia y la reconciliación", y procurar que las devociones populares respondan a las necesidades contemporáneas.

4. Parroquia jesuítica y espiritualidad ignaciana. La parroquia jesuítica recibe energía de la espiritualidad ignaciana, especialmente por medio de los Ejercicios Espirituales y el discernimiento individual y comunitario. Procura organizar programas de catequesis y formación personales y familiares bien elaborados, y facilita oportunidades para la dirección espiritual y asesoramiento pastoral. El modelo de elección de los Ejercicios Espirituales ayuda a discernir la propia vocación personal.

5. Abierta al diálogo ecuménico e interreligioso. La parroquia se abre progresivamente al diálogo ecuménico e interreligioso, y trata de llegar a los cristianos alejados y a los no creyentes. Se va haciendo una iglesia participativa empleando medios como las comunidades humanas y eclesiales de base, y promueve oportunidades para la participación y liderazgo laicales.

6. Promueve una "cultura de la solidaridad". En su servicio de la fe, la parroquia jesuítica está llamada a desarrollar estrategias para promover la justicia local y global tanto por medio de la conversión personal como del cambio estructural. Asociándose con otras obras apostólicas de la Compañía y organizaciones eclesiales y civiles, impugna todas las formas de discriminación y aporta una auténtica cultura de solidaridad que transciende los límites parroquiales.

El jesuita de parroquia

7. Cualidades del jesuita enviado a parroquias. El jesuita es enviado a una parroquia, sea o no de la Compañía, para hacer una aportación relevante a la vida de ésta. Debería ser escogido por la espiritualidad que vive y por su competencia pastoral. Debe tener la capacidad de relacionarse positivamente con grupos de diversas edades y de trabajar en equipo con el laicado y los otros miembros del personal parroquial.

8. En contacto con otros jesuitas y agentes pastorales no jesuitas. Los jesuitas ocupados en parroquias deberán estar en contacto permanente con otros jesuitas, párrocos diocesanos y religiosos que trabajan en la zona. Deberían dedicar tiempo a la reflexión colectiva y la acción común.

9. Dimensiones de su formación. Para ser párroco, el jesuita deberá estar adiestrado en homilética, liturgia, catequesis, análisis sociocultural, comunicaciones sociales y gestión de situaciones conflictivas. Tampoco le deberán faltar oportunidades de contacto con parroquias modelo y centros de formación pastoral para su formación permanente. También se recomiendan experimentos apostólicos en parroquias desde el comienzo de nuestra formación.

Actualización de las normas.

10. Encargamos al Padre General que evalúe y actualice las normas existentes para aceptar y dejar parroquias y que comunique los resultados de este análisis a toda la Compañía. Dada la gran variedad de tipos de parroquia en el mundo, los Provinciales tendrán que adaptar estas normas a su situación local.

Decreto 20

ECOLOGÍA

(Recomendación al P. General)

presentación

La preocupación de los jesuitas por la Ecología se puso de manifiesto en una variedad de postulados llegados de las distintas regiones de la Compañía, que urgían a la CG a tomar partido acerca del tema. Estos postulados se agrupaban en dos grupos :

a) El primero subrayaba la interdependencia entre la promoción de la justicia y el desafío planteado por la degradación del medio ambiente. Pues la había entre las cuestiones ecológicas y los problemas demográficos y económicos. Subrayaba nuestra responsabilidad respecto a las generaciones futuras. Por la referida interdependencia, la opción por los pobres no podía separarse de la "opción por la tierra". Urgidos por la necesidad de un rápido desarrollo, los países pobres ven cómo su medio entra también en rápida degradación.

b) El segundo insistía en la afinidad entre la espiritualidad de los Ejercicios y la sensibilidad para la integridad y la seguridad de la creación. Dios manifiesta su gloria y su amor en su creación, ha hecho del mundo sistema simbólico de su comunicación con nosotros. La solicitud por las criaturas del mundo y por su conjunto, es inseparable de una espiritualidad que busca a Dios en todas las cosas y que las ama a todas en El.

La Congregación General había hecho ya dos alusiones significativas a la cuestión ecológica (D.3, nº9 y D.4, final del nº 21). Pero consciente de la importancia del problema y su complejidad, y deseando tratar todos sus términos con la verdad y profundidad requeridas, recomendó al P.General un estudio cuyos resultados pudieran comunicarse a toda la Compañía.

La recomendación señala tres preocupacione al estudio encomendado: la afinidad de nuestra espiritualidad con las respuestas requeridas por el problema; en qué manera podemos colaborar a su solución desde la variedad de nuestros ministerios; cómo afecta el problema a nuestro estilo de vida y a las decisiones de nuestras instituciones.

recomendación

SUMARIO : Entre el desarrollo y la ecología (1); Cuestiones a estudiar (2)

1. Entre el desarrollo y la ecología. El debate contemporáneo entre Desarrollo y Ecología se plantea con frecuencia en términos que lo describen como oposición entre los deseos del Primer Mundo y las necesidades del Tercero; estos términos se refieren en realidad a muchos problemas mundialmente interrelacionados. La Compañía de Jesús puede contribuir a superar algunos elementos de ese dilema, estimulando tanto la conciencia internacional como la acción local. Los muchos Postulados recibidos ofrecen ricas sugerencias sobre este tema.

2. Cuestiones a estudiar. La CG 34 recomienda al Padre General un estudio sobre las siguientes cuestiones:

- cómo nuestra espiritualidad ignaciana nos proporciona base para una respuesta universal,

- cómo pueden nuestros apostolados contribuir desde su situación específica, y cómo pueden promover una colaboración efectiva,

- cómo afecta esta problemática a nuestro estilo de vida y a las decisiones que adoptemos en nuestras instituciones.

Los resultados de este estudio podrán comunicarse a toda la Compañía como una orientación para nuestro modo de proceder.


 

CONCLUSIÓN

 

 

26. Características de nuestro modo de proceder.

Decreto 26

CARACTERÍSTICAS DE

NUESTRO MODO DE PROCEDER

presentación

"Nuestro modo de proceder" es una expresión familiar y querida de los jesuitas, desde sus orígenes. Gustó también a los reunidos en la Congregación General 34 que, con el decreto conclusivo así titulado, quisieron comunicar, al final de la Congregación, dos mensajes.

Proviniendo de muy diversas naciones y culturas, hablando lenguas diferentes, actuando en medio de situaciones sociales a menudo contrarias, nos reconocemos y deseamos ser reconocidos por características de una conducta inspirada por un estilo inconfundible: no exclusivo, pero sí característico.

Conscientes de vivir en las diversas partes del mundo un tiempo de éxodo y peregrinación, creemos que las características más decisivas de nuestros orígenes constituyen también horizontes que abren caminos convergentes al futuro de nuestra misión.

Así, con lealtad al pasado y esperanza de futuro, el decreto sugiere algunas de las características de esta identidad: profundo amor personal a Jesucristo, contemplativos en la acción, cuerpo apostólico en la Iglesia, en solidaridad con los más necesitados, en compañerismo con otros, penetrando el celo apostólico con el estudio y la instrucción, hombres enviados y siempre disponibles para nuevas misiones, siempre en busca del "magis".

El decreto se esfuerza por detallar en términos contemporáneos estas características de nuestro modo de proceder, de nuestro "modo de orar, de vivir, de actuar". Pero cada uno de los desarrollos va introducido por algun texto de los documentos fundacionales, entrañablemente familiares.

El documento termina con la oración del padre Arrupe que los lectores encontrarán también en la contraportada.

decreto

SUMARIO: El modo de proceder de la Compañía (1). Características a subrayar hoy (2). 1. Profundo amor personal a Jesucristo (3-5): Compañeros de Jesús (4). El don contracultural de Cristo (5). 2. Contemplativos en la acción (7-8): Trabajo de Dios en todas las cosas (7). Colaborar con Dios y a su manera (8). 3. Un Cuerpo apostólico en la Iglesia (9-11): Compañía de amor (10). Al servicio del Señor y de su esposa, la Iglesia (11). 4. En solidaridad con los más necesitados (12-14): Predicando en pobreza (13). Aprendiendo de los pobres (14). 5. Compañerismo con otros (15-17): Preparar la venida del Reino requiere cooperación (16). Una amplia red de relaciones (17). 6. Llamados a un ministerio instruido (18-20): Humildes e instruidos (19). Capaces de proponer alternativas (20). 7. Hombres enviados, siempre disponibles para nuevas misiones (21-24): Para acudir a las necesidades más desatendidas (22). Disponibles para ser enviados a cualquier parte del mundo (23). Deseosos de comunicar este espíritu de misión (24). 8.Siempre en busca del "magis" (25-27): Sentido del "magis" (26). Una cierta agresividad apostólica (27). Conclusión (28-29): Una especie de reto (28). La oración de Pedro Arrupe (29).

1. El modo de proceder de la Compañía. Hay actitudes, valores y patrones de conducta que, juntas, forman lo que se ha llamado el modo de proceder de la Compañía. Las características de nuestro modo de proceder nacieron en la vida de San Ignacio y fueron compartidas por sus primeros compañeros. Jerónimo Nadal escribe que "la forma de la Compañía está en la vida de Ignacio". "Dios nos lo puso como un ejemplo vivo de nuestro modo de proceder".

2. Características a subrayar hoy. La CG 34 ha considerado cuáles de estas características debemos subrayar especialmente hoy y qué forma han de revestir en las nuevas situaciones y en los cambiantes ministerios en los que trabajamos. Sugerimos las siguientes.

1. Profundo amor personal a Jesucristo

3. Será aquí demandar conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más le ame y le siga.

4. Compañeros de Jesús. Con remordimiento, gratitud y asombro, pero sobre todo con amor apasionado, Ignacio primero, y luego cada jesuita siguiendo su ejemplo, ha orado a "Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz" y se ha preguntado "lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo". Esas preguntas brotan de lo íntimo de un corazón conmovido por un profundo agradecimiento y amor. Esta es la gracia fundacional que une nos a Jesús y entre nosotros mismos. "¿Qué significa ser jesuita? Reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio". La misión del pecador reconciliado es la misión de la reconciliación: el trabajo de la fe que obra la justicia. El jesuita da gratis lo que gratis ha recibido: el don del amor redentor de Cristo.

5. El don contracultural de Cristo. Hoy llevamos este don contracultural de Cristo a un mundo seducido por una autorealización egoísta, el lujo y la vida cómoda, a un mundo que aprecia el prestigio, el poder y la autosuficiencia. En un mundo así, predicar a Cristo pobre y humilde con fidelidad y valor conlleva esperar humillaciones, persecución y hasta la muerte. Lo hemos visto en nuestros hermanos bien recientemente. Pero aun así continuamos adelante con resolución por "desear parecer e imitar en alguna manera a nuestro Creador y Señor Jesucristo..., como sea la vía que lleva los hombres a la vida". Hoy como ayer, es la profunda identificación personal con Jesús, el Camino, lo que caracteriza principalmente el modo de proceder de nuestra Compañía.

2. Contemplativos en la acción

6. No dejaré de recordar aquella gracia que tenía en todas las circunstancias, mientras trabajaba o conversaba, de sentir la presencia de Dios y de gustar las cosas espirituales, de ser contemplativo aun en medio de la acción; solía significar esto diciendo: encontrar a Dios en todas las cosas.

7. Trabajo de Dios en todas las cosas. El Dios de Ignacio es el Dios que trabaja en todas las cosas: laborando por la salvación de todos, como en la "Contemplación para alcanzar amor"; trabajando inmediata y directamente con el ejercitante, según las Anotaciones 15 y 16; como Cristo, Rey Eternal, que trabaja para liberar el mundo; dando comienzo, preservando, dirigiendo y haciendo avanzar la Compañía de Jesús, como se dice al comienzo y fin de las Constituciones.

8. Colaborar con Dios y a su manera. Para el jesuita, por lo tanto, no sería adecuada una respuesta cualquiera a las necesidades de los hombres y mujeres de hoy. La iniciativa debe venir del Señor que labora en los acontecimientos y en las personas aquí y ahora. Dios nos invita a unirnos a El en sus trabajos, con sus condiciones y a su manera. Descubrir al Señor y unirnos a El, trabajando para llevarlo todo a plenitud, es central en el modo de proceder de la Compañía. Es el método ignaciano de discernimiento orante, que puede ser descrito como "experiencia, reflexión, opciones, acción; todo ello en una constante interrelación según el ideal del 'contemplativo en la acción'". A través del discernimiento apostólico, individual y comunitario, vivido en la obediencia, el jesuita asume la responsabilidad de sus decisiones apostólicas en el mundo de hoy. Tal discernimiento se abre para abarcar también la amplia comunidad de compañeros con quienes trabajamos en la misión.

3. Un Cuerpo apostólico en la Iglesia

9. Finalmente decidimos afirmativamente, a saber, que... no deberíamos romper esta unidad y compañía constituida tan divinamente sino más bien fortalecerla y consolidarla aún más, formándonos en un solo cuerpo...

10. Compañía de amor. Los primeros jesuitas serían enviados, en cuanto fuera posible, en grupos de al menos dos, siguiendo el ejemplo de Jesús. Pero aun cuando estuvieran dispersos, los lazos de unión con los superiores y entre ellos mismos permanecían fuertes a través de una constante comunicación y de las cartas que urgía Ignacio y, de una manera muy especial, a través de la cuenta de conciencia. Javier, atareado lejos de Roma en las Indias, lo expresó lapidariamente: "Compañía de Amor".

11. Al servicio del Señor y de su esposa, la Iglesia. Los jesuitas de hoy nos unimos porque cada uno de nosotros ha escuchado la llamada de Cristo, Rey Eternal. De esta unión con Cristo fluye necesariamente el amor mutuo. No somos meramente compañeros de trabajo; somos amigos en el Señor. La comunidad a la que pertenecemos es el cuerpo entero de la Compañía, por dispersa que esté sobre la faz de la tierra. Provenimos de muchas naciones y culturas, hablamos lenguas diferentes, pero esta diversidad no amenaza, sino que enriquece nuestra unión. En la oración compartida, en la conversación y en la celebración de la Eucaristía, cada uno de nosotros encuentra los recursos espirituales necesarios para una comunidad apostólica. Y en nuestro servicio al Señor y a su Esposa la Iglesia, Pueblo de Dios, estamos especialmente unidos al Romano Pontífice, para ser enviados a las misiones que él nos confíe. Como hombres de Iglesia, no podemos menos que pensar con la Iglesia, guiada por el Espíritu del Señor Resucitado.

4. En solidaridad con los más necesitados

12. A mayor gloria de Dios N.S. lo que principalmente en esta jornada de Trento se pretende por nosotros... es predicar, confesar y leer, enseñando a muchachos, dando ejercicios, visitando pobres en hospitales, y exhortando a los prójimos, según que cada uno se hallare con este o con aquel talento para mover las personas que pudiéremos a devoción y oración....

13. Predicando en pobreza. Ignacio y sus seguidores comenzaron su predicación en pobreza. Trabajaron con los poderosos y los sin poder, con príncipes, reyes y obispos, pero también con las mujeres de la calle y con las víctimas de la peste. Conectaron su ministerio con los poderosos a las necesidades de los sin poder.

14. Aprendiendo de los pobres. Hoy en día, sea cual sea nuestro ministerio, nos hacemos solidarios con los pobres, los marginados y los sin voz, para que puedan participar en los procesos que modelan la sociedad en la que todos vivimos y trabajamos. Ellos, a su vez, nos instruyen acerca de nuestra pobreza como ningún documento podría hacerlo. Nos ayudan a entender el sentido de la gratuidad de nuestros ministerios, a dar gratis lo que gratis hemos recibido, a dar nuestras mismas vidas. Nos muestran el modo de inculturar los valores del Evangelio en situaciones donde Dios está olvidado. A través de esta solidaridad llegamos a ser "agentes de inculturación".

5. Compañerismo con otros

15. ... por la mesma razón del bien ser más universal, por la qual también la ayuda que se hiciese a gentes grandes como a las Indias, o a pueblos principales o a Universidades, donde suelen concurrir más personas, que ayudadas podrán ser Operarios para ayudar a otros, deben preferirse.

16. Preparar la venida del Reino requiere cooperación. La participación y la cooperación con otros en el ministerio no es una estrategia pragmática motivada por una disminución de efectivos, sino una dimensión esencial de nuestro actual modo de proceder. Encuentra su raíz en la conciencia de que la preparación de nuestro mundo complejo y dividido para la venida del Reino requiere una pluralidad de dones, perspectivas y experiencias, tanto internacionales como multiculturales.

17. Una amplia red de relaciones. De esa manera cooperamos con laicos y laicas, con religiosos y religiosas, sacerdotes y obispos de la Iglesia local donde servimos, con los miembros de otras religiones y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad. En la medida en que desarrollamos una amplia red de relaciones respetuosas y productivas, cumplimos la oración sacerdotal de Cristo: "que todos sean uno" (Jn. 17,20).

6. Llamados a un ministerio instruido

18. Después que el dicho pelegrino entendió que era voluntad de Dios que no estuviese en Jerusalén, siempre vino consigo pensando qué haría, y al final se inclinaba más a estudiar algún tiempo para poder ayudar a las ánimas, y se determinaba ir a Barcelona....

19. Humildes e instruidos. Ignacio comprendió muy pronto la necesidad de instrucción para el servicio de la fe y el ministerio de la Palabra. En la Formula escribe: "este Instituto pide hombres del todo humildes y prudentes en Cristo, y señalados en la pureza de la vida cristiana y en las letras". Desde entonces ha sido característico de la Compañía mantener en tensión creativa este requisito ignaciano del uso de todos los medios humanos, ciencia, arte, erudición, virtud natural, con una total confianza en la gracia divina.

20. Capaces de proponer alternativas. Hoy en nuestro apostolado, respetamos y apreciamos lo que es bueno en la cultura contemporánea, sin dejar de proponer críticamente alternativas para los aspectos negativos de esa misma cultura. En el contexto de los complejos retos y oportunidades de nuestro mundo contemporáneo, nuestro ministerio requiere toda la erudición e inteligencia, imaginación y perspicacia, estudios sólidos y análisis rigurosos que podamos acumular. Superar ignorancias y prejuicios mediante el estudio y la enseñanza, hacer realmente del Evangelio una "Buena Noticia" a través de la reflexión teológica en un mundo confuso y turbado, es una de las características de nuestro modo de proceder.

7. Hombres enviados, siempre disponibles para nuevas misio nes

21. ... y si no consiguiesen permiso para quedarse en Jerusalén; volver a Roma y presentarse al Vicario de Cristo, para que los emplease en lo que juzgase ser de más gloria de Dios y utilidad de las almas.

22. Para acudir a las necesidades más desatendidas. Nadal, al promulgar las Constituciones se pregunta: ¿Por qué hay jesuitas? Ya hay sacerdotes diocesanos y obispos. Y contesta simplemente que nuestro carisma, nuestra misma razón de existir, es acudir adonde las necesidades están desatendidas. Nuestro modo de proceder facilita esta movilidad.

23. Disponibles para ser enviados a cualquier parte del mundo. El jesuita es esencialmente un hombre para la misión, misión que recibe del Santo Padre y de su propio superior religioso, pero en último término del mismo Jesucristo, el Enviado por el Padre. "Las personas de esta Compañía deben estar cada hora preparadas para discurrir por unas partes y otras del mundo, adonde fueren enviadas por el Sumo Pontífice o sus Superiores".

24. Deseosos de comunicar este espíritu de misión. Y así, otra de las características de nuestro modo de proceder consiste en vivir con libertad operativa: abiertos, adaptables, hasta deseosos de cualquier misión que se nos pueda encomendar. En efecto, nuestro ideal es una consagración incondicional a la misión, libres de todo interés mundano y libres para todos los hombres y mujeres. Nuestra misión se extiende también a promover ese mismo espíritu de misión en los demás.

8. Siempre en busca del magis

25. Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su rey eterno y señor universal, no solamente offrescerán sus personas al trabajo, más aún... harán oblaciones de mayor stima y mayor momento.

26. Sentido del "magis". El magis no es simplemente una más en la lista de características del jesuita. Las impregna todas. La vida entera de Ignacio fue la búsqueda de un peregrino hacia el magis, la siempre mayor gloria de Dios, el siempre más cabal servicio de nuestro prójimo, el bien más universal, los medios apostólicos más efectivos. "La mediocridad no tenía puesto en la cosmovisión de Ignacio".

27. Una cierta agresividad apostólica. El jesuita nunca está satisfecho con lo establecido, lo conocido, lo probado, lo ya existente. Nos sentimos constantemente impulsados a descubrir, redefinir y alcanzar el magis. Para nosotros, las fronteras y los límites no son obstáculos o términos, sino nuevos desafíos que encarar, nuevas oportunidades por las que alegrarse. En efecto, lo nuestro es una santa audacia, "una cierta agresividad apostólica", típica de nuestro modo de proceder.

Conclusión

28. Una especie de reto. Nuestro modo de proceder es una especie de reto. Es el acicate causante de "que el hijo de la Compañía actúe siempre y reaccione ante las más imprevistas circunstancias de un modo coherentemente ignaciano y jesuítico".

29. La oración de Pedro Arrupe. Dios quiera que vivamos siempre con más fidelidad este camino de Cristo modelado por San Ignacio para nosotros. Para lograrlo, oramos con la oración del P.Pedro Arrupe:

Señor: meditando el modo nuestro de proceder he descubierto que el ideal de nuestro modo de proceder es el modo de proceder tuyo.

Dame, sobre todo, el 'sensus Christi'...: que yo pueda sentir con tus sentimientos, los sentimientos de tu Corazón con que amabas al Padre y a los hombres.

Enséñame a ser compasivo con los que sufren: con los pobres, con los leprosos, con los ciegos, con los paralíticos.

Enséñanos tu 'modo' para que sea 'nuestro modo' en el día de hoy y podamos realizar el ideal de Ignacio: ser compañeros tuyos, 'alter Christus', colaboradores tuyos en la obra de la redención.

 

ANEXO

DECRETO 4 de la C. G. XXXII

(1974-1975)

NUESTRA MISIÓN HOY

presentación

Entre las orientaciones dadas a los jesuitas por las cuatro Congregaciones Generales que acompañan el gran giro realizado por la Iglesia desde el Vaticano II, ocupa una decisiva posición el decreto 4º de la Congregación General 32 (1974-1975), titulado Nuestra misión hoy. El lector de los anteriores documentos lo habrá advertido. Representa un momento tan decisivo que el P. General, Hans-Peter Kolvenbach, en su convocatoria de la CG 34, escribía : "...encarar las nuevas exigencias apostólicas con el renovado impulso dado por la CG 32 con el decreto 4..." En nuestro argot, los jesuitas lo llamamos simplemente así :el decreto 40. Nos ha parecido, por estas razones, reproducirlo prácticamente integro en este apéndice.

Algunas claves para su mejor interpretación:

1. Como lo refleja su título, el decreto 40 representó en la Congregación General 32 y para las tareas de la Compañía en los años siguientes, la misma función que cumplen en la Congregación General 34 los cuatro decretos sobre Nuestra misión.

2. No resulta posible comprender la significación eclesial y aun mundial del decreto si no se tienen presentes las reflexiones de los dos Sínodos de los Obispos que precedieron a aquella Congregación, sobre dos temas decisivos: la Justicia en el mundo(1971) y la Evangelización del mundo contemporáneo (1975).

3. Lo más original del decreto reside en que, al presentar la actualización de las tareas apostólicas de nuestra compleja misión, reformula ésta rotunda y sobriamente como "el servicio de la fe, del cual la promoción de la justicia es una exigencia absoluta". Al hacerlo no subraya tan sólo que de la fe vivida nace inevitablemente la promoción de la justicia. También al revés :"no hay promoción cristiana de la justicia integral, sin un anuncio de Jesucristo y del misterio de la reconciliación".

4. El esquematismo y rotundidez de la formulación, el nuevo lenguaje, la concentración de temas asociados, como la cercanía preferencial a los pobres, el fomento de comunidades de inserción, la acción sobre las estructuras, abrió nuevos horizontes a muchos jesuitas en formación. Pero también, como lo reconoció la CG 33, en 1983, "esta nueva comprensión de nuestra misión desencadenó ciertas tensiones tanto en la Compañía como fuera de ella" (D.1, 33).

5. El camino andado en los doce años que median entre la CG 33 y la CG 34 (1995), ha sido el camino de una lenta pero profundizada asimilación del decreto 49 por el cuerpo de la Compañía, al mismo tiempo que una pacifica superación de sus posibles estrecheces y unilateralidades. En estos años una convicción creciente va sedimentandose en la conciencia apostólica de la Compañía : la misión de servir a la fe promoviendo la justicia, se ensancha hacia el diálogo transformador con las diversas culturas y entre las diversas religiones. Convicción y experiencias que se reelaboran en los cuatro decretos sobre la misión de la CG 34 que el lector ya conoce.

DECRETO

Introducción y sumario

1. Desde todas las regiones, los jesuitas han presentado numerosas peticiones a la Congregación General XXXII urgiendo que se tomen opciones claras y orientaciones precisas acerca de nuestra misión en el mundo actual. La Congregación General XXXII responde aquí a estas peticiones.

2. Dicho brevemente: la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta, en cuanto forma parte de la reconciliación de los hombres exigida por la reconciliación de ellos mismos con Dios.

3. Ciertamente ésta ha sido siempre, bajo modalidades diversas, la misión de la Compañía: esta misión adquiere empero un sentido nuevo y una urgencia especial, en razón de las necesidades y las aspiraciones de los hombres de nuestro tiempo, y, bajo esta luz, queremos considerarla con una mirada nueva. Nos encontramos efectivamente en presencia de toda una serie de nuevos desafíos.

4. Por primera vez hay hoy sobre la tierra un total de más de dos mil millones de hombres y mujeres que no conocen al Padre ni a Aquel que Él envió, su Hijo, Jesucristo, aunque tienen una sed ardiente de este Dios al que adoran en el secreto de su corazón, sin conocerle explícitamente.

5. Al mismo tiempo, buen número de nuestros contemporáneos, fascinados, incluso dominados, por los poderes de la razón humana, pierden el sentido de Dios, bien echando en olvido o bien rechazando el misterio del sentido último del hombre.

6. Además, nuestro mundo, caracterizado por una interdependencia creciente, está, sin embargo, dividido por la injusticia no sólo de las personas, sino encarnada también en las instituciones y las estructuras socio-económicas, que dominan la vida de las naciones y de la comunidad internacional.

7. Nuestra respuesta a estas nuevas urgencias no será válida si no es total, común, enraizada en la fe y en la experiencia multiforme:

- Total: debemos apoyarnos en una oración ferviente; actuar en la certeza de que sólo Dios puede convertir el corazón del hombre, y, simultáneamente, dedicar todo lo que somos y tenemos: nuestras personas, nuestras comunidades, nuestras instituciones, nuestros apostolados, nuestros recursos.

- Común: cada uno colaborará a la misión del conjunto, según sus aptitudes y sus funciones, viviendo el cuerpo entero de la concertación de estos esfuerzos, bajo la dirección del Sucesor de Pedro, responsable de la Iglesia Universal a la cabeza de todos aquellos a los que el Espíritu ha establecido como pastores de las Iglesias.

- Enraizada en la fe tanto como en la experiencia: esta nos enseñará cómo responder mejor a las nuevas necesidades nacidas de nuevas situaciones.

- Multiforme: siendo diferentes las situaciones en unas y otras partes del mundo, nos es preciso desarrollar nuestras capacidades de adaptación para actuar con la flexibilidad requerida, teniendo siempre ante los ojos el objetivo único y constante del servicio de la fe y de la promoción de la justicia.

8. Si el mundo nos sitúa ante nuevos desafíos pone también a nuestra disposición nuevos instrumentos: medios más adecuados, sea para conocer al hombre, la naturaleza, la sociedad, sea para comunicar pensamientos, imágenes y sentimientos, y para hacer nuestra acción más eficaz. Hemos de aprender a servirnos de ellos en favor de la evangelización y del desarrollo del hombre.

9. Deriva de ello la necesidad de una reevaluación de nuestros métodos apostólicos tradicionales de nuestras actitudes, de nuestras instituciones, a fin de adaptarlas a las nuevas exigencias de nuestra época y más ampliamente, de un mundo en rápido cambio.

10. Esto exige discernimiento: el discernimiento espiritual que San Ignacio nos enseña en la experiencia de los Ejercicios. Hemos de aplicarlo, igualmente, para conocer más profundamente movimientos, aspiraciones y combates que agitan a nuestros contemporáneos: cuanto conmueve el corazón de la Humanidad.

11. Nuestra misión hoy es, pues, predicar y hacer conocer a Cristo de tal manera que todos puedan reconocer a Aquel que, desde el origen del mundo ha querido hacerse presente entre los hijos de los hombres y se ha complacido en trabajar en su historia (cfr., Prov 8, 22-31; Col 1,15-20).

12. En el cumplimiento de esta misión debemos persuadirnos más que nunca que «los medios que juntan el instrumento con Dios y le disponen para que se rija bien de su divina mano, son más eficaces que los que le disponen para con los hombres» (Const. 813) .

1. Nuestra misión: ayer y hoy

El carisma de la Compañía.

13. La misión que hemos sido llamados a compartir es la de la Iglesia misma; revelar a los hombres el amor de Dios Nuestro Padre, amor que se hace promesa de vida eterna. De la mirada con que Dios mira al mundo surge la misión de Jesús, venido para servir y dar su vida en rescate por muchos (cfr., Mat 20,38). De la misión de Jesús nace a su vez la común misión de los cristianos, miembros de la Iglesia enviada a los hombres para revelarles la salvación y para trabajar en el florecimiento de la «vida en abundancia" (cfr., Jn 10, 10; Mt 9,36; 10,1-42 y Jn 6).

14. Ignacio y los otros primeros compañeros quisieron, en la experiencia espiritual de los Ejercicios, mirar atentamente al mundo de su tiempo para descubrir sus interpelaciones. Contemplaban detenidamente cómo «las tres personas divinas miraban toda la planicie o redondez de todo el mundo llena de hombres» y decidían «que la segunda Persona se haga hombre para salvar el género humano». Y, con Dios, se quedaban considerando ellos mismos a los hombres de su tiempo «en tanta diversidad, así en trajes como en gestos, unos blancos y otros negros; unos en paz y otros en guerra; unos llorando y otros riendo; unos sanos y otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo, etcétera. Buscaban así cómo podrían, en respuesta a la llamada de Cristo Señor, trabajar en la instauración de su Reino.

15. Unidos en una misma visión de fe, fortificados por la misma esperanza y arraigados en un mismo amor de Cristo, del que querían ser compañeros, Ignacio y su primer equipo apostólico estimaron que servirían tanto más eficazmente a sus contemporáneos cuanto más estrechamente unidos estuviesen entre sí en un mismo cuerpo religioso, apostólico, sacerdotal y unido al Sucesor de Pedro por un especial lazo de amor y servicio, expresivo de su total disponibilidad para la misión universal de la Iglesia.

16. A la luz de su ejemplo, nos sentimos invitados a vivir más resueltamente la dimensión propiamente apostólica de nuestra vida religiosa. Nuestra consagración a Dios, efectivamente, es repudio profético de los ídolos que el mundo está siempre tentado de adorar: dinero, placer, prestigio, poderío. Nuestra pobreza, nuestra castidad y nuestra obediencia deben testimoniarlo visiblemente, pese a lo imperfecto de toda anticipación del Reino que está por venir, ellas quieren proclamar la posibilidad evangélica, que es don de Dios, de una comunión entre los hombres basada sobre la participación y no sobre el acaparamiento, sobre la disponibilidad y la apertura y no sobre la busca de privilegios de castas, de clases o de razas, sobre el servicio y no sobre la dominación o la explotación. Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo tienen necesidad de esta esperanza escatológica, y de signos de su realización ya anticipada.

17. En fin, las Cartas Apostólicas de Paulo III (1540) y de Julio III (1550) reconocen a la Compañía de Jesús como «fundada principalmente para emplearse toda en la defensa y dilatación de la santa fe católica, en ayudar a las almas en la vida y doctrina cristiana, predicando, leyendo públicamente y ejercitando los demás oficios de enseñar la palabra de Dios, dando los ejercicios espirituales, instruyendo a los niños y a los ignorantes en la doctrina cristiana, oyendo las confesiones de los fieles y ministrándoles los demás sacramentos para espiritual consolación de las almas. Y también es instituida para pacificar los desavenidos, para socorrer y servir con obras de caridad a los presos de las cárceles y a los enfermos de los hospitales, según que juzgáremos ser necesario para la gloria de Dios y para el bien universal. Estas referencias a nuestros orígenes siguen siendo capitales para nosotros.

Hoy

18. Hoy día, la misión de la Compañía es un servicio presbiteral de la fe: tarea apostólica que pretende ayudar a los hombres a abrirse a Dios y a servir según todas las exigencias e interpelaciones del Evangelio. Pues la existencia según el Evangelio es una vida purificada de todo egoísmo y de toda busca de la propia ventaja, así como de toda forma de explotación del prójimo. Es una vida en la que resplandece la perfecta justicia del Evangelio, que dispone no sólo a reconocer y respetar los derechos y la dignidad de todos, especialmente de los más pequeños y débiles sino, aún más, a promoverlos eficazmente y a abrirse a toda miseria, aun la del extraño o enemigo, hasta el perdón de las ofensas y la victoria sobre las enemistades por la reconciliación. Tal disposición del alma no se obtiene por las solas fuerzas del hombre; es un fruto del Espíritu. Él transforma los corazones y los llena de la misericordia y de la fuerza misma de Dios, que ha revelado su justicia obrando misericordia, cuando éramos aún pecadores, y llamándonos a su amistad. En este sentido la promoción de la justicia aparece como parte integrante del servicio presbiteral de la fe.

19. En su alocución del 3 de diciembre de 1974, el Papa Pablo VI nos ha confirmado «como expresión moderna de nuestro voto de obediencia al soberano Pontífice» la misión de hacer frente a las múltiples formas del ateísmo contemporáneo, misión confiada a la Compañía con ocasión de la Congregación General XXXI. Allí hacía igualmente el elogio de los jesuitas insignes que estuvieron presentes, en el curso de los siglos, en las encrucijadas de las ideologías y en el corazón de los conflictos sociales, allí donde se encuentran cara a cara las más ardientes aspiraciones de los hombres con el mensaje permanente del Evangelio. Si queremos permanecer fieles tanto a la característica propia de nuestra vocación como a esta misión recibida del Soberano Pontífice, es preciso que «contemplemos» nuestro mundo de la manera que San Ignacio miraba el de su tiempo, a fin de ser captados de nuevo por la llamada de Cristo, que muere y resucita en medio de las miserias y aspiraciones de los hombres.

20. Millones de entre ellos, que tienen nombre y rostro, sufren pobreza y hambre, el desigual e injusto reparto de los bienes y recursos, las consecuencias de la discriminación social, racial y política. En todas partes la vida del hombre y su cualidad propia se ven cada día amenazadas. A pesar de las posibilidades abiertas por la técnica, se hace más claro que el hombre no está dispuesto a pagar el precio de una sociedad más justa y más humana.

21. Y estos problemas- ¿quién no lo percibe, al menos confusamente? son personales y espirituales tanto como sociales y técnicos. Está en juego el sentido mismo del hombre, de su futuro y de su destino. No tiene hambre sólo de pan, sino también de la Palabra de Dios (Dt 8,3; Mt 4,4). Esta es la razón de que haya que anunciar el Evangelio con un vigor nuevo, y vuelva a poder ser comprendido. A primera vista, por otra parte, Dios puede parecer ausente de la vida pública y aun de la conciencia de los hombres: en todas partes, sin embargo, si sabemos estar alerta, percibiremos que esos mismos hombres tantean en busca de Jesucristo y esperan su Reino de amor, de justicia y de paz.

22. Los dos últimos Sínodos de los Obispos, con sus reflexiones sobre la Justicia en el mundo y la Evangelización del mundo contemporáneo, han robustecido nuestra convicción acerca de estas esperanzas y de esta convergencia. Ellos nos indican las vías concretas del testimonio que debemos dar y de nuestra misión hoy.

23. Estos problemas y expectaciones son verdaderamente nuestros. Porque nosotros mismos tenemos parte en la ceguera y en la injusticia que acabamos de describir, y tenemos necesidad de ser evangelizados, de encontrarnos con Cristo, que actúa hoy con la potencia de su Espíritu. Al mismo tiempo, es a este mundo al que somos enviados: sus necesidades y sus aspiraciones son una llamada lanzada en la dirección del Evangelio, cuyo anuncio es nuestra misión.

2. Nuevos desafíos

Nuevas necesidades y expectaciones

24. Un primer hecho caracteriza al mundo a evangelizar hoy: por todas partes, en situaciones muy diversas, tenemos que anunciar a Jesucristo a hombres y mujeres que, a decir verdad, o no han oído nunca hablar de El o no le conocen sino imperfectamente

a) En las que antaño llamábamos «tierras de misión» muchos de nuestros compañeros se esforzaban en colaborar por su anuncio del Evangelio a la creación o al acrecentamiento de comunidades cristianas nuevas. Este trabajo de evangelización directa por el anuncio de Jesucristo sigue siendo muy esencial, porque nunca ha habido tantos hombres que de hecho no han escuchado todavía la palabra de Jesús Salvador; al mismo tiempo, el diálogo con los creyentes de otras religiones se convierte de día en día en un apostolado más importante para nosotros.

b) Por otra parte, en las regiones tradicionalmente cristianas, las obras y movimientos, las casas de retiro, las escuelas y colegios siguen asegurando un necesario servicio a la fe. ¡Cuántos son. sin embargo, los que no pueden ya ser alcanzados por el ministerio de la Palabra ejercitado en estas obras e instituciones! Los países llamados «cristianos» se han convertido ellos mismos en «tierras de misión»

25. Segundo rasgo característico que atañe a nuestro anuncio del Evangelio de Jesucristo: las posibilidades tecnológicas nuevas y los descubrimientos de las ciencias humanas. Relativizando, de manera frecuentemente radical, la visión del hombre y del mundo, a la que nos habíamos acostumbrado, estos descubrimientos han cambiado las perspectivas tradicionales. La mutación cultural y socioestructural no deja de tener repercusiones considerables sobre la vida personal de cada uno, al mismo tiempo que sobre la vida colectiva y sus implicaciones. Las escalas de valores tradicionales y los símbolos familiares se han desintegrado, poco a poco, con la eclosión de nuevas aspiraciones que tratan de articularse en proyectos, programas y realizaciones concretas.

26. La secularización toma formas diversas según los grupos, las clases, las edades, las regiones. Por todas partes, sin embargo, constituye para la evangelización un desafío nuevo, inédito.

a) Por una parte, aparece más claramente que ciertas falsas imágenes de Dios, que consagran y legitiman la permanencia de estructuras injustas, no son tolerables. Más profundamente: cierta clase de imágenes de Dios más ambiguas, puesto que quitan al hombre sus responsabilidades propias, no son aceptables. Esto, lo experimentamos nosotros mismos con nuestros contemporáneos, y nosotros lo padecemos quizá aún más que otros, precisamente porque queremos anunciar a Dios revelado en Jesucristo. Así, para nosotros tanto como para los otros, se hace necesario trabajar en la búsqueda de un nuevo lenguaje, unos nuevos símbolos, que nos permita encontrar mejor y ayudar a los otros a encontrar, más allá de los ídolos destruidos, al Dios verdadero: a Aquel que, en Jesucristo, ha escogido tomar parte en la aventura humana y ligarse irrevocablemente a su destino. La memoria viviente de Jesús nos llama a esta fidelidad creadora.

b) Además, ciertas estructuras de evangelización, percibidas como ligadas a un orden social repudiado, son de hecho puestas en cuestión. Al mismo tiempo, nuestras instituciones apostólicas participan frecuentemente, con muchas otras en la Iglesia, en lo que se puede llamar, en general, crisis de las instituciones y mediaciones. Esto también lo vivimos nosotros juntamente con nuestros contemporáneos, y de manera particularmente dolorosa. La calidad verdaderamente significativa de nuestros compromisos religiosos, sacerdotales y apostólicos, no es percibida en muchos casos por quienes nos rodean. Y, pese a la firmeza de nuestra fe y de nuestras convicciones, ocurre, a veces, que tampoco resulte clara a nuestros propios ojos. De aquí ciertas situaciones de malestar; de aquí, quizá, ciertos silencios, ciertas retiradas. Sin embargo, diversos signos actuales de renovación religiosa deberían confirmar nuestros compromisos, invitándonos a abrir vías de evangelización nuevas.

27. Tercer rasgo característico, en fin, de importancia particularmente significativa para nuestra misión de evangelización: el hombre puede hoy día hacer el mundo más justo, pero no lo quiere de verdad. Su nuevo señorío sobre el mundo y sobre él mismo sirve frecuentemente más, de hecho, para la explotación de los individuos y las colectividades y los pueblos que para un reparto equitativo de los recursos del planeta; desencadena más rupturas y divisiones que comunión y comunicación; mas opresión y dominación que respeto de los derechos individuales y colectivos en una real fraternidad. Las desigualdades y las injusticias no pueden ya ser percibidas como el resultado de una cierta fatalidad natural: se las reconoce, más bien, como obra del hombre y de su egoísmo. No hay, pues, promoción propiamente cristiana de la justicia integral, sin un anuncio de Jesucristo y del misterio de la reconciliación que El lleva a consumación: es, en efecto, Cristo quien abre la vía para esta liberación total y definitiva a la que el hombre aspira desde lo más profundo de él mismo. Y, a la inversa, no hay verdadero anuncio de Cristo, ni verdadera proclamación de su Evangelio, sin un compromiso resuelto por la promoción de la justicia.

Lo que está en juego

28. De todas las regiones del mundo donde trabajan jesuitas han llegado demandas particularmente convergentes e insistentes que piden que, por una opción neta de la Congregación General, la Compañía se comprometa resueltamente al servicio de la promoción de la justicia. Efectivamente, esta opción viene hoy requerida por nuestra misión apostólica con una urgencia particular. En el corazón del mensaje cristiano está Dios revelándose en Cristo como Padre de todos los hombres, por el Espíritu que les llama a conversión: ésta implica de manera indivisible una actitud de hijo hacia El y una actitud de hermano hacia el prójimo. No hay conversión auténtica al amor de Dios sin una conversión al amor de los hombres y, por tanto, a las exigencias de la justicia. La fidelidad misma a la misión apostólica requiere, pues, que nosotros iniciemos al amor del Padre, y, por él, inseparablemente al amor del prójimo y a la justicia. La evangelización es proclamación de la fe que actúa en el amor de los hombres (Gal 5,6; Efes 4,15): no puede realizarse verdaderamente sin promoción de la justicia.

29. Esta es condición de fecundidad respecto de todas nuestras tareas apostólicas, y especialmente de coherencia en el combate contra el ateísmo. En efecto, la injusticia actual, bajo sus diversas formas, negando la dignidad y los derechos del hombre imagen de Dios y hermano de Cristo, constituye un ateísmo práctico, una negación de Dios. El culto del dinero, del progreso, del prestigio, del poder, tiene como fruto este pecado de injusticia institucionalizada, denunciado por el Sínodo de 1971 y conduce a la esclavitud -comprendida también la del opresor- y a la muerte.

30. Mientras que muchos buscan hoy arreglar el mundo sin Dios, y en ello trabajan de manera resuelta, nosotros debemos esforzarnos por manifestar que la esperanza cristiana no es un opio, sino que lanza, al contrario, a un compromiso firme y realista para hacer de nuestro mundo otro y, así, signo del otro mundo, prenda ya de «una tierra nueva bajo cielos nuevos» (Ap 21,1). El último Sínodo nos lo ha recordado con vigor: «El Evangelio que se nos ha confiado... es para el hombre y para toda la sociedad la Buena Nueva de salvación, que es preciso se inicie y manifieste desde el presente sobre la tierra, aunque no alcanzará su plenitud sino más allá de las fronteras de la vida presente. La promoción de la justicia es parte integrante de la evangelización.

31. Así seremos los testigos del Evangelio, que liga indisolublemente amor de Dios y servicio del hombre. Y en un mundo en el que se reconoce ahora la fuerza de las estructuras sociales, económicas y políticas, en el que se descubren también sus mecanismos y sus leyes, el servicio evangélico no puede dispensarse de una acción competente sobre estas estructuras.

32. Al mismo tiempo, hoy como ayer no es suficiente -aunque sea necesario- trabajar en la promoción de la justicia y en la liberación del hombre sólo en el plano social o en el de las estructuras. La injusticia debe ser atacada por nosotros en su raíz, que está en el corazón del hombre: nos es, pues, preciso trabajar en la transformación de las actitudes y tendencias que engendran la injusticia y alimentan las estructuras de opresión.

33. Además, para alcanzar plenamente su fin, nuestro esfuerzo de promoción de la justicia debe ser conducido de tal manera que abra al deseo y al acogimiento de la liberación y de la salvación escatológicas. Los métodos a poner en obra, las acciones a emprender deben, por encima de todo, manifestar el espíritu de las bienaventuranzas y contribuir a la reconciliación entre los hombres. De esta manera, nuestro compromiso por la justicia será inseparablemente manifestación del Espíritu y de la fuerza de Dios. Responderá a las más profundas interpelaciones de los hombres: no solamente necesidad de pan y exigencia de libertad, sino también búsqueda de Dios mismo y de su amistad para vivir como hijos suyos.

Algunas condiciones necesarias

34. Las empresas a las que estos desafíos provocan sobrepasan con mucho nuestras posibilidades. Nos pondremos, sin embargo, al trabajo con todas nuestras fuerzas: por gracia de Dios, en efecto, una nueva conciencia apostólica parece afirmarse poco a poco en la Compañía entera. De todas partes nos ha llegado la expresión de deseos, y frecuentemente incluso, el testimonio de compromisos decididos para la renovación y la adaptación de los apostolados habituales y para el comienzo de tareas nuevas. Las orientaciones dadas aquí quieren, sobre todo, confirmar o precisar ciertas opciones, e incitar a resoluciones todavía más firmes.

35. Nuestra inserción en el mundo.- Muy frecuentemente nos encontramos aislados, sin contacto real con la increencia y con las consecuencias concretas y cotidianas de la injusticia y la opresión. Corremos el riesgo de no poder entender la interpelación evangélica, que nos es dirigida por los hombres y las mujeres de nuestro tiempo. Una inserción más resuelta entre ellos será un «test» decisivo de nuestra fe, de nuestra esperanza y de nuestra caridad apostólica. ¿Estamos dispuestos, con discernimiento y gracia, al sostenimiento de comunidades apostólicas vivientes, a ser testigos del Evangelio en situaciones difíciles, en que nuestra fe y nuestra esperanza serán expuestas a la prueba de la increencia y de la injusticia? ¿Estamos dispuestos, de otra parte, a consagrarnos a los estudios austeros y profundizados, que se requieren cada vez más para comprender y resolver los problemas contemporáneos: en teología, filosofía, en las ciencias del hombre? Tal inserción es necesaria, si queremos compartir nuestra fe y nuestra esperanza, anunciar así un Evangelio, que incide en las expectaciones y las aspiraciones de nuestros contemporáneos.

36. Se han desarrollado ya formas nuevas de inserción apostólica, diversas según las regiones. Cualesquiera que sean, en todas partes requieren de nosotros una formación sólida, una fuerte cohesión comunitaria, una conciencia clara de nuestra identidad. En todas partes, también, deben pretender la inculturación, necesaria en todos los lugares, para la proclamación del Evangelio y para la recepción de Jesucristo -según la diversidad de naciones, grupos o clases y medios humanos diferentes.

37. Nuestra colaboración con los otros.- La inserción deseada será verdaderamente apostólica en la medida en que nos conduzca a una colaboración más estrecha con los otros miembros de las Iglesias locales, con los cristianos de otras confesiones, con los creyentes de otras religiones, con todos aquellos que tienen «hambre y sed de justicia» y quieren hacer de nuestro mundo una tierra de hombres, en la que la fraternidad abra al reconocimiento de Jesucristo y a la acogida de Dios, Nuestro Padre. El ecumenismo se convertirá entonces para nosotros en un espíritu y como una manera de ser, de pensar y actuar, además de ser un ministerio particular. Ampliado hasta las dimensiones mundiales, este ecumenismo es hoy necesario para una proclamación y una acogida del Evangelio, que tome en cuenta las diferencias culturales y el valor de las tradiciones espirituales y esperanzas de todos los grupos y de todos los pueblos.

38. Un resurgimiento apostólico.- Nos sentimos así remitidos a nuestra práctica de los Ejercicios Espirituales. Mediante ellos, podemos, a la vez, reavivar sin cesar nuestra fe y nuestra esperanza apostólica, renovando nuestra experiencia del amor de Dios en Jesús, y confirmar nuestra voluntad de ser compañeros de Jesús en su misión: como El, solidarios de los pobres, para colaborar en su Reino. En esta misma experiencia espiritual aprenderemos a conservar la distancia necesaria para revisar constantemente nuestros compromisos, asimilando poco a poco la pedagogía apostólica ignaciana, que debe caracterizar toda nuestra acción.

3. Opciones apostólicas para hoy

El hombre y las estructuras

39. Para la mayor gloria de Dios y para la salvación de los hombres, Ignacio quería que sus compañeros fueran allí donde se puede esperar un bien más universal, y allí donde se encuentran quienes, abandonados, se hallan, en una mayor necesidad. Pero, nos preguntamos a veces, ¿dónde se encuentra hoy la mayor necesidad? ¿Dónde se encuentra la esperanza de un bien más universal?

40. Las estructuras sociales -de día en día se adquiere de ello más viva conciencia- contribuyen a modelar al mundo y al mismo hombre, hasta en sus ideas y sus sentimientos, en lo más íntimo de sus deseos y aspiraciones. La transformación de las estructuras en busca de la liberación tanto espiritual como material del hombre queda, así, para nosotros estrechamente ligada con la obra de evangelización, aunque esto no nos dispensa nunca de trabajar directamente con las personas mismas, con quienes son las víctimas de las injusticias de las estructuras y con quienes sobre éstas tienen cualquiera responsabilidad o influencia.

41. En esta perspectiva se concilian la solicitud por el bien más universal y la voluntad de servir a las mayores necesidades, en vista del anuncio del Evangelio. Este anuncio será mejor entendido si va acompañado del testimonio de un compromiso efectivo por la promoción de la justicia y por la anticipación del Reino, que está por venir.

El compromiso social

42. De otra parte, el empeño por la promoción de la justicia y por la solidaridad con los sin voz y los sin poder, exigido por nuestra fe en Jesucristo y por nuestra misión de anunciar el Evangelio, nos llevará a informarnos cuidadosamente de los difíciles problemas de su vida, y después a reconocer y asumir las responsabilidades específicamente nuestras en el orden social.

43. Las comunidades jesuitas tienen que ayudar a cada uno de sus miembros a vencer las resistencias temores y apatías que impiden comprender verdaderamente los problemas sociales, económicos y políticos que se plantean en la ciudad, en la región o país, como también a nivel internacional. La toma de conciencia de estos problemas ayudará a ver cómo anunciar mejor el Evangelio y participar, de manera específica y sin buscar suplantar otras competencias, en los esfuerzos requeridos para una promoción real de la justicia.

44. En ningún caso podemos dispensarnos de un análisis lo más riguroso posible de la situación desde el punto de vista social y político. A ese análisis es preciso aplicar las ciencias tanto sagradas como profanas y las diversas disciplinas especulativas o prácticas, y todo esto requiere estudios profundos y especializados. Nada puede dispensarnos, tampoco, de un discernimiento serio desde el punto de vista pastoral y apostólico. De aquí han de brotar compromisos que la experiencia misma nos enseñará cómo llevar más adelante.

45. (...) Y si alguna comunidad tiene que sufrir a causa de compromisos emprendidos al término de un discernimiento, en el que ella ha participado -al menos por mediación del Superior-, estará mejor preparada para ello, sostenida por la palabra del Señor: "Dichosos los que sufren persecución por la justicia" (Mt 5,10).

46. No trabajaremos, en efecto, en la promoción de la justicia sin que paguemos un precio. Pero este trabajo hará más significativo nuestro anuncio del Evangelio y más fácil su acogida.

La solidaridad con los pobres

47. Esta opción nos llevará también a revisar nuestras solidaridades y nuestras preferencias apostólicas. En efecto, la promoción de la justicia no constituye tan sólo, para nosotros, un campo apostólico entre otros, el del apostolado social: debe ser una preocupación de toda nuestra vida y constituir una dimensión de todas nuestras tareas apostólicas.

48. De la misma manera, la solidaridad con los hombres que llevan una vida difícil y son colectivamente oprimidos no puede ser asunto solamente de algunos jesuitas: debe caracterizar la vida de todos, tanto en el plano personal como en el comunitario e incluso institucional. Se harán necesarias conversiones en nuestras formas y estilos de vida, a fin de que la pobreza, que hemos prometido, nos identifique al Cristo pobre que se identificó él mismo con los más desposeídos. Tendremos que revisar parecidamente también nuestras inserciones institucionales y nuestras empresas apostólicas.

49. Nuestros orígenes frecuentemente, después nuestros estudios y nuestras afinidades nos protegen de la pobreza e incluso de la vida simple y de sus preocupaciones cotidianas. Tenemos acceso a ciertos saberes y poderes que la mayor parte no tiene. Será, pues, preciso que un mayor número de los nuestros participen más cercanamente en la suerte de las familias de ingresos modestos: de aquellos que, en todos los países, constituyen la mayoría frecuentemente pobre y oprimida. Se hace preciso, gracias a la solidaridad que nos vincula a todos y al intercambio fraternal, que todos seamos sensibles por medio de aquellos de los nuestros implicados más de cerca, a las dificultades y a las aspiraciones de los más desposeídos. Aprenderemos así a hacer nuestras sus preocupaciones, sus temores y sus esperanzas. Sólo a este precio nuestra solidaridad podrá poco a poco hacerse real.

50. Caminando paciente y humildemente con los pobres aprenderemos en qué podemos ayudarles, después de haber aceptado primero recibir de ellos. Sin este paciente hacer camino con ellos, la acción por los pobres y los oprimidos estaría en contradicción con nuestras intenciones y les impediría hacerse escuchar en sus aspiraciones y darse ellos a sí mismos los instrumentos para tomar efectivamente a su cargo su destino personal y colectivo. Mediante un servicio humilde tendremos la oportunidad de llevarles a descubrir, en el corazón de sus dificultades y de sus luchas, a Jesucristo viviente y operante por la potencia de su Espíritu. Podremos así hablarles de Dios Nuestro Padre, que se reconcilia la Humanidad, estableciéndola en la comunión de una fraternidad verdadera.

El servicio de la fe

51. Nuestra vida, la inteligencia teológica que tenemos de ella y la relación personal a Cristo que debe encontrarse en el corazón de nuestro pensamiento y de nuestra acción: todo ello no constituye tres «campos» distintos, a los que corresponderían tres «sectores apostólicos». La promoción de la justicia, la presentación de nuestra fe y la marcha hacia el encuentro personal con Cristo constituyen por el contrario, dimensiones constantes de todo nuestro apostolado.

52. No podemos, pues, contentarnos sólo con la revisión de nuestro compromiso por la justicia; debemos igualmente examinar nuestra aptitud para comunicar la verdad, que da sentido a este compromiso, y ayudar a los hombres, según el Evangelio, a encontrar a Cristo en el corazón de su vida. Nos es preciso también reevaluar de manera crítica los esfuerzos que hacemos, sea para confirmar en su fe a los cristianos que se encuentran con dificultades que la afectan, sea para encontrarnos verdaderamente con los no-creyentes.

Evangelización e inculturación

53. En el curso de los últimos años, la Iglesia ha querido expresar más plenamente su catolicidad, prestando mayor atención a la diversidad de sus miembros. Más que ayer busca hoy asumir la identidad de grupos y naciones y sus aspiraciones tanto a un desarrollo socio-económico como a una inteligencia del misterio cristiano, que estén de acuerdo con su historia y sus tradiciones propias.

54. La «encarnación» del Evangelio en la vida de la Iglesia exige que Cristo sea anunciado y recibido de maneras diferentes según la diversidad de los países o de los ambientes humanos, teniendo en cuenta las riquezas que les son propias. Además, en diversas comunidades cristianas, especialmente en Asia y Africa, esta «economía de la encarnación» requiere un diálogo más intenso con los herederos de las grandes tradiciones religiosas no cristianas. Los jesuitas que trabajan en estos países deben tomarlo en cuenta. En ciertos países de Occidente que no parecen poder seguir llevando el nombre de cristianos, el lenguaje de la teología y de la oración debe ser renovado con nuevas formas. Finalmente, en los países donde reinan ideologías abiertamente ateas, la predicación rejuvenecida del Evangelio reviste particular importancia. En todas partes, el anuncio de la Buena Nueva exige, para ser efectivamente acogido, no sólo que nuestras vidas testimonien la justicia a la que Cristo nos llama, sino también que las estructuras de la reflexión teológica, de la catequesis, de la liturgia y de la acción pastoral sean adaptadas a las necesidades que una experiencia real del medio vaya haciendo percibir.

55. La Compañía de Jesús, por su vocación universal y su tradición misionera, tiene responsabilidades específicas a este respecto. E1 trabajo de cada uno debe ser orientado hacia la encarnación de la fe y de la vida eclesial en la diversidad de las tradiciones y culturas propias de los grupos y de las colectividades, a los que queremos servir, al mismo tiempo que hacia la comunión de todos los cristianos en la unidad de una misma fe.

56. Por otra parte, la Iglesia sabe hoy que el problema de la «inculturación» no se presenta solamente en relación a los valores culturales propios de cada nación, sino también en relación a los valores nuevos y universales que resultan de una comunicación más profunda y continua entre las naciones: la Compañía de Jesús debe aportar su servicio a la Iglesia en esta tarea de «aggiornamento» o inculturación del Evangelio en estos valores nuevos de dimensión universal.

Los Ejercicios Espirituales

57. E1 ministerio de los Ejercicios Espirituales se evidencia en todo esto de particular importancia. Es un rasgo característico de la pedagogía de los Ejercicios tratar de quitar los obstáculos entre Dios y el hombre, para dejar al Espíritu operar él mismo el encuentro. E1 método ignaciano invita a respetar a cada uno, con su cultura, sus cualidades propias, las tradiciones que le han ayudado a llegar a ser lo que es. Como pedagogía de búsqueda y de discernimiento enseña también a descubrir la voluntad y los caminos de Dios allí donde E1 interpela a cada uno, con su pasado, en el corazón mismo de la vida, en el pueblo que es el suyo.

58. Los Ejercicios Espirituales ayudarán también a formar cristianos alimentados por una experiencia personal de Dios y capaces de distanciarse de los falsos absolutos de las ideologías y sistemas, pero capaces también de tomar parte en las reformas estructurales, sociales y culturales necesarias. Los Ejercicios constituyen, pues, para nosotros, un instrumento de gran valor y conservan su actualidad. (...) Su espíritu, por otra parte, debe penetrar todas las otras formas del ministerio de la Palabra a las que se dedican los jesuitas.

Orientaciones parar una mejor concertación de esfuerzos

59. Presentando así nuestra actividad apostólica en todas sus dimensiones, la Congregación General, (...) quiere señalar de nuevo la importancia particular de la reflexión teológica, de la acción social, de la educación y de los medios de comunicación social, como instrumentos de nuestro anuncio del Evangelio hoy. La importancia de todos estos medios consiste en que permiten un servicio más universal del hombre, porque llegan a sus necesidades más profundas.

60. Concretamente esto nos llevará:

- A dar más amplitud a la investigación y a la reflexión teológica realizadas de manera interdisciplinar e integradas en las diversas culturas y tradiciones, para esclarecer los grandes problemas a los que la Iglesia y la Humanidad deben hoy hacer frente.

- A desarrollar las actividades de «concientización» evangélica de los agentes de la transformación social y a privilegiar el servicio de los pobres y oprimidos.

- A proseguir e intensificar la obra de formación, revisándola sin cesar en todo el sector de la educación: es preciso preparar a jóvenes y adultos para empeñarse en una existencia y una acción en favor de los otros y con los otros, de cara a la edificación de un mundo más justo; es preciso también muy particularmente, dar a los alumnos cristianos una formación tal que, animados por una fe madura y personalmente adheridos a Jesucristo, sepan encontrarle a El en los otros y, habiéndole reconocido en ellos le sirvan en su prójimo; contribuiremos así a la formación de multiplicadores para el proceso mismo de educación del mundo.

- A examinarnos sobre nuestra aptitud para comunicar lo que llevamos en el corazón no solamente a personas a las que podemos contactar directamente, sino también a todos aquéllos a los que nunca podremos ayudar sino en la medida en que consigamos cambiar, para hacerlo más humano, el clima social -ideas y comportamientos- allí donde trabajamos. Los medios de comunicación social tienen una importancia capital en esta perspectiva.

61. No debemos entender estas diversas orientaciones como independientes entre sí: son más bien aspectos complementarios de un único esfuerzo apostólico, convergiendo todos ellos hacia la promoción integral del hombre.

5. Disposiciones prácticas

70. Estas opciones y orientaciones generales comportan exigencias concretas, que queremos todavia precisar aquí respecto a algunos puntos.

Un programa de «concientización» y de discernimiento apostólico

(...)

73. Las grandes líneas de este proceso de «concientización» y de discernimiento están sumariamente descritas en Octogesima Adveniens (núm. 4): experiencia, reflexión, opciones, acción; todo ello, en una constante interrelación, según el ideal del «contemplativo en la acción». Se trata de una transformación de los habituales esquemas de pensamiento y de una conversión de los espíritus y de los corazones. De ahí brotarán las decisiones apostólicas.

74. Este discernimiento conducirá, entre otras cosas, a identificar y analizar los problemas de una evangelizacion que tiene en cuenta simultáneamente las exigencias de la «diakonia fidei» y de la promoción de la justicia y a reevaluar nuestras solidaridades y nuestros compromisos apostólicos. ¿Dónde vivimos?, ¿dónde traba jamos?, ¿cómo?, ¿con quiénes? ¿Cuáles son eventualmente nuestras connivencias, dependencias o compromisos respecto a las ideologías y a los poderes?, ¿sabemos hablar de Jesucristo a hombres aún no convertidos?, etcétera. Todo esto, a la vez en el plano personal, comunitario e institucional.

Para una evaluación constante de nuestras actividades apostólicas

(...)

76. En la revisión de los ministerios y la orientación de los efectivos y de los recursos se prestará particular atención al papel que pueden jugar, para el servicio de la fe y de la justicia, los centros de enseñanza, las revistas, las parroquias, las casas de retiro y otras obras apostólicas cuya responsabilidad asumimos. Pero no es sólo la actividad organizada la que debe ser revisada a esta luz: los ministerios apostólicos de cada uno también deben serlo.

(...)

Cooperación internacional

81. Finalmente, vista la dimensión internacional de los problemas mayores de nuestro tiempo, una real disponibilidad y movilidad será necesaria para acrecentar la cooperación y la conjunción a nivel de toda la Compañía. Los jesuitas, en particular los de los países ricos, deben, en la medida de lo posible, colaborar con quienes forman la opinión pública y con las organizaciones internacionales, a fin de promover la justicia en las relaciones entre los pueblos. La Congregación General pide además al P. General que encargue a uno de sus Consejeros de asegurar esta cooperación y concertación mundial al servicio de la evangelización y de la promoción de la justicia.

CUESTIONARIOS

Nota : estas series de preguntas, que se refieren las más de las veces, a los tres bloques de decretos, han sido pensadas para facilitar la reflexión y asimilación, personales y/o grupales de los temas. En las distintas regiones podrían ser convenientemente matizadas o cambiadas, buscando siempre lo que con ellas se pretende

* Respecto del primer bloque

1. ¿Tenemos conciencia (la hemos adquirido suficientemente) de que las diferentes tareas de nuestra misión laical (familiar, profesional, de relaciones sociales) participan actualmente la misión que Cristo cumple en nuestro mundo?

2. ¿Qué exigencias han de caracterizar nuestro "orar,actuar y vivir" si nos consideramos, en nuestra vocación laical, servidores de la misión de Cristo?

3. ¿Cómo definir, con corazón pacifico y sincero, lejos de la retórica y del romanticismo, nuestra cercanía a los pobres, de forma que seamos y no sólo nos digamos "amigos de Cristo"?

4. ¿De las cuatro ramas en que desdoblan los jesuitas su misión, por cuál o cuáles nos sentimos especialmente interpelados:

- ¿la comunicación (proclamación) del mensaje cristiano?

- ¿la promoción de la justicia?

- ¿la inculturación o el diálogo crítico con la cultura? - ¿el diálogo interreligioso?

5. Si en nuestro contexto de vida hemos experimentado la necesidad del diálogo interreligioso, manifestémoslo y razonémoslo. En caso contrario, ¿se nos ocurre otra clase de diálogo de parecida importancia en nuestro contexto?.

6. Todos nos movemos en el contexto de una cultura secularizada, crítica, poscristiana. Después haberlas pensado, ¿cuáles de las recomendaciones de los nss 19-26 del D. 4º (cfr. Apéndice) nos interpelan de una u otra manera?

* Respecto del segundo bloque

1. ¿ El decreto El servicio que en la Iglesia debemos tener refleja una situación que compartimos o no? ¿Si la compartimos, cuáles de esas recomendaciones encontramos más útiles para nostros?

2. ¿Cuál es nuestra experiencia del diálogo ecuménico? ¿Es menor de lo que debiera ser? Ejemplificar la distinción entre 'diálogo' e indiferencia o pasotismo. ¿Qué formación requiere el diálogo ecuménico?

3. Retomando las recomendaciones de la Iglesia respecto al diálogo (cf D. 5, ns 4), ¿en qué nivel nos encontramos y por cuáles otros podríamos optar?

4. ¿Qué impresión tenemos después de haber leído el decreto Colaboración con los laicos en la misión? ¿Qué clase de mensaje podríamos enviar a nuestros amigos jesuitas como manifestación de colaboración?

5. La situación de la mujer descrita por el decreto titulado La Compañia y la situación de la mujer en la Iglesia y la sociedad, responde a nuestra experiencia? Dejando de lado radicalismos y maximalismos, ¿en qué tareas podríamos participar de cara a mejorar la situación descrita?

* Respecto al tercer bloque

1. ¿Somos conscientes de que, sucedida la revolución de los MCS, vivimos una "nueva cultura"? ¿Somos , o nos formamos para ser, usuarios criticos de esa nueva cultura? ¿Nos preparamos audazmente para poder presentar los valores y exigencias evangélicos en ella?

2. La calidad intelectual de la presencia cristiana en la cultura no es patrimonio exclusivo de la Compañia. ¿Cuántos de nosotros se sienten atraidos por el Espiritu, suscitador de las diversas vocaciones en la Iglesia, para dotar a nuestra misión laical de auténtica calidad intelectual? ¿Cómo caraterizar ésta?

3. Los objetivos de la presencia especifica de la Compañia de Jesús no podrán cumplirse a partir de sólo jesuitas. ¿Cabe dentro de una vocación laical la clase de prestaciones que serian necesarias?15. Muchos de nosotros, como educadores o como padres estamos colaborando en la Educación secundaria, primaria

4. Algunos de nosotros, somos miembros de parroquias regentadas por la Compañia de Jesús. ¿Tendriamos algo que añadir, quitar, corregir o sugerir respecto del D.19 sobre El ministerio de parroquias?. No es un ministerio exclusivamente clerical, es inseparablemente laical. ¿Qué podríamos aportar?

5. Como resulta del D.20 Ecologia. Recomendación al P.General, los jesuitas tienen en estudio un documento sobre espiritualidad cristiana (ignaciana) y ecología. ¿Desde nuestras respectivas competencias, experiencias y preocupaciones, qué podríamos aportar mientras está en trámite. Seria una magnifica colaboración

Señor: meditando el modo nuestro de proceder he descubierto que el ideal de nuestro modo de proceder es el modo de proceder tuyo.

Dame, sobre todo, el 'sensus Christi'...: que yo pueda sentir con tus sentimientos, los sentimientos de tu Corazón con que amabas al Padre y a los hombres.

Enséñame a ser compasivo con los que sufren: con los pobres, con los leprosos, con los ciegos, con los paralíticos.

Enséñanos tu 'modo' para que sea 'nuestro modo' en el día de hoy y podamos realizar el ideal de Ignacio: ser compañeros tuyos, 'alter Christus', colaboradores tuyos en la obra de la redención.

(Pedro Arrupe, S.J.)